miércoles, 18 de octubre de 2017

Un hecho contrario a la razón y a la naturaleza humana




"Hacia fines de 1811 se empezó el armamento intensivo y la concentración de fuerzas en la Europa occidental, y en 1812 estas fuerzas, formadas por millones de hombres (incluyendo los encargados de los transportes y de los aprovisionamientos), avanzaban de Oeste a Este con dirección a las fronteras rusas, donde, desde 1811, se encontraban las tropas del zar. El 12 de junio las tropas de Europa occidental atravesaron las fronteras y la guerra empezó, es decir, tuvo lugar un hecho contrario a la razón y a la naturaleza humana. Millones de hombres cometieron unos contra otros infinidad de crímenes, de engaños, de traiciones, de robos, de falsificaciones de billetes de cambio, de saqueos, de incendios y de asesinatos, que todos los tribunales del mundo no podrían recoger en sus anales durante siglos enteros. No obstante, en aquel período, los que cometieron aquellos delitos no los consideraban como tales.
¿Qué produjo aquel insólito acontecimiento? ¿Cuáles fueron las causas? Los historiadores afirman, con una seguridad pueril, que las causa de aquel hecho estribaban en la ofensa hecha al duque de Oldemburgo, en la inobservancia del bloqueo continental, en la ambición de poderío de Bonaparte, en la firmeza de Alejandro I, en los errores de los diplomáticos, etc.
Por consiguiente, hubiera bastado que Metternich, Rumientsev o Talleryrand, entre una recepción de la corte y una reunión, hubieran redactado con arte un documento o bien que Napoleón hubiera escrito al zar Alejandro: Mosieur mon frére, je consens á rendre le duché au duc d'Oldenbourg (Señor y hermano, consieto en devolver el ducado de Oldemburgo), para que la guerra hubiese estallado.
Es natural que éste fuera el punto de vista de los contemporáneos. Se concibe que Napoleón creyera que la guerra tenía por causa las intrigas de Inglaterra (como lo dijo en la isla de Santa Elena); se comprende que los miembros de la Cámara inglesa atribuyeran la guerra a la ambición de Bonaparte; el duque de Oldemburgo, a las violencias de que había sido objeto; los comerciantes, al bloqueo continental que arruinaba a Europa; los soldados viejos y los generales, a la necesidad de utilizarlos; los legitimistas, a la necesidad de  restablecer les bons prinicipes; los diplomáticos, al hecho de que la alianza rusoaustríaca de 1809 no hubiese sido hábilmente disimulada a Napoleón y el memorándum número 178 estuviese mal redactado. Se puede concebir que estas cusas y muchas otras, cuyo número varía según los diferentes puntos de vista, se hubieran utilizado para convencer a los contemporáneos, pero a nosotros, que contemplamos el acontecimiento con toda su magnitud y que comprendemos claramente su sentido sencillo y terrible nos parecen insuficientes. No podemos comprender que millones de hombres cristianos se mataran y se torturaran porque Napoleón ambicionaba poder, por la firmeza de Alejandro I, por la astucia de la política inglesa o porque el duque de Oldemburgo se sintiese ofendido. Es imposible relacionar el nexo de tales acontecimientos con el hecho consumado del asesinato y de la violencia. ¿Acaso es posible que, por el hecho de haber sido ofendido el duque de Oldemburgo, millares de seres de otro extremo de Europa mataran y arruinaran a los habitantes de las provincias de Smolensk y de Moscú para morir después a manos de ellos?"


Lev Tolstói, Guerra y paz.

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