miércoles, 6 de agosto de 2014

El mundo de tío Benny




"En la tarde del segundo día, tío Benny entró en nuestro patio y se quedó sentado un momento en el coche, sin mirarnos. Luego se bajó despacio y caminó con paso digno y cansino hacia la casa. No traía a Diane consigo. ¿Habíamos esperado que se la llevara?
Estábamos en la losa de cemento frente a la puerta de la cocina. Mi madre sentada en su tumbona de lona, que le evocaba jardines urbanos y tranquilidad, y mi padre en una silla de respaldo recto de la cocina. Solo había unos pocos insectos en esa época del año. Contemplábamos la puesta de sol. A veces mi madre nos reunía a todos para ver la puesta de sol, como si fuera algo que había colocado ella allí, y eso lo estropeaba un poco —no mucho después me negaría a hacerlo—, pero así y todo no había mejor lugar en el mundo para contemplar la puesta de sol que el final de Flats Road. Así lo decía mi madre.
Mi padre había colocado la puerta mosquitera ese día. Owen, desobediente, se columpiaba en ella para oír el familiar chasquido del muelle al expandirse y contraerse de golpe. Le decían que no lo hiciera, que parara, pero con mucho sigilo, a espaldas de mis padres, empezaba de nuevo.
A tío Benny lo envolvía una melancolía tan profunda que ni siquiera mi madre se
atrevió a interrogarlo directamente. Mi padre me dijo en voz baja que fuera a buscar una silla de la cocina.
—Benny, siéntate. Debes de estar agotado del viaje. ¿Qué tal te ha ido el coche?
—Ha ido bien.
Se sentó. No se quitó el sombrero. Se quedó rígido, como si estuviera en un lugar desconocido donde no esperaba ni deseaba que lo recibieran bien. Al final mi madre se dirigió a él con alegría y despreocupación forzadas.
—Bueno. ¿Viven en una casa o en un apartamento?
—No lo sé —respondió tío Benny con severidad. Al cabo de un rato, añadió—: No la encontré.
—¿No encontraste la casa donde viven?
Él hizo un gesto de negación.
—Entonces, ¿no las has visto?
—No.
—¿Perdiste la dirección?
—No. La tenía escrita en un papel. Aquí lo tengo. —De la billetera del bolsillo sacó un papel y nos lo enseñó, luego leyó en alto—: «1.249 Ridlet Street». —Lo dobló y volvió a guardarlo. Todos sus movimientos parecían ralentizados, ceremoniosos, pesarosos—. No la encontré. No logré encontrar la casa.
—Pero ¿compraste un mapa de la ciudad? ¿Recuerdas que dijimos que irías a una estación de servicio y pedirías un mapa de la ciudad de Toronto?
—Eso hice —dijo tío Benny con una especie de afligido júbilo—. Fui a una estación de servicio y pedí uno, pero me dijeron que no vendían mapas. Tenían mapas pero solo del condado.
—Tú ya tenías un mapa del condado.
—Eso les dije. Les dije que quería un mapa de la ciudad de Toronto. Me dijeron que no tenían.
—¿Probaste en otra estación de servicio?
—Si no tenían en esa, imaginé que no habría en ninguna.
—Podrías haberlo comprado en una tienda.
—No sabía a qué clase de tienda ir.
—¡Una papelería! ¡Unos grandes almacenes! Podrías haber preguntado en la estación de servicio dónde podías comprar uno.
—Me imaginé que en lugar de recorrer toda la ciudad, tratando de comprar un mapa, era mejor que preguntara a la gente cómo llegar allí, ya que tenía la dirección.
—Es muy arriesgado preguntar a la gente.
—Ni que lo digas —respondió tío Benny.
Cuando se vio con ánimos empezó a contar lo ocurrido.
—Primero pregunté a un tipo que me dijo que, cruzado un puente, llegaría a un semáforo rojo donde se suponía que tenía que torcer a la izquierda; pero cuando llegué allí no supe qué hacer. No sabía si torcer a la izquierda con el semáforo rojo o esperar a que se pusiera verde para hacerlo.
—Tuerces a la izquierda con el semáforo verde —gritó mi madre, desesperada—. Si tuerces a la izquierda con el semáforo rojo te topas con todos los coches que están cruzando delante de ti.
—Sí, lo sé, pero si tuerces a la izquierda con el semáforo verde te topas con los coches que vienen en dirección contraria.
—Pues esperas a que haya una brecha.
—Pero entonces te puedes pasar todo el día esperando, porque nadie te deja pasar. De modo que me bloqueé, no sabía qué tenía que hacer, y me quedé allí sentado tratando de averiguarlo. Todos los coches que tenía detrás empezaron a tocar la bocina, y pensé, bueno, torceré a la derecha, eso sí que puedo hacerlo sin problema, y luego daré media vuelta y regresaré por donde he venido. Entonces estaré yendo en la dirección correcta. Pero no vi ningún lugar donde dar la vuelta y continué, continué sin parar. Luego me metí por una calle que llegaba a un cruce y seguí conduciendo hasta que pensé: Bueno, estoy completamente desorientado, así que voy a preguntar a alguien más. Y paré a una mujer que paseaba un perro con correa, pero me dijo que nunca había oído hablar de Ridlet Street. Dijo que llevaba veintidós años viviendo en Toronto y nunca había oído el nombre de esa calle. Llamó a un chico que pasaba en bicicleta y a él sí que le sonaba; me dijo que estaba justo en el otro extremo de la ciudad, y que por ese camino estaba saliendo de ella. Pero me pareció que sería más fácil rodear toda la ciudad que cruzarla, aunque llevara más tiempo, de modo que seguí y seguí, describiendo lo que me pareció una especie de círculo, y entonces vi que empezaba a oscurecer y pensé: Bueno, será mejor que me dé prisa, he de dar con esa casa antes de que oscurezca porque no me gustará ni un pelo conducir de noche…
Acabó durmiendo en el coche, después de abandonar la carretera y aparcar en el solar de una fábrica. Se había perdido entre fábricas, carreteras sin salida, almacenes, desguaces y vías de tren. Nos describió cada giro que había dado y a todas las personas que había pedido indicaciones; reprodujo lo que había dicho cada una y lo que había pensado entonces, las alternativas que había considerado, por qué en cada caso había decidido lo que había decidido. Se acordaba de todo. Había grabado en su mente un mapa del viaje. Y mientras hablaba de un paisaje diferente —coches, vallas publicitarias, edificios industriales, carreteras, verjas cerradas y alambradas altas, vías de tren, altos terraplenes de bloques de hormigón, cobertizos de chapa de zinc, cajas de cartón y un montón de desechos atascados o simplemente flotando—, todo parecía surgir a nuestro alrededor gracias a su voz monótona, que recordaba meticulosamente todo, y podíamos
verlo, podíamos ver cómo era estar allí perdido, cómo era no encontrar algo o seguir buscando.
No obstante, mi madre protestó:
—¡Pero así son las ciudades! ¡Por eso hace falta un mapa!
—Y esta mañana me he despertado —dijo tío Benny como si no la hubiera oído— y me ha parecido que lo mejor que podía hacer era largarme de allí como pudiera.
Mi padre suspiró y asintió. Era cierto.
Así, paralelo a nuestro mundo, estaba el mundo de tío Benny, como un perturbador reflejo distorsionado, que era lo mismo pero sin serlo del todo. En ese mundo la gente podía hundirse en arenas movedizas, ser derrotada por fantasmas o por horribles y vulgares ciudades; la suerte y la maldad eran colosales e impredecibles; nada era merecido, todo podía suceder; las derrotas eran recibidas con demencial satisfacción. Era su gran logro sin él saberlo, hacérnoslo ver.
Owen se columpiaba en la puerta mosquitera, cantando en un tono cauteloso y despectivo, como solía hacer cuando se mantenían conversaciones largas:
Tierra de esperanza y gloria,
madre de los que son libres,
cómo podremos alzarte
nosotros que hemos nacido de ti.
Esa canción se la había enseñado yo; aquel año cantábamos esa clase de himnos todos los días en el colegio, para ayudar a salvar Gran Bretaña de Hitler. Mi madre decía que era «patriótica» pero yo no la creía.
Mi madre se quedó sentada en su silla de lona y mi padre en una de madera; no se miraron. Pero estaban conectados, y esa conexión era clara como el agua, y existía entre nosotros y tío Benny, entre nosotros y Flats Road, y seguiría existiendo entre nosotros y cualquier cosa. Eso mismo pasaba a veces en invierno, cuando repartían dos manos de cartas y se sentaban a la mesa de la cocina a jugar mientras esperaban las noticias de las diez, después de mandarnos a la cama al piso de arriba. Y el piso de arriba parecía estar a millas por encima de ellos, oscuro y lleno del ruido del viento. Allá arriba descubrías lo que nunca recordabas abajo en la cocina: que estábamos en una casa tan pequeña y cerrada como un barco en alta mar, en medio de los aullidos de un temporal. Parecían hablar y
jugar a cartas, en un pequeño punto de luz muy lejano, de forma irrelevante; sin embargo esa idea de ellos, prosaica como un hipo, familiar como el aliento, era lo que me sostenía, lo que me hacía señas desde el fondo del pozo cuando me quedaba dormida.
Tío Benny no volvió a tener noticias de Madeleine o, si las tuvo, no nos las mencionó. Cuando le tomaban el pelo o le preguntaban por ella, parecía recordarla sin pesar, y con cierto desdén por tratarse de algo o de alguien de quien se había desembarazado hacía mucho, como las tortugas.
Al cabo de un tiempo todos nos reíamos al recordar a Madeleine bajando la carretera con su chaqueta roja, las piernas como tijeras, lanzando insultos por encima del hombro a tío Benny que la seguía con su hija. Nos reíamos al pensar en el alboroto que armaba, y en lo que le había hecho a Irene Pollox y a Charlie Buckle. Tío Benny podría haberse inventado las palizas, dijo por fin mi madre, y eso la tranquilizó; ¿cómo iba uno a creerle? La misma Madeleine podría haber sido una invención suya. La recordábamos como una anécdota, y sin nada más que ofrecer le dimos nuestra extraña, tardía y cruel aprobación.
«¡Madeleine! ¡Esa loca!»"

Alice Munro, La vida de las mujeres.

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