domingo, 13 de julio de 2014

Solo una excentricidad






"La guerra continuaba. Los granjeros por fin habían empezado a ganar dinero con los cerdos, la remolacha azucarera y el maíz. Seguramente no tenían ninguna intención de gastarlo en enciclopedias. Pensaban más bien en neveras y automóviles. Pero esos bienes no eran fáciles de obtener, y entretanto ahí estaba mi madre, arrastrando animosamente la caja de libros, arreglándoselas para entrar en sus cocinas, en sus salones fríos con olor fúnebre, abriendo fuego con prudencia pero con optimismo en nombre del saber, un bien hostil del que casi todos los adultos están de acuerdo en que hay que prescindir. Pero nadie podía negar que era bueno para los niños. Mi madre contaba con ello.

Y si la felicidad de este mundo está en creer en lo que vendes, entonces mi madre era feliz. El saber no era para ella algo hostil, sino acogedor y entrañable. Un gran consuelo, aun en esa fase de su vida, era saber localizar el mar de Célebes y el palacio Pitti, ordenar cronológicamente las esposas de Enrique VIII y aprender algo sobre el sistema social de las hormigas, los métodos utilizados por los aztecas en sus matanzas sacrificiales o la red de instalaciones sanitarias de Cnossos. Se embalaba al hablar de esos temas y no podía parar; se los contaba a cualquiera.

-Tu madre sabe un montón de cosas -decían tía Elspeth y tía Grace con tono despreocupado, sin envidia. Y yo veía que para ciertas personas, tal vez para la mayoría, el saber era solo una excentricidad; resaltada como las verrugas."

Alice Munro, La vida de las mujeres.

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