domingo, 20 de septiembre de 2015

El cajón de mármol y piedra con cien ventanas de Versalles






"Ya con su primer viaje, María Antonieta ha conquistado París. Pero, al mismo tiempo, París conquista a María Antonieta. Desde ese día, sucumbe a la ciudad. A menudo, y pronto demasiado a menudo, viaja a esa urbe atractiva, fuente inagotable de placer. Ora de día, en caravana principesca, con todas las damas de su corte, ora de noche, con un pequeño séquito íntimo, para ir al teatro o a los bailes y desahogarse privadamente, ya sea de forma dudosa o inocente. Sólo ahora, cuando se ha librado de la monótona división de sus jornadas impuesta por el calendario de la corte, esta seminiña, esta impetuosa muchacha, se da cuenta de lo terriblemente aburrido que es el cajón de mármol y piedra con cien ventanas de Versalles, con sus reverencias e intrigas y sus acartonadas fiestas, de lo rancias que eran esas burlonas y gruñonas tías, con las que pasaba las mañanas en misa y las tardes bordando. Toda esa cortesía sin alegría y libertad, con su pose terriblemente afectada, ese eterno minueto de personajes siempre iguales, los mismos movimientos delimitados el mismo espanto ante el menor de los pasos en falso, le parecen fantasmagóricamente momificados y artificiales, comparados con la desenvuelta y arrolladora vitalidad de París. Es como si hubiera salido al aire libre desde un invernadero. Aquí, en la confusión de la enorme ciudad, es posible sumergirse y desaparecer, escapar del reloj implacable de que divide la jornada y jugar con el azar; aquí se puede vivir y disfrutar, en tanto que allí solamente se vive para el espejo. Así que ahora, de forma regular, dos o tres veces por semana, una carroza rueda por las noches hacia París, ocupada por mujeres alegremente engalanadas, y no regresa hasta el amanecer. (...)
¿Qué puede haber de injusto en esa loca alegría, en ese relajado vivir la vida? Con el ímpetu de su tonta juventud, María Antonieta cree que todo el mundo es feliz y despreocupado, sólo porque ella misma es despreocupada y feliz. Pero mientras ella en su inocencia cree renunciar a la corte y hacerse popular en París con sus viajes de diversión, en realidad, con sus carrozas de cristalino tintineo, lujosas y dotadas de amortiguación, está pasando a veinte años de distancia del verdadero pueblo y el verdadero París"


Stefan Sweig, María Antonieta.

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