miércoles, 12 de marzo de 2014

Sólo quería hablar de algo




"El insecto hizo una breve pausa para recobrarse de su agitación y luego alargó  un tentáculo para coger un teléfono que sonaba. 
Una mano metálica lo detuvo. 
 - Disculpe - dijo el propietario de la mano metálica, con una voz que podría haberle saltado las lágrimas a un insecto de disposición más sentimental. 
 Este no era uno de esa clase, y no podía soportar a los robots. 
 - Sí, señor - dijo con brusquedad -. ¿Puedo ayudarle? 
 - Lo dudo - repuso Marvin. 
 - Pues en ese caso, si quiere disculparme... 
 En aquel momento sonaban seis teléfonos. Un millón de cosas esperaban la  atención del insecto. 
 - Nadie puede ayudarme - entonó Marvin. 
 - Sí, señor, bueno... 
 - Aunque nadie lo ha intentado, por supuesto. 
 La mano metálica que sujetaba al insecto cayó inerte al costado de Marvin. Su cabeza se inclinó un poquito hacia delante. 
 - ¿De veras? - dijo agriamente el insecto. 
 - A nadie le vale la pena ayudar a un robot doméstico, ¿no es cierto? 
- Lo siento, señor, si... 
 - ¿Qué beneficio se saca ayudando o siendo amable con un robot, que no tiene circuitos de gratitud? A eso me refiero. 
 - ¿Y usted no tiene ninguno? - preguntó el insecto, que no parecía capaz de sustraerse a la conversación. 
 - Nunca he tenido ocasión de averiguarlo - le informó Marvin. 
 - Escucha, miserable montón de hierro mal ajustado... 
 - ¿No va a preguntarme qué es lo que quiero? 
 El insecto hizo una pausa. Disparó su larga y delgada lengua, se lamió los ojos y volvió a guardarla. 
 - ¿Vale la pena? - inquirió. 
 - ¿Acaso lo vale algo? - repuso Marvin de inmediato. 
 - ¿Qué... es... lo... que... quiere... usted? 
 - Estoy buscando a alguien. 
 - ¿A quién? - siseó el insecto. 
 - A Zaphod Beeblebrox - dijo Marvin -. Está allí. 
 El insecto se estremeció de rabia. Apenas podía hablar. 
 - Entonces, ¿por qué me lo pregunta? - gritó. 
 - Sólo quería hablar de algo - dijo Marvin. 
 - iQué! 
 - Patético, ¿verdad? 
 Con un chirrido de engranajes, Marvin se dio la vuelta y echó a andar pesadamente. Alcanzó a Zaphod cuando éste llegaba a los ascensores. Zaphod giró en redondo, pasmado." 

Douglas Adams, El restaurante del fin del mundo.


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