jueves, 7 de febrero de 2013

Tras ver por vez primera a la dama





"Tras ver por vez primera a la dama, haber decidido entonces 'que pertenecía a una clase de seres superiores' y haber emitido un segundo axioma, tan indiscutible como el primero -a saber: que se trataba de una viuda y que poseía una personalidad angustiada-, no fui más allá. Había sentado las bases para la situación que me complacía y, aunque se hubiera quedado a mi vera hasta la medianoche, habría permanecido fiel a esa reflexión y la habría juzgado solo desde ese punto de vista.

Apenas se había alejado de mí veinte pasos, cuando algo en mi interior me llamó a llevar a cabo una indagación más exhaustiva; me hizo pensar en la idea de una separación más definitiva. 'Es posible que no vuelva  a verla jamás'. El corazón está para proteger todo cuanto pueda, y yo deseaba dar los pasos correctos que me permitieran encaminarme hacia ella en el caso de reencontrarla jamás. En una palabra, deseaba saber cómo se llamaba, a qué familia pertenecía, cuál era su situación. Y como ya conocía el lugar al que se dirigía, quería saber de dónde provenía; pero no hubo manera de satisfacer esas curiosidades. Cientos de pequeños impedimentos se interpusieron en el camino. Pensé en toda una serie de ardides. No obstante, era inconcebible que un hombre osara hacerle preguntas directas; la misión era imposible.
Un afable y menudo capitán francés, que se aproximaba dando saltitos por la calle, me demostró que aquello era lo más fácil del mundo. Se interpuso de sopetón entre nosotros dos en el preciso instante en que la dama desandaba el camino desde la puerta de la cochera. Se me presentó y, antes de haber terminado, ya estaba rogándome que le hiciera el honor de presentarle a la dama.
-Pero si ni siquiera me he presentado yo.
Así que se volvió hacia ella como si nada y le preguntó si procedía de París. Ella le contestó que no, que iba en esa dirección.
-Vous  n'êtes pas de Londres?
Ella respondió que no.
-Entonces, madame habrá llegado pasando por Flandes. Apparemment vous etes Flammande? -dijo el capitán francés.
La dama respondió que sí lo era.
-Peut-être de Lille? -añadió el capitán.
Ella dijo que no era de Lille.
-¿Ni de Arras?, ¿Ni de Cambray?, ¿ni de Gante?, ¿ni de Bruselas?
La dama aclaró que era de Bruselas.
Según comentó el veterano militar, él había tenido el honor de encontrarse en el bombardeo de la última guerra de aquel país; dijo que la situación de la ciudad era perfecta, pour cela, y llena de nobleza cuando los imperialistas fueron expulsados por los franceses (la dama hizo una ligera reverencia). Tras proporcionarle una descripción de la situación y del papel que él había desempeñado en la misma, le rogó que le hiciera el honor de decirle cómo se llamaba, y correspondió la reverencia.
-Et madame a son mari? -preguntó, volviendo la vista cuando ya había dado dos pasos.
Sin esperar una respuesta, se alejó dando saltitos por la calle.
Ni aunque hubiera invertido siete años en el aprendizaje de buenas maneras podría yo haber hecho nada parecido."

Laurence Sterne, Viaje Sentimental.

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