miércoles, 5 de junio de 2013

Franny y Zooey



"Aunque la mañana del sábado era soleada y luminosa, volvía a hacer tiempo de abrigo, no simplemente de chaqueta, como había sucedido toda la semana y como todos habían esperado que se mantuviera para el gran fin de semana: el fin de semana del partido contra Yale. De los veintitantos chicos que estaban esperando en la estación a que llegaran sus novias en el tren de las diez y cuarenta y dos no había más de seis o siete en el frío andén descubierto. El resto estaba adentro de la caldeada sala de espera, de pie en grupos de dos, tres o cuatro, sin sombrero, fumando y hablando con voces que, casi sin excepción, sonaban universitariamente dogmáticas, como si cada muchacho, en su turno estridente dentro de la conversación, estuviera resolviendo, de una vez por todas, alguna cuestión altamente polémica, una cuestión que el mundo exterior, no el universitario, llevaba siglos discutiendo con gran torpeza, provocativamente o no.
Lane Coutell, con una gabardina Burberry que al parecer tenía forro de lana, era uno de los seis o siete muchachos que estaban en al andén abierto. O, mejor dicho, era y no era uno de ellos. Durante diez minutos o más se había mantenido deliberadamente apartado, fuera del alcance de la conversación de los otros, con la espalda contra el anaquel de folletos gratuitos de Ciencia Cristiana y las manos sin guantes metidas en el bolsillo del abrigo. Llevaba una bufanda marrón de cachemir que se le había descolocado y casi no le protegía del frío. De manera brusca y bastante distraída, sacó la mano derecha del bolsillo y empezó a arreglarse la bufanda, pero antes de que estuviera bien puesta cambió de idea y utilizó la misma mano para buscar debajo de la gabardina y sacar una carta del bolsillo interior de la chaqueta. Comenzó a leerla inmediatamente, sin cerrar del todo la boca.
La carta estaba escrita -mecanografiada- en papel azul claro. Tenía un aspecto manoseado, poco fresco, como si ya hubiera sido sacada de su sobre y leída varias veces:
  
Martes, creo 
Queridísimo Lane: 
No tengo ni idea de si podrás descifrar esto, ya que esta noche el ruido de la residencia es absolutamente increíble y casi no puedo oír mis pensamientos. Así que si la ortografía es mala, ten la amabilidad de pasarlo por alto. Por cierto, he seguido tu consejo y he recurrido mucho al diccionario últimamente, así que si mi estilo es más rígido, tú tienes la culpa. Bueno, acabo de reabrir tu preciosa carta y te quiero hasta hacerte pedazos, comerte a bocados, etcétera, y apenas puedo esperar a que llegue el fin de semana. Es una pena que no hayas podido meterme en Croft House, pero en realidad no me importa dónde me aloje mientras haya calefacción y no haya chinches y pueda verte de vez en cuando, es decir, cada minuto. Me estoy volviendo loca últimamente. Me encanta absolutamente tu carta, en especial la parte sobre Elliot. Creo que estoy empezando a despreciar a todos los poetas excepto a Safo. He estado leyéndola como posesa, y nada de comentarios vulgares, por favor. Puede que incluso haga mi trabajo del trimestre sobre ella, si es que decido ir por matrícula y si logro convencer al imbécil que me han asignado como tutor. “El delicado Adonis se muere, Citerea, ¿qué podemos hacer? Golpead vuestros pechos, doncellas, y rasgaos las túnicas.” ¿A que es maravilloso? Además, escribe así siempre. ¿Me quieres? No lo dices ni una sola vez en tu horrible carta. Te odio cuando te pones supervaronil y retiscente (¿está bien escrito?). No te odio exactamente, pero soy contraria por naturaleza a los hombres fuertes y callados. No es que tú no seas fuerte, pero ya me entiendes. Hay tanto ruido aquí que casi no puedo oír mis pensamientos. De todos modos, te quiero y deseo echar esta carta urgente para que la recibas con tiempo suficiente si encuentro un sello en este manicomio. Te quiero te quiero te quiero. ¿Sabes que en realidad sólo he bailado contigo dos veces en once meses? Sin contar aquella vez en el Vanguard cuando estabas tan borracho. Probablemente me sentiré terriblemente cohibida. Por cierto, te mataré si hace alusión a esto. ¡Hasta el sábado, cielito! 
Con todo mi amor, 
Franny.
P. D. 1: Papá recibió los resultados de sus radiografías del hospital y todos nos sentimos aliviados. Es un tumor pero no es maligno. Hablé con mamá por teléfono anoche. Por cierto, te manda recuerdos, así que puedes estar tranquilo respecto a aquel viernes por la noche. Creo que ni siquiera nos oyeron entrar 
P. D. 2: Parezco tan poco inteligente e ingeniosa cuando te escribo. ¿Por qué será? Te doy permiso para analizarlo. Intentemos simplemente pasarlo de maravilla este fin de semana. Quiero decir que intentemos por una vez, si es posible, no analizarlo todo hasta machacarlo, sobre todo a mí. Te quiero. 
Frances (su firma)
  
Lane iba por la mitad de esta lectura de la carta cuando fue interrumpido -importunado, molestado- por un joven corpulento llamado Ray Sorenson, el cual deseaba preguntar si Lane sabía de qué iba ese hijoputa de Rilke. Lane y Sorenson estaban en el curso de Literatura Europea Moderna 251 (abierto únicamente a los estudiantes de último año y a los licenciados) y tenían que hacer un trabajo cobre la cuarta de las Elegías de Duino de Rilke para el lunes. Lane, que sólo conocía a Sorenson superficialmente pero sentía una vaga y categórica aversión por su cara y su actitud, guardó la carta y contestó que no lo sabía pero pensaba que había entendido la mayor parte.
-Tienes suerte -dijo Sorenson-. Eres un hombre afortunado.
Hablaba con un mínimo de vitalidad, como si se hubiese acercado a hablar con Lane por aburrimiento o impaciencia, no en busca de ninguna clase de conversación.
-Dios, qué frío hace -dijo, y se sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo.
Lane observó una huella de lápiz de labios, difuminada pero bastante visible, en la solapa del abrigo de pelo de camello de Sorenson. Tenía aspecto de llevar semanas allí, quizá meses, pero no conocía a Sorenson lo suficiente como para mencionarlo, ni tampoco le importaba un comino, esta es la verdad. Además, el tren ya llegaba. Los dos chicos se volvieron a medias hacia la izquierda para ponerse de cara a la locomotora que se aproximaba. Casi al mismo tiempo, la puerta de la sala de espera se abrió de golpe y los muchachos que se habían mantenido al abrigo salieron a recibir el tren, la mayoría de ellos dando la impresión de tener por lo menos tres cigarrillos encendidos en cada mano.
Lane también encendió un cigarrillo mientras el tren entraba en la estación. Entonces, como tanta gente a quien, quizá, sólo debería dársele un pase de prueba para recibir trenes, trató de dejar su rostro vacío de toda expresión que pudiera simplemente, tal vez incluso maravillosamente, revelar lo que sentía por la persona que llegaba.
Franny fue una de las primeras chicas que bajaron del tren, de un vagón en el extremo norte del andén. Lane la vio inmediatamente y, a pesar de la cara que estaba intentando poner, su brazo, que se alzó rápidamente en al aire, expresó toda la verdad. Franny vio el brazo, le vio a él y le devolvió el saludo de un modo exagerado. Llevaba un abrigo de mapache, y Lane, mientras caminaba hacia ella apresuradamente aunque con la cara parada, se dijo, con emoción contenida, que él era el único en el andén que realmente conocía el abrigo de Franny. Recordó que una vez, en un coche prestado, después de besar a Franny durante una media hora, había besado la solapa de su abrigo, como si fuera una extensión orgánica y perfectamente deseable de su persona.
-¡Lane! -le saludó Franny gozosamente; ella no era dada a borrar la expresión de su rostro.
Le abrazó y le besó. Fue un beso de andén; bastante espontáneo al principio, pero más bien inhibido en la continuación, y con cierto aire de golpe en la frente.
-¿Recibiste mi carta? -preguntó ella, y añadió, casi con el mismo aliento-: Tienes cara de estar congelado, pobrecito. ¿Por qué no has esperado dentro? ¿Recibiste mi carta?
-¿Qué carta? -dijo Lane, cogiéndole la maleta. Era azul marino con ribetes de cuero blanco, igual a otra media docena de maletas que acababan de bajar del tren.
-¿No la has recibido? La eché el miércoles. ¡Oh, Dios! Incluso la llevé al correo yo…
-Ah, esa. Sí. ¿No has traído más que esta maleta? ¿Qué libro es ese?
Franny miró su mano izquierda, en la cual tenía un libro pequeño encuadernado en tela verde.
-¿Este? Oh, nada especial -contestó.
Abrió su bolso, metió el libro adentro y siguió a Lane por el largo andén hacia la parada de taxis. Le cogió del brazo y llevó casi toda la conversación, si no toda. Primero dijo algo acerca de un vestido que llevaba en la maleta y que era necesario planchar. Contó que se había comprado una planchita monísima que parecía de casa de muñecas, pero luego se le había olvidado traerla. Dijo que le parecía que sólo conocía a tres de las chicas que iban en el tren: Martha Farrar, Tippie Tibbet y Eleanor Nosecuántos, a quien había conocido hacía años en sus tiempos de internado, en Exeter o en alguna parte. Todas las demás que iban en el tren tenían un aire muy Smith, salvo dos chicas de tipo absolutamente Vassar y una absolutamente Bennington o Sara Lawrence (1), dijo Franny. La chica estilo Bennington-Sarah Lawrence tenía aspecto de haberse pasado todo el trayecto metida en el lavabo, esculpiendo o pintando o algo así, o de llevar mallas debajo del vestido. Lane, andando bastante deprisa, dijo que sentía no haber conseguido meterla en Croft House -eso era prácticamente imposible, claro-, pero que había conseguido habitación en un sitio muy agradable y acogedor. Pequeño, pero limpio y todo eso. Le gustaría, dijo, y Franny inmediatamente se imaginó una casa de huéspedes de madera blanca. Tres chicas que no se conocían en la misma habitación. La que llegara primero se quedaría con la cama plegable llena de bultos y las otras dos tendrían que compartir una cama doble con un colchón absolutamente fantástico.
-Estupendo -dijo con entusiasmo.
A veces le resultaba terriblemente difícil ocultar su impaciencia respecto a la ineptitud del macho de la especie en general, y la de Lane en particular. Recordó una noche lluviosa en Nueva York, al salir del teatro, en la que Lane, con un sospechoso exceso de generosidad callejera, había dejado que aquel horrible hombre de esmoquin le quitara el taxi. Eso no le había importado mucho -es decir, Dios, sería espantoso tener que ser hombre y tener que conseguir taxis bajo la lluvia-, pero recordaba la mirada verdaderamente horrible y hostil que Lane le echó a ella cuando volvió a la acera para decírselo. Ahora, sintiéndose extrañamente culpable al pensar en esto y en otras cosas, dio un breve apretón de simulado afecto al brazo de Lane. Cogieron un taxi. Pusieron la maleta azul marino con ribetes de cuero blanco delante junto al taxista.
-Dejaremos tu maleta y tus cosas en tu alojamiento. Nada más dejarlas dentro, y nos vamos a comer -dijo Lane-. Me muero de hambre.
Se inclinó y le dio una dirección al taxista.
-¡Me alegro tanto de verte! -dijo Franny cuando el coche se puso en marcha-. Te he echado mucho de menos.
No bien hubo pronunciado esas palabras comprendió que no las sentía en absoluto. De nuevo con un sentimiento de culpa, cogió la mano de Lane y entrelazó los dedos con los de él cariñosa y estrechamente. (...)

"El lavabo de señoras de Sickler’s era casi tan grande como el propio comedor y, en cierto sentido, apenas menos cómodo. Nadie lo atendía y, al parecer, estaba vacío cuando Franny entró. Se quedó parada un momento -casi como si fuese el punto de alguna cita- en mitad del suelo de baldosas. Tenía gotas de sudor en la frente y la boca abierta, y estaba todavía más pálida que en el comedor.
Luego, de pronto y muy de prisa, entró en la cabina más alejada y de aspecto más anónimo de las siete u ocho -que, por suerte, se abrían sin necesidad de meter una moneda-, cerró la puerta tras de sí y, con cierta dificultad, echó el cerrojo. Sin prestar atención al entorno, se sentó. Juntó las rodillas con firmeza, como para convertirse en una unidad más pequeña y compacta. Luego colocó las manos verticalmente sobre sus ojos y apretó con fuerza, como si quisiera paralizar el nervio óptico y ahogar todas las imágenes en una negrura abismal. Sus dedos extendidos, aunque temblorosos -o porque estaban temblorosos-, parecían extrañamente bonitos y elegantes. Mantuvo esta posición tensa y casi fetal durante un momento de suspensión; después se echó a llorar. Lloró durante cinco minutos seguidos. Lloró sin intentar contener ninguna de las manifestaciones más ruidosas de la pena y la confusión, con todos los convulsos sonidos guturales que hace un niño histérico cuando el aire trata de salir a través de una epiglotis parcialmente cerrada. Sin embargo, cuando al fin paró, sencillamente paró, sin las dolorosas, punzantes inspiraciones que suelen seguir a un estallido violento. Cuando dejó de llorar, fue como si se hubiese producido un decisivo cambio que tuvo en su cuerpo efecto inmediato y pacificador. Con el rostro bañado en lágrimas pero inexpresivo, casi bobo, cogió su bolso del suelo, lo abrió y sacó el librito encuadernado en tela verde. Lo puso en su regazo -más bien, sobre sus rodillas- y lo miró, lo contempló fijamente, como si ése fuera el lugar más indicado para un librito encuadernado en tela verde. Al cabo de un momento, cogió el librito y lo estrechó junto a sí firmemente durante breves instantes. Luego lo metió de nuevo en el bolso, se puso de pie y salió de la cabina. Se lavó la cara con agua fría, se la secó con una toalla que colgaba de un toallero alto, se volvió a pintar los labios, se peinó y salió de los lavabos.
  
Tenía un aspecto sensacional mientras atravesaba el comedor en dirección a la mesa, en nada diferente al de una chica que está dispuesta a pasar un gran fin de semana universitario. Cuando ella se aproximó a su silla, apresurada y sonriente, Lane se levantó despacio, con una servilleta en la mano.
-Lo siento -dijo Franny-. ¿Pensabas que me había muerto?
-No pensabas que te habías muerto -contestó Lane. Le acercó la silla-. No sabía qué demonios te había ocurrido -volvió a su sitio-. No tenemos mucho tiempo, ¿sabes? -se sentó-. ¿Estás bien? Tienes los ojos un poco irritados -la miró con atención-. ¿Te encuentras bien o no?
Franny encendió un cigarrillo.
-Ahora me encuentro estupendamente. Nunca me había sentido tan fantásticamente inestable en toda mi vida. ¿Has pedido?
-No. Te estaba esperando -contestó Lane, mirándole aun con atención-. ¿Qué te pasaba? ¿El estómago?
-No. Sí y no. No lo sé -dijo Franny. Miró el menú que tenía sobre el plato y lo examinó sin cogerlo-. No quiero más que un sandwich de pollo. Y quizás un vaso de leche… Pero tú pide lo que te apetezca. Quiero decir que tomes caracoles y pulpos y esas cosas. Pulpo. Yo es que no tengo hambre.
Lane la miró, luego exhaló una fina columna de humo, muy expresiva, sobre su plato.
-Va a ser un fin de semana realmente fabuloso -dijo-. ¡Un sandwich de pollo, por amor de Dios!
Franny se enfadó.
-No tengo hambre, Lane. Lo siento. Ahora haz el favor de pedir lo que quieras, ¿por qué no?, y yo comeré al mismo tiempo que tú. Pero no voy a tener apetito simplemente porque tú quieras.
-De acuerdo, de acuerdo.
Lane estiró el cuello y llamó la atención del camarero. Un momento después pidió un sandwich de pollo y un vaso de leche para Franny, y caracoles, ancas de rana y una ensalada para él. Cuando el camarero se fue, miró su reloj y dijo:
-A propósito, tenemos que estar en Tendbridge a la una y cuarto, o una y media. No más tarde. Le dije a Wally que probablemente pasaríamos a tomar una copa y luego quizás podríamos ir todos juntos al estadio en su coche, ¿Te importa? A ti no te cae bien Wally.
-Ni siquiera sé quién es.
-Por Dios santo, le has visto como veinte veces. Wally Campbell. Caramba, si no le has visto veinte veces, no le has visto…
-Ah, ya recuerdo… Escucha, no te enfurezcas porque no recuerdo a alguien inmediatamente. Sobre todo cuando es alguien que se parece a todo el mundo, y habla y viste y actúa como todo el mundo -Franny obligó a su voz a callar. Le sonaba criticona y maliciosa, y experimentó una oleada de odio hacía sí misma que, literalmente, hizo que volvieran a aparecer gotas de sudor en su frente. Pero su voz se alzó de nuevo a pesar de ella-. No quiero decir que haya nada horrible en él, ni nada por el estilo. Sé cuándo van a mostrarse encantadores, sé cuándo van a empezar a contarme algún cotilleo verdaderamente desagradable sobre alguna chica que vive en mi residencia, sé cuándo van a dar vuelta una silla para sentarse a horcajadas en ella y comenzar a fanfarronear en voz terriblemente baja… o a mencionar nombres conocidos en tono terriblemente bajo y casual. Hay una ley no escrita según la cual las personas de un cierto nivel social o económico pueden dejar caer tantos nombres conocidos como quieran, siempre y cuando digan algo terriblemente denigrante sobre la persona importante no bien han mencionado su nombre, que es un bastardo, o una ninfómana, o que se droga, o cualquier cosa horrible -se interrumpió otra vez. Permaneció en silencio un momento, dándole vueltas al cenicero y cuidando de no levantar los ojos para no ver la expresión de Lane-. Lo siento -dijo-. No es sólo Wally Campbell. Me estoy metiendo con él porque lo has mencionado. Y porque se parece a alguien que pasara el verano en Italia o algo así.
-Él estuvo en Francia el verano pasado, para tu información -afirmó Lane-. Sé lo que quieres decir -añadió rápidamente-, pero estás siendo condenadamente in…
-Está bien -dijo Franny con tono fatigado-. Francia -sacó un cigarrillo del paquete-, No es sólo Wally. Podría ser una chica, claro está. Quiero decir que si fuera una chica, alguien de mi dormitorio, por ejemplo, habría estado pintando decorados en una compañía de repertorio todo el verano. O habría recorrido Gales en bici. O habría cogido un apartamento en Nueva York y habría para trabajado para una revista o una agencia de publicidad. Es todo el mundo, quiero decir. Todo lo que hace la gente es tan…, no sé, no es malo, ni siquiera mezquino, tampoco estúpido necesariamente. Simplemente tan minúsculo e insignificante, y… deprimente. Y lo peor es que, si te vuelves bohemio o algo así de loco, sigues siendo tan conformista como los demás, sólo que de un modo diferente. -Se calló. Sacudió la cabeza brevemente, con la cara muy blanca, y por un segundo se tocó la frente; al parecer, más que para comprobar si estaba sudando, para ver, como si fuera su propia madre, si tenía fiebre-. Me siento tan extraña. Creo que me estoy volviendo loca. Puede que ya lo esté.
Lane la miraba con auténtica preocupación, más preocupación que curiosidad.
-Estás condenadamente pálida. Pálida de verdad. ¿Lo sabías? -preguntó.
Franny sacudió la cabeza.
-Estoy bien. Estaré bien dentro de un momento -levantó la vista cuando el camarero se acercó trayendo el pedido-. Oh, tus caracoles tienen una pinta estupenda -acababa de llevarse el cigarrillo a los labios pero estaba apagado-. ¿Qué has hecho con las cerillas? -preguntó.
Lane le dio fuego cuando el camarero se marchó.
-Fumas demasiado -dijo. Cogió el tenedor pequeño que estaba al lado de su plato de caracoles, pero miró a Franny de nuevo antes de usarlo-. Me preocupas, en serio. ¿Qué demonios te ha sucedido en las últimas dos semanas?"

J.D. Salinger, Franny y Zooey.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada