sábado, 28 de abril de 2018

Los bárbaros del norte







"Los griegos conquistaron con guerras civiles una igualdad jurídica que entre los nórdicos reina sin lucha, aparentemente desde siempre. Nada limita la acumulación personal de riqueza, aunque cada tribu adjudica sus lotes de tierra arable a distintas parentelas cada año, con arreglo a la institución de una gewere que equivale a mera tenencia. Así moderan un apego que llevaría a crear comodidades en cada residencia, estimulando la molicie, y logran "que la gente menuda esté contenta con su suerte, vie´ndose igualada con la más ilustre". El contacto con el Imperio hará que esos repartos periódicos pasen de recaer sobre familia troncales a ser concesiones hechas a tal o cual individuo, aunque asmiliar pautas civilizadas no borra aún la diferencia radical. El romano venera alguna autoridad absoluta, como la del padre o la del Estado,  para el nórdico cualquier cosa semejante es simplemente abyecta. Sus reyes solo existen en momentos de guerra, e incluso entonces están sujetos al consejo de los notables y a la asamblea formada por todos los guerreros. 
Estéticamente, la idea de un rey divino -que Roma consagra desde Augusto en adelante bajo el título Divus- no casa con gentes que reservan el estatuto de dioses "a lo visible cuya benevolencia se experimenta, como el Sol, la Luna y el fuego". Éticamente, el fundamento para negar la condición religiosa del monarca deriva de que estos pueblos tienen a gala no recibir órdenes inapelables de ninguna especie, y mucho menos de quien no se demuestre superior al resto en el inmediato aquí y ahora. Les resulta no ya ajena sino odiosa la costumbre de convertir en sacrilegio cualquier conducta distinta de la sumisión incondicional, pues sus democracias tienen en común con las helénicas que el gobernante sea siempre revocable, que deba rendir cuentas y que esté controlado por cuerpos colegiados. Pueden atribuírseles truculencias muy variadas, aunque "Europa debe sus constituciones libres (...) básicamente a las semillas que plantaron estos generosos bárbaros, guiados en origen por la persuasión antes que por la autoridad".
Cuando el poder del rey se limita a servir de ejemplo en la batalla -pudiendo incluso ser depuesto o desobedecido-, están puestos los cimientos de un Estado que ni se deifica ni se personifica ni es confesional, cosa manifiesta mientras nórdicos no se conviertan en católicos. (...)

Entre las taras de aquello que las ligas nórdicas consideraban originalmente derecho está la arbitrariedad de sus sistema probatorio. Esta barbarie solo se compensa, aunque en medida notable, por un derecho consuetudinario que desde Alfredo el Grande se llamará common law. Originariamente, los crímenes más graves se castigaban con una "pérdida de la paz" que permitía a cualquiera disponer del culpable como quisiere, añadida a una "venganza de la sangre" que podía prolongarse durante indefinidas generaciones. Pero no tardan en adaptarse a instituciones civilizadas, como tampoco en mezclarse con las poblaciones sometidas. 
Lo más singular de su antigua ley es que ignore la tortura como parte del procedimiento jurídico, y que "hasta el homicidio se expíe pagando en vacas y ovejas", pues desde el rey al último de sus guerreros las agresiones y afrentas se solventan con una reparación material adaptada al delito. Los argumentos de la clemencia humanitaria y la reeducación del delicuente han hecho que muchos códigos modernos acaben adoptando la misma postura ante el tormento y la pena de muerte, que "se diría el progreso inevitable de la jurisprudencia penal en todo pueblo libre".
Concebían el paraíso como una reunión de valientes compañeros en la gran sala del castillo de Wotan, comiendo y bebiendo a grandes tragos hidromiel en los cráneos de los enemigos vencidos. La Lex saxonum, por ejemplo, determina que seducir a la esposa del vecino se paga con una multa comprándole otra. Un siglo antes Constantino el Grande decide castigar no solo el adulterio sino la seducción consentida de solteras con pena de muerte para ambos (en la hoguera o arrojándolos a las fieras), y si algún sirviente hubiese ocultado su acción se le obligaba a engullir plomo derretido a trávés de un embudo metálico. Llamando brutales a los sajones y otros nórdicos será difícil encontrar un epíteto adecuado para el primer emperador católico, que inventa un nuevo tipo de tortura sin desviarse en esencia de lo habitual para sus antecesores."

Antonio Escohotado, Los enemigos del comercio.




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