lunes, 17 de junio de 2013

Si alguna vez volvía la paz me gustaría ser un gato muerto







«Esta tarde no conseguimos el permiso inmediatamente después de la retreta, porque alguien dejó caer el rifle mientras el general británico de visita hacía inspección. Perdí el de las 5 y 52 y llegué una hora tarde al encuentro con Muriel. Comida en el Lun Far, en la Cincuenta y Ocho. M. irritable y llorosa durante la comida, auténticamente perturbada y dolida. Su madre cree que soy una personalidad esquizoide. Parece que le habló de mí a su psicoanalista y él está de acuerdo con ella. La señora Fedder le pidió a Muriel que averiguara con discreción si en la familia no ha habido locos. Sospecho que Muriel tuvo el candor suficiente para contarle de dónde salen las cicatrices que tengo en las muñecas pobre tesoro. Pero por lo que dice M., a su madre esto no le molesta tanto como otro par de cosas. Otras tres cosas. Una, me aparto y no consigo establecer contacto con la gente. Dos, parece que algo no anda bien en mí porque no he seducido a Muriel. Tres, evidentemente la señora Fedder se ha pasado días enteros obsesionada por la observación que hice una noche acerca de que me gustaría ser un gato muerto. La semana pasada me preguntó en la cena qué pensaba hacer cuando saliera del ejército. ¿Pensaba volver a la enseñanza en la misma facultad? ¿Volvería simplemente a enseñar? ¿Estudiaría la posibilidad de volver a la radio, quizá como "comentarista" de alguna especie? Le contesté que tenía la impresión de que la guerra podía seguir siempre, y que sólo estaba seguro de que si alguna vez volvía la paz me gustaría ser un gato muerto. La señora Fedder pensó que estaba haciendo alguna broma disparatada. Una broma sofisticada. Según Muriel, cree que soy muy sofisticado. Pensó que mi comentario, mortalmente serio, era el tipo de broma que hay que acoger con una carcajada ligera, musical. Supongo que al reírse ella yo me distraje un poco y me olvidé de explicárselo. Anoche le conté a Muriel que en el budismo Zen le preguntaron una vez a un maestro cuál era la cosa más valiosa del mundo, y el maestro contestó que un gato muerto, porque nadie podía ponerle precio. M. quedó aliviada, pero vi que apenas podía esperar a llegar a su casa para garantizar a su madre la inocuidad de mi observación. Vino conmigo a la estación en el taxi. Qué rica estaba, y de tanto mejor humor. Trataba de enseñarme a sonreír, estirándome los músculos de alrededor de la boca con los dedos. Qué bello es verla reír. Ah, Dios, soy tan feliz con ella. Si por lo menos ella pudiera ser más feliz conmigo. A veces la divierto, y me parece que le gustan mi cara y mis manos y mi nuca, y le da una gran satisfacción decir a sus amigos que está comprometida con Billy Black que estuvo años en Los niños sabios. Y creo que siente una inclinación mezclada, maternal y sexual, hacia mí en general. Pero en conjunto no la hago feliz. Oh, Dios, ayúdame. Mi único consuelo terrible es que mi querida siente un amor inmortal, sin vueltas, por la institución del matrimonio en sí mismo. Tiene un verdadero apremio en jugar a la mamá permanentemente. Sus objetivos matrimoniales son tan absurdos y conmovedores. Quiere adquirir un tostado bien oscuro y acercarse al mostrador de la recepción de un hotel muy elegante y preguntar si su marido no ha recogido aún la correspondencia. Quiere salir a comprar cortinas. Quiere salir a comprar vestidos de maternidad. Quiere irse de la casa de su madre, lo sepa o no, y a pesar de su afecto por ella. Quiere tener hijos, hijos bellos, con sus rasgos, no los míos. Tengo también la impresión de que quiere tener sus propios adornos del árbol de Navidad, no los de su madre, para sacarlos todos los años de las cajas.
»Hoy llegó una carta muy divertida de Buddy, escrita justo después de salir de las cocinas del ejército. Pienso en él mientras escribo sobre Muriel. La despreciaría por los motivos por los que quiere casarse que he explicado. ¿Pero son desdeñables? En cierto modo deben de serlo, pero a mi me parecen tan humanos y hermosos que no puedo pensar en ellos aun ahora cuando escribo esto, sin sentirme profunda, hondamente conmovido. Buddy desaprobaría también a la madre de Muriel. Es una mujer irritante, empecinada en sus opiniones, un tipo que Buddy no soporta No creo que la viera como es. Una persona desprovista, de por vida, de toda comprensión o gusto por la principal corriente de poesía que fluye en las cosas, en todas las cosas. Podría estar muerta, y sin embargo sigue viviendo, deteniéndose en los almacenes finos, viendo a su analista, consumiendo una novela por noche, poniéndose la faja, conspirando contra la salud y la prosperidad de Muriel. La quiero. La encuentro increíblemente valerosa.»

J.D. Salinger, Levantad, carpinteros, la vida del tejado.

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