lunes, 4 de febrero de 2013

Ellos soportan estar juntos y, sin embargo, no lo soportan




"Tras aquel primer encuentro, Christine viaja cada domingo a Viena. Es el único día libre de servicio, y las vacaciones de verano ya están gastadas. Se llevan bien. Pero, demasiado agotados y desilusionados para un amor lleno de pasión y de deseo, de efusión y de esperanza, se sienten felices por el mero hecho de encontrar a alguien con quien sincerarse. Se pasan la semana ahorrando para el domingo. Ahorran dinero porque quieren pasar ese día juntos, liberados de la eterna previsión, quieren ir a un restaurante, a cafés, al cine, gastar unos cuantos chelines sin la necesidad de contar y calcular a cada momento. Y ahorran palabras y sentimientos durante la semana, piensan qué deben contarse, y en todo cuanto les acontece se alegran de tener a alguien que los escucha desde dentro con simpatía y comprensión. Esto ya significa mucho tras meses de privaciones, y esperan impacientes la pequeña dicha, esperan el lunes, el martes, el miércoles y luego, con más impaciencia, el jueves, el viernes y el sábado. Existe cierta reserva entre ellos. No pronuncian determinadas palabras que suelen fluir con facilidad de boca de los amantes; no hablan ni de casarse ni de vivir juntos in aetérnum: todo es tan irreal y distante y, de hecho, no ha empezado todavía a ser verdad. Christine suele llegar a eso de las nueve (no quiere pasar la noche del sábado en Viena, pues resulta demasiado caro hospedarse sola en un hotel y aún teme la convivencia, aún no ha superado el espanto). Él la va a buscar, pasean por las calles, se sientan en los bancos del Volksgarten, salen en tranvía a las afueras, almuerzan y vagan por los bosques. Es bonito, y no se hartan de mirarse con gratitud cuando se sientan el uno frente al otro. Se sienten felices de poder caminar juntos por un prado y disfrutar de las cosas menudas de la vida que pertenecen a todos, hasta a los más pobres: del otoñal cielo azul iluminado por el sol dorado de septiembre, de unas cuantas flores y del día pleno y festivo. Ya es mucho, y de domingo a domingo piensan en ello con ilusión y con la paciencia de personas puestas a prueba por la vida y por eso mismo modestas. Sin embargo, el último domingo de octubre, el otoño se cansa de ser amable con los hombres, lanza un viento huracanado a las calles y recubre el cielo de nubes; llueve de la mañana hasta la noche, y de pronto se sienten inútiles y extraños en el mundo. No pueden pasar el día deambulando sin paraguas, y resulta absurdo y doloroso sentarse en los cafés atestados de gente, sentir sólo a veces la rodilla del otro bajo la mesa como signo de confianza, no poder hablar ante personas extrañas, no saber adonde ir y percibir el tiempo tan valioso como una pesadilla.
Ambos son conscientes de lo que les falta. Es ridiculamente escaso: un cuartucho, un espacio propio por pequeño que sea, tres o cuatro metros de intimidad, cuatro paredes que les pertenezcan durante ese día. Perciben el absurdo de permanecer sentados en salas atestadas y de arrastrar inútilmente por el día, envueltos en ropa mojada, dos cuerpos jóvenes que se quieren y se desean, pero no se atreven a comprar otra vez un espacio para la noche. Lo más sencillo sería que Ferdinand alquilase una habitación donde ella pudiera visitarlo. Pero él sólo gana 170 chelines y vive en un cuarto pequeño en casa de una anciana cuya habitación ha de atravesar para llegar a la suya y, además, no puede renunciar el contrato. Hace meses, cuando estaba en el paro, ella le adelantó, en un gesto de bondad y confianza, el dinero del alquiler y de la manutención, de modo que Ferdinand le debe todavía doscientos chelines que va pagando mensualmente y le faltan tres meses para cancelar la deuda. No cuenta ni explica todo esto a Christine; a pesar de la confianza que reina entre ellos, sigue viva en él la vergüenza de mostrar su grado de pobreza y de confesar su deuda. Christine intuye a su vez que algún problema financiero le impide salir de allí y alquilar otro cuarto. Le gustaría ofrecerle dinero, pero como mujer teme ofenderlo pretendiendo comprar la posibilidad de una convivencia libre, íntima y plena. Así pues, no habla del asunto, y se sientan desesperados en establecimientos cargados de humo y no cesan de contemplar los vidrios por ver si quiere parar la lluvia. Ambos perciben como nunca el poder inconmensurable del dinero, poderoso cuando está y aún más poderoso cuando falta, lo divino de la libertad que puede conceder y lo diabólico de su burla cuando obliga a la renuncia. La ira de la amargura les sobreviene por la mañana cuando ven iluminadas las ventanas en la oscuridad e intuyen la presencia de cientos de miles de personas detrás de las cortinas doradas por las luces, cada cual con el hombre o con la mujer que desea, cada cual libre y protegido, mientras ellos, apátridas, recorren inútilmente las calles bajo la lluvia: una crueldad que, en la naturaleza, sólo tiene parangón en el mar, capaz de hacernos morir de sed. Hay habitaciones provistas de luz y de calor y de camas blandas, hay miles, cientos de miles, acaso innumerables habitaciones que nadie habita ni utiliza, pero ellos no poseen nada donde reclinarse por un instante y unir los labios, nada donde apagar la sed enloquecedora y la rabia contra el absurdo, nada salvo el autoengaño consistente en decirse que tal situación no durará eternamente. Así empiezan ambos a mentir. Él le lee en el café los anuncios, escribe y cuenta que tiene unas perspectivas fabulosas gracias a la posibilidad de un empleo fabuloso. Un amigo suyo, explica, un compañero de la guerra, lo quiere colocar en la secretaría de una gran empresa de construcción; allí ganará mucho dinero, de suerte que podrá estudiar en la universidad técnica y acabar la carrera de arquitectura. Ella, por su parte, cuenta algo que no es mentira: que presentó una solicitud a la dirección de correos para que la trasladaran a Viena y que fue a ver a su tío, el cual goza allí de gran influencia. En una o dos semanas sin duda recibirá una respuesta afirmativa. Lo que no cuenta, sin embargo, es que fue a ver al tío una noche sin avisar. Tocó el timbre a las ocho y media después de constatar, mirando las ventanas, que estaban todos en casa. Oyó ruido de platos y cubiertos en el vestíbulo, y al final salió, en efecto, el tío; un tanto nervioso, lamentó que acudiera precisamente en aquel momento pues la tía y las primas habían salido de viaje (cosa que no era cierta como demostraban los abrigos colgados en el vestíbulo), que tenía, dijo, dos amigos invitados a cenar, que de lo contrario la habría dejado pasar y preguntó si podía servirle en algo. Ella le respondió con un «sí, sí, sin duda» y percibió claramente que él temía que viniera por dinero y quería sacársela de encima cuanto antes. Sin embargo, no cuenta esto a Ferdinand; para qué desanimar más al desanimado. Tampoco le explica que compró un billete de la lotería, del que espera milagros, como todos los pobres. Prefiere mentirle diciéndole que escribió a su tía pidiéndole ayuda para encontrar un empleo o llevarla a América. El la acompañaría y ella le conseguiría un puesto, porque necesitan a la gente con ganas de trabajar. Ferdinand escucha y no le cree, como ella tampoco le cree a él. Así pues, se sientan aquí y allá, con la alegría erosionada por la lluvia, con los ojos sombríos por la oscuridad, vacíos y conscientes de carecer de salida. Luego hablan de la Navidad y de la fiesta nacional, que entonces tendrán sendos días libres y saldrán a las afueras, pero falta mucho para aquellas fechas de noviembre y de finales de diciembre y queda un tiempo largo, vacuo y carente de esperanza.
Así se engañan con palabras, pero en lo más hondo no se engañan: ambos saben cuán dudoso es estar entre gente y en medio del bullicio cuando se quiere estar solo y contar mentiras en voz baja cuando el cuerpo y el alma sólo desean la verdad y la intimidad profunda.
—El próximo domingo seguro que hará buen tiempo —afirma ella—, la lluvia no puede durar eternamente.
—Sí —responde él—, seguro que hará buen tiempo.
Pero ni uno ni otro poseen ya el valor de alegrarse; saben que el invierno, el enemigo de los apátridas, está a punto de llegar y que su situación no mejorará.
Esperan un milagro de domingo a domingo, pero el milagro no se produce, y se pasean juntos, comen juntos y charlan juntos, pero la convivencia poco a poco se convierte más en tormento que en placer. Algunas veces discuten y son, no obstante, conscientes de que su ira no va dirigida contra el otro, sino contra el absurdo al que están sometidos y se avergüenzan; durante toda la semana piensan con ilusión en el día común y el domingo por la noche notan que su vida contiene algo falso y carente de sentido. La pobreza aplasta casi del todo la pasión de su sentimiento, y ellos soportan estar juntos y, sin embargo, no lo soportan."

Stefan Zweig, La embriaguez de la metamorfosis.

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