viernes, 13 de diciembre de 2013

Aquella refinada Italia






"El Renacimiento se caracterizó por una pléyade de personas dotadas con los más variados talentos. La figura más representativa de aquella época fue Leonardo da Vinci (1452-1519), el Homo universalis. Fue músico, arquitecto, pintor, escultor, inventor, ingeniero... y en casi todo destacó con reconocida maestría. Hubo, no obstante, una estrella que nunca pudo lucir con el mismo brillo, a pesar de que sintiera una verdadera pasión por ella: la gastronomía.
Desde sus tiempos de aprendiz en un taller de Florencia, en torno a 1473, el maestro intentó sin conseguirlo ser reconocido como chef. En aquel taller, el joven Leonardo conoció al pintor Sandro Botticelli (1445-1510), entonces también un aprendiz, y le convenció para montar un restaurante, que fue un auténtico desastre. Una y otra vez, sus originales recetas, hoy diríamos de nouvelle cusine, chocaban con un mundo todavía anclado en la Edad Media más arquetípica: ¡carne, carne y mucha cantidad! Pero a Leornardo no le interesaba sólo la cocina, sino la mesa. Además de cocinero, quiso ser maître...
En la corte de Ludovico Sforza (1452-1508), el mecenas que abrió las puertas de Milán a Leonardo da Vinci en 1482, los nobles amarraban conejos adornados con cintas a las sillas y se limpiaban las manos impregnadas de grasa sobre los lomos de las bestias, o bien utilizaban el faldón de los manteles. Por propia iniciativa, una de las primeras tareas que Leonardo se encomendó fue, precisamente, corregir esta costumbre "antes que pintar cualquier caballo o retablo", y para ello inventó la servilleta, aunque esta palabra en aquella época todavía no existía. Testigo privilegiado de aquella velada fue Pietro Alemani, el embajador florentino en Milán, que en uno de sus informes con fecha de julio de 1491, nos lo cuenta de la siguiente manera:
Y en la víspera de hoy presentó en la mesa su solución a ello, que consistía en un paño individual dispuesto sobre la mesa frente a cada individuo destinado a ser manchado, en sustitución al mantel. Pero con gran inquietud del maestro Leonardo dispusieron sentarse sobre él. Otros se lo arrojaban como por juego. Otros, aun envolvían en él las viandas que ocultaban sus bolsillos y faltriqueras. Y cuando hubo acabado la comida, y el mantel principal quedó ensuciado como en ocasiones anteriores, el maestro Leonardo me confió su desesperanza de que su invención lograra establecerse."
Fernándo Garcés Blázquez, La historia del mundo sin los trozos aburridos


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