lunes, 18 de marzo de 2013

El sol de marzo en Petersburgo





"La tarde del 22 de marzo del año pasado me ocurrió un extraño suceso. Durante todo ese día anduve por la ciudad buscándome un alojamiento. El que tenía era muy húmedo y por aquel entonces ya empezaba a toser de modo alarmante. Desde el otoño quería mudarme, si bien lo fui dejando hasta la primavera. En todo el día no pude encontrar nada satisfactorio. En primer lugar, quería un alojamiento especial y, por supuesto, que no fuera de huéspedes; en segundo lugar, necesitaba ineludiblemente una habitación grande y, al mismo tiempo, lo más barata posible. Me di cuenta de que en una habitación pequeña resultaba difícil incluso pensar. A propósito, siempre me resultaba más agradable planear mis novelas y fantasear de qué modo iba a escribirlas que el hecho mismo de escribirlas. Y la verdad es que no era por indolencia. ¿Por qué entonces?
Ya por la mañana experimenté cierto malestar, y a la puesta de sol me sentí incluso muy mal: empezaba a notarme una sensación de fiebre. Además, durante todo el día había permanecido de pie y estaba cansado. Por la tarde, justo cuando empezaba a oscurecer, pasaba por la Perspectiva Vosnisiénski. Me gusta el sol de marzo en Petersburgo, sobre todo en su ocaso y, especialmente, en un atardecer claro y frío. De pronto brilla toda la calle, como inundada por una luz radiante, y todas las casas parecen lanzar destellos. Sus colores grises, amarillos y verde-sucios pierden entonces por un segundo su aspecto sombrío; como si de pronto se iluminara el alma, como si uno se estremeciera o alguien le empujara por el codo. Una mirada nueva, un nuevo pensamiento... ¡Es extraordinario lo que puede hacer un rayo de sol en el alma del hombre!"

Dostoyevski, Humillados y ofendidos.

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