lunes, 22 de abril de 2013

El ojo



Nadie hubiera vislumbrado en él esa timidez
típica de quien se encuentra entre personas
amigas entre sí, vinculadas por ecos afianzados
de complicidad chistosa y por sobreentendidas
alusiones a nombres cargados, para ellos,
de significados especiales, que dejan entender
al recién llegado cómo la historia que ha
empezado a leer en la revista, en realidad,
empezó tiempo atrás en números viejos
ahora ya imposibles de conseguir.
Escuchando la conversación general,
densa de referencias a acontecimientos
desconocidos para él, el extraño permanece
callado y desplaza la mirada sobre quien está
hablando y, como más rápido el turno de
palabra, más móviles se vuelven sus ojos;
muy pronto, el mundo invisible que revive
en los labios de los presentes se hace opresivo,
y él se pregunta si han entablado adrede
una conversación ajena a él.

V. Nabokov, El ojo.

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