sábado, 9 de marzo de 2013

¿Para matarme? ¿A mí, a quien todo el mundo quiere tanto?





"Probablemente es un prisionero nuestro... Sí. Tal vez me cojan a mí también. ¿Quiénes son? -seguía preguntándose Rostov sin creer en sus ojos-. ¿Es posible que sean franceses?" Miraba a esos hombres que se acercaban y, a pesar de que un segundo antes había galopado con intención de matarlos, su proximidad le parecía tan terrible que no creía a sus ojos. "¿Quiénes son? ¿Por qué corren? ¿Es posible que vengan contra mí? ¿Es posible que corran hacia mí? ¿Para qué? ¿Para matarme? ¿A mí, a quien todo el mundo quiere tanto?" Recordó el amor que le profesaban su madre, su familia y sus amigos, y le parecía imposible que el enemigo tuviera intención de matarlo. "¡Y sin embargo, tal vez vengan a matarme!" Permaneció en pie más de diez segundos, sin moverse y sin comprender su situación. El francés que iba a la cabeza, el de la nariz aguileña, se había acercado tanto que se distinguía la expresión de su rostro. La faz encendida y extraña de aquel hombre que corría ágilmente con la bayoneta calada y reteniendo el aliento asustó a Rostov. Cogió la pistola y, en lugar de disparar, la arrojó contra el francés y echó a correr con todas sus fuerzas hacia los matorrales. No experimentaba la duda ni el deseo de luchar con que había corrido por el puente de Enns, sino la sensación de una liebre que huye de los perros. Todo sus ser estaba dominado por un sentimiento invencible, por su juventud y su vida feliz. Saltando por encima de las zanjas con la rapidez con que solía correr cuando jugaba de pequeño a la gallinita ciega, corrió a campo traviesa volviendo de cuando en cuando su bondadoso rostro juvenil y pálido y un escalofrío de horror le recorría la espalda. "No, es mejor no mirar", pensó al llegar a un matorral; pero se volvió una vez más. Los franceses se habían quedado rezagados e incluso en el momento en que Rostov se había vuelto, el de delante ya no iba al trote, sino al paso y mirando hacia sus compañeros, gritaba algo. Rostov se detuvo. "No, debe ser alguna otra cosa. No es posible que quieran matarme", se dijo. Su brazo izquierdo le pesaba tanto como si llevase colgadas unas pesas de dos puds. No pudo seguir corriendo. El francés se detuvo también y le apuntó con el fusil. Rostov cerró los ojos y se inclinó. Un par de balas volaron por encima de él. Reuniendo sus últimas fuerzas, se cogió la mano izquierda con la derecha y corrió hacia los matorrales. Allí se encontraban algunos tiradores rusos."

Lev Tolstói, Guerra y paz.

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