jueves, 19 de octubre de 2017

Una esperanza de alivio






"La enfermedad de Natasha era tan seria que, por suerte para ella y para sus padres, la idea de lo  había sido la causa de su mal, su proceder  y la ruptura con su prometido quedaron relegados a segundo término. Estaba tan enferma, que era imposible pensar que fuese la culpable de lo ocurrido. No comía, no dormía, adelgazaba a ojos vistas y tosía; en una palabra, estaba en peligro, como daban a entender los médicos. No se podía pensar más que en cuidarla. Los doctores iban a verla por separado, y en consulta hablaban en francés, en alemán y en latín; se censuraban unos a otros y recetaban las medicinas más diversas contra todas las enfermedades que conocían. Sin embargo a ninguno se le ocurrió la sencilla idea de que desconocían el mal de Natasha, lo mismo que desconocen todas las enfermedades de los hombres, puesto que cada uno tiene su dolencia particular, nueva y compleja, que la medicina no conoce. No hay enfermedades del pecho, del hígado, de la piel, del corazón, de los nervios, etcétera, catalogadas por la medicina, sino enfermedades debidas a una multitud de combinaciones de las afecciones de estos órganos. Esta sencilla idea no se les podía ocurrir a los doctores ( lo mismo que a un brujo no se le ocurre que no puede embrujar) porque el objetivo de su vida consiste en curar, porque cobran dinero por hacerlo y porque, para llegar a ese resultado, han gastado los mejores años de su vida. Pero sobre todo era porque veían su utilidad; en efecto, eran útiles para toda la familia Rostov. Eran necesarios, no porque obligaran a la enferma a tragar sustancias, la mayoría de las cuales eran nocivas (el perjuicio era poco sensible porque solían administrarse en pequeñas dosis), sino porque satisfacían a una necesidad enorme de la enferma y de las personas que la querían (ésta es la causa de que hayan existido siempre y existan curanderos, brujos y homeópatas). Satisfacían la necesidad eterna de los humanos de una esperanza de alivio, la necesidad que experimenta todo hombre cuando sufre de que lo compadezcan y de que lo cuiden. Satisfacían aquella necesidad eterna, humana, que se observa en el niño en su forma más primitiva; restregarse el sitio que le duele. El niño que se hace daño se echa en brazos de su madre o de de su niñera para que le besen o le froten el sitio dolorido, y en seguida siente alivio. No puede creer que las personas más fuertes y más inteligentes que él carezcan de remedio para aliviar su mal. Y la esperanza de alivio, así como la expresión de compasión de su madre mientras le frota el sitio dolorido, lo consuela. Natasha necesitaba a los doctores porque la besaban  y le frotaban la pupa, asegurándole que se pasaría si el cochero iba a la farmacia de la calle Arbatskaia a comprar unos sellos y unas píldoras en una cajita muy bonita por valor de un rublo y setenta copeks y si la enferma tomaba aquellos sellos con agua hervida cada dos horas con toda regularidad.

¿Qué harían Sonia, el conde y la condesa? ¿Cómo podrían permanecer sin hacer nada, sin aquellas píldoras que debían administrar a unas horas determinadas, sin aquellas bebidas calientes, sin las croquetas de pollo, ni todos aquellos detalles prescritos por el doctor cuya observancia ocupa y consuela a las personas que rodean al enfermo? ¿Cómo hubiera podido soportar el conde la enfermedad de su hija querida si no hubiese sabido que le costaba miles de rublos y que estaba dispuesto a gastar otros tantos para aliviarla; si no hubiese sabido que en caso de que no se curase la llevaría al extranjero para celebrar un consulta sin reparar en gastos; si no hubiese tenido la posibilidad de explicar detalladamente que Métivier y Feller no habían comprendido la enfermedad, que Frise la había atendido y que Mudrov la había definido mejor? ¿Qué hubiera hecho la condesa de no haber podido discutir con Natasha porque ésta no observaba exactamente las prescripciones del doctor?"

Lev Tólstoi, Guerra y paz.



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