martes, 29 de enero de 2013

Las oficinas de correos rurales en Austria






"Las oficinas de correos rurales en Austria poco se distinguen unas de otras; quien ha visto una, las conoce todas. Equipadas o, mejor dicho, uniformadas en la misma época, la del emperador Francisco José, con el mismo mísero mobiliario proveniente de los mismos fondos, todas transmiten por doquier la misma sensación de tedio y de mal humor estatal, y hasta en las aldeas alpinas más recónditas del Tirol, allá bajo el aliento de los glaciares, conservan obstinadamente el inequívoco olor oficial, rancio y austríaco que es una mezcla de tabaco viejo de hebra y de polvo enmohecido en expedientes amontonados. La distribución del espacio es igual en todas partes: en una proporción prescrita con exactitud, un tabique de madera provisto de ventanillas divide el cuarto en un más acá y en un más allá, en un espacio accesible a los usuarios y en un ámbito oficial. El hecho de que el estado muestre escaso interés por una permanencia prolongada de los ciudadanos en la sección accesible a todos queda de manifiesto por la falta de asientos y de cualquier tipo de comodidad. En la sala destinada al público sólo suele haber un pupitre enclenque, que se apoya temerosamente contra la pared, con un revestimiento de hule ennegrecido por innumerables borrones de tinta, si bien nadie recuerda haber visto en el tintero hundido en la madera nada que no sea una pasta espesa, podrida e inservible, y cuando una pluma se encuentra por casualidad en la acalanadura, siempre está gastada y raspea. Así como la ahorrativa hacienda estatal no concede importancia al confort, tampoco se interesa por la belleza: desde que la República retiró el retrato de Francisco José, a lo sumo pueden aspirar al rango de decoración artística del espacio los carteles que, desplegando sus colores chillones sobre la cal sucia de las paredes, invitan a exposiciones clausuradas hace tiempo, a la compra de números de la lotería y, en algunas oficinas olvidadizas, a firmar empréstitos de guerra. Con este ornamento barato y, a lo sumo, con la siempre incumplida exhortación a no fumar, acaba la generosidad del estado en el espacio destinado al público.
La sala situada al otro lado de la barrera oficial impone más respeto. Allí, el estado despliega y amontona los símbolos evidentes de su poder y amplitud. En un rincón protegido se halla una caja de caudales de hierro, y las rejas de la ventana dan pie a suponer que, en efecto, el mueble a veces alberga importantes valores. En el mostrador brilla como pieza de máximo lujo un telégrafo Morse de latón bien lustrado, mientras que a su lado duerme, más humilde, el teléfono en su cuna de níquel negro. Sólo a estos dos aparatos se les concede cierto espacio de respeto y solaz por cuanto, conectados a hilos de alambre, unen la remota y minúscula aldea con los confines del imperio. Los otros utensilios del tráfico postal, en cambio, se ven obligados a apiñarse: la balanza para los paquetes y las sacas de la correspondencia; los libros, carpetas, cuadernos y registros; las cajas redondas y tintineantes de los portes; los platillos y los pesos; los lápices negros, azules, rojos y violetas; los pasadores y las grapas; las cuerdas; el lacre; la esponja y la salvadera; la goma arábiga; el cuchillo; las tijeras y la plegadera, o sea, los múltiples instrumentos del servicio postal, se apelotonan sobre la superficie del escritorio, de apenas una vara de profundidad, al tiempo que en los numerosos cajones y armarios se apila una cantidad inconcebible de otros papeles y formularios. No obstante, el aparente derroche de este despliegue es, de hecho, un espejismo, pues el estado registra en secreto y con rigor implacable cada uno de estos utensilios baratos. El inexorable erario pide a sus empleados cuentas de cada pieza utilizada o gastada, sea un lápiz usado o un sello roto, un papel secante desflecado o el jabón que se ha esmerado en la palangana de lata, la bombilla que alumbra la oficina pública o la llave de hierro que la cierra. Junto a la estufa de hierro cuelga, mecanografiado y confirmado por sello oficial y firma ilegible, un extenso inventario que registra con rigurosidad aritmética hasta la presencia de los objetos más insignificantes y carentes de valor en la sucursal de correos correspondiente. Ningún objeto no incluido en esta lista puede alojarse en la oficina y, por otra parte, toda pieza registrada debe estar presente y disponible. Es la voluntad de la administración, del orden y del imperativo legal.
En rigor, la lista mecanografiada de objetos debería incluir también a la persona que cada mañana, a los ocho, sube la ventanilla y pone en movimiento los utensilios hasta entonces inertes, que abre las sacas de la correspondencia, sella las cartas, paga las transferencias, escribe los recibos, pesa los paquetes, emborrona los papeles con extraños y secretos signos utilizando lápices rojos, azules y violetas, libera el auricular del teléfono y pone en marcha la bobina del aparato Morse. Sin embargo, esta persona, denominada ayudante o administrador de correos por el público, no está registrada en la lista de cartón. Su nombre queda apuntado en otra hoja oficial, sita en otro cajón, en otro departamento de la dirección de correos, pero es igualmente tenido en cuenta, revisado y controlado.
En esta oficina santificada por el águila estatal nunca se produce cambio visible. La ley eterna del ascenso y del ocaso se desintegra al chocar con la barrera del estado; mientras fuera, alrededor del edificio, florecen y se deshojan los árboles, crecen los niños y mueren los ancianos, se desmoronan y resurgen con otras formas las casas, la administración demuestra su poder deliberadamente trascendental mediante una inmovilidad atemporal. Pues de cada objeto que se gasta o desaparece, que se altera o se desintegra dentro de este ámbito, se solicita un espécimen idéntico a la autoridad superior, que lo entrega y demuestra así la superioridad del estado sobre la transitoriedad del resto del mundo. El contenido pasa, pero la forma se mantiene incólume. Un calendario cuelga de la pared. Cada día le arrancan una hoja; son siete a la semana, treinta al mes. Cuando el calendario se ha vuelto delgado y obsoleto el día 31 de diciembre, se pide uno nuevo, del mismo formato y con la misma impresión: el año ha cambiado, el calendario sigue siendo el mismo. Sobre la mesa se halla un libro de caja con sus columnas. Cuando la página de la izquierda se llena y se suman las cifras, la cantidad resultante se pasa a la página derecha, y así de hoja en hoja. Cuando la última página está escrita y el libro, terminado, se empieza otro del mismo tipo y del mismo formato, imposible de distinguir del anterior. Lo que desaparece vuelve a estar allí al día siguiente, uniforme como el servicio, de tal modo que sobre el mismo tablero de madera se encuentran, invariables, los mismos objetos, las hojas, lápices, pasadores y formularios, todos uniformes, siempre renovados y siempre los mismos. Nada desaparece en ese espacio estatal, nada se agrega, la misma vida o, más bien, la misma muerte continua reina allí sin florecer ni marchitarse. Los objetos de ese amplio abanico sólo difieren en el ritmo del desgaste y de la renovación, pero no en su destino. Un lápiz dura una semana, se gasta y acaba sustituido por uno igual. Un libro postal dura un mes, una bombilla, tres meses, un calendario, un año. A la silla de asiento de paja se le asignan tres años antes de ser renovada, a la persona que se pasa la vida sentada en la silla, entre treinta y treinta y cinco años de servicio, transcurridos los cuales otra persona es instalada en dicho asiento. Este sigue siendo el mismo."

Stefan Zweig, La embriaguez de la metamorfosis.

1 comentario:

  1. Lo curioso de esta novela es que no se sabe si está conclusa o no. Cuando la leí me pareció que sí estaba acabada, y que Zweig deseaba ese final abierto. Pero no hay forma de estar segura.

    EMILIA ALARCÓN

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