miércoles, 12 de junio de 2013

Octubre era una de las pocas cosas que llegaban




"El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más de una  cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con  un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las  últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata. 
Mientras esperaba a que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla de barro cocido en una actitud de confiada e inocente expectativa, el coronel experimentó la  sensación de que nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas. Era octubre. Una  mañana difícil de sortear, aun para un hombre como él que había sobrevivido a tantas  mañanas como ésa. Durante cincuenta v seis años -desde cuando terminó la última  guerra civil- el coronel no había hecho nada distinto de esperar. Octubre era una de las pocas cosas que llegaban. 
Su esposa levantó el mosquitero cuando lo vio entrar al dormitorio con el café. Esa  noche había sufrido una crisis de asma y ahora atravesaba por un estado de sopor.  Pero se incorporó para recibir la taza. 
-Y tú -dijo. 
-Ya tomé -mintió el coronel-. Todavía quedaba una cucharada grande. 
En ese momento empezaron los dobles. El coronel se había olvidado del entierro. 
Mientras su esposa tomaba el café, descolgó la hamaca en un extremo y la enrolló en  el otro, detrás de la puerta. La mujer pensó en el muerto. 
-Nació en 1922 -dijo-. Exactamente un mes después de nuestro hijo. El siete de  abril. 
Siguió sorbiendo el café en las pausas de su respiración pedregosa. Era una mujer  construida apenas en cartílagos blancos sobre una espina dorsal arqueada e inflexible.  Los trastornos respiratorios la obligaban a preguntar afirmando. Cuando terminó el  café todavía estaba pensando en el muerto. 
Debe ser horrible estar enterrado en octubre», dijo. Pero su marido no le puso  atención. Abrió la ventana. Octubre se había instalado en el patio. Contemplando la  vegetación que reventaba en verdes intensos, las minúsculas tiendas de las lombrices  en el barro, el coronel volvió a sentir el mes aciago en los intestinos." 

Gabriel García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba.

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