lunes, 11 de febrero de 2013

Tome usted nota de que voy mal vestido






"Con movimientos espasmódicos se abotona los dos botones restantes de la chaqueta. Christine no insiste. Se ha dado cuenta de que se avergüenza. Algo en su buena convivencia ha quedado destruido, y de pronto ve los labios apretados del extraño: ahora dirá algo maligno. Sea como fuere, se volverá agresivo porque siente vergüenza.
En efecto, es lo que ocurre. Se encoge, por así decirlo, y lanza una mirada desafiante.
—Sé que no voy bien vestido, pero no sabía que me mirarían. Era suficiente para la visita al hogar de beneficencia. De haberlo sabido, me habría vestido mejor o... para ser sincero, no es verdad. Lo cierto es que no tengo dinero para vestirme correctamente, no lo tengo o, al menos, no lo tengo todo de golpe. Una vez que me compro zapatos nuevos, se me estropea el sombrero, y cuando me compro el sombrero, la chaqueta ya está toda raída, y una vez pasa esto y otra vez pasa aquello, pero el hecho es que no puedo seguirle el ritmo al desgaste. Me es igual si es culpa mía o no. O sea que tome usted nota de que voy mal vestido.
Christine mueve los labios, pero antes de que pueda hablar, el hombre la interrumpe:
—Por favor, nada de consuelos, que ya sé de antemano lo que me dirá: que la pobreza no supone ninguna vergüenza. Pero no es verdad: cuando uno no puede esconderla, es una vergüenza. No hay remedio, uno se avergüenza como se avergüenza cuando deja una mancha en una mesa ajena. Merecida o inmerecida, honesta o ruin, la pobreza hiede. Sí, hiede, hiede como un cuarto situado en planta baja mirando al patio de luces o como la ropa que no se cambia con la debida frecuencia. Uno mismo la huele, como si fuera estiércol. Y no se quita. No sirve ni ponerse sombrero nuevo ni enjuagarse la boca, que desprende un olor proveniente del estómago. Está a tu alrededor y se te pega, y todo el mundo que lo roza o que te mira lo percibe. Su hermana enseguida se dio cuenta; conozco esas miradas de mujer que te deshilachan cuando te miran el puño raído. Resulta muy embarazoso para los otros, pero, qué diablos, mucho más embarazoso es para uno mismo. No puedes escapar, no puedes superarlo, a lo sumo emborrachándote, y allí —añade, mientras coge la copa y bebe de manera ostensiblemente rápida y desenfrenada—, allí reside el gran problema social, el por qué de que las capas más bajas de la sociedad beben relativamente más alcohol. Es todo el problema por el cual se calientan la cabeza las condesas, patronas de asociaciones caritativas. Durante esos minutos u horas no sientes que eres molesto para los otros y para ti mismo. Sé que no constituye un honor especial ser visto con una persona vestida de este modo, pero a mí tampoco me divierte. Si le da vergüenza, dígalo, pero nada de cortesías ni compasiones."

Stefan Zweig, La embriaguez de la metamorfosis.

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