martes, 19 de noviembre de 2013

Celestino Ortiz






"Al final de Narváez está el bar donde, como casi to­das las noches, Paco se encuentra con Martín. Es un bar pequeño, que hay a la derecha, conforme se sube, cerca del garaje de la Policía Armada. El dueño, que se llama Celestino Ortiz, había sido comandante con Cipriano Mera durante la guerra, y es un hombre más bien alto, delgado, cejijunto y con algunas marcas de viruela; en la mano derecha lleva una gruesa sortija de hierro, con un esmalte en colores que representa a León Tolstoi y que se había mandado hacer en la calle de la Colegiata, y usa dentadura postiza que, cuando le molesta mucho, deja sobre el mostrador. Celestino Ortiz guarda cuidadosamente, desde hace muchos años ya, un sucio y desbaratado ejemplar de la Auro­ra, de Nietzsche, que es su libro de cabecera, su catecismo. Lo lee a cada paso y en él encuentra siempre solución a los problemas de su espíritu. -«Aurora» -dice-, «Meditación sobre los prejui­cios morales, ¡Qué hermoso título! La portada lleva un óvalo con la foto del autor, su nombre, el título, el precio -cuatro reales- y el pie editorial: F. Sempere y Compañía, editores, calle del Palomar, 10, Valencia; Olmo, 4 (sucursal), Madrid. La traducción es de Pedro González Blanco. En la portada de dentro aparece la marca de los editores: un busto de señorita con gorro frigio y rodeado, por abajo, de una corona de laurel y, por arriba, de un lema que dice: Arte y Libertad. 
Hay párrafos enteros que Celestino se los sabe de memoria. Cuando entran en el bar los guardias del garaje, Celestino Ortiz esconde el libro debajo del mostrador, sobre el cajón de los botellines de vermú. -Son hijos del pueblo corno yo -se dice-, ¡pero por si acaso! Celestino piensa, con los curas de pueblo, que Nietzsche es realmente algo muy peligroso. Lo que suele hacer, cuando se enfrenta con los guardias, es recitarles parrafitos, como de broma, sin decirles nunca de dónde los ha sacado. 
-«La compasión viene a ser el antídoto del suici­dio, por ser un sentimiento que proporciona placer y que nos suministra, en pequeñas dosis, el goce de la superioridad.»
Los guardias se ríen. -Oye, Celestino, ¿tú no has sido nunca cura?
-¡Nunca! «La dicha -continúa, sea lo que fuere, nos da aire, luz y libertad de movimientos.»
Los guardias ríen a carcajadas.
-Y agua corriente.
-Y calefacción central.
.Celestino se indigna y les escupe con desprecio:
-¡Sois unos pobres incultos!
Entre todos los que vienen hay un guardia, ga­llego y reservón, con el que Celestino hace muy bue­nas migas. Se tratan siempre de usted.
-Diga usted, patrón, ¿y eso lo dice siempre igual?
-Siempre, García, y no me equivoco ni una
-¡Pues ya es mérito!"
Camilo José Cela, La colmena.


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