martes, 11 de diciembre de 2012

Todavía no creíamos en la guerra







"Yo estaba sentado en un café con unos amigos belgas, un joven pintor y el escritor Crommelynck. Habíamos pasado la tarde en casa de James Ensor, el pintor contemporáneo más importante de Bélgica, un hombre muy especial, solitario y reservado, más satisfecho de los pequeños y pésimos valses y polcas que componía para las bandas militares que de sus cuadros fantásticos, pintados con relucientes colores. Nos había mostrado sus obras, a decir verdad de bastante mala gana, porque le parecía grotesca la idea de que alguien pudiera comprarle alguna. Su sueño, como contó riendo a los amigos, era venderlas caras, pero a la vez poder conservarlas todas, porque con la misma avidez se apegaba al dinero que a cada uno de aquellos cuadros. Cada vez que se desprendía de uno, pasaba varios días desesperado. Aquel genial Harpagón nos había puesto de buen humor con sus extravagantes manías y, cuando pasó por delante de nosotros una tropa de soldados con una ametralladora tirada por perros, uno de nosotros se puso de pie y acarició a uno de los animales, cosa que enfureció al oficial al  mando  del  pelotón,  temeroso  de  que  aquellos  mimos  a  un  objeto  bélico  pudieran menoscabar la dignidad de una institución militar.

-¿A qué vienen todos estos estúpidos desfiles?-gruñó alguien a nuestro alrededor. Y otro le contestó irritado:
-¿Acaso no hay que tomar precauciones? Se dice que, en caso de guerra, los alemanes pasarán por nuestro país.
-¡Imposible!-dije yo, sinceramente convencido, porque en aquel viejo mundo todavía creíamos  que  los  tratados  eran  sagrados-.  Si  algo  ocurriera  y  Francia  y  Alemania  se aniquilaran mutuamente hasta el último hombre, vosotros los belgas permaneceríais tranquilamente a cubierto.

Pero nuestro pesimista no se daba por vencido. Tenía que haber alguna razón, dijo, para que se tomaran semejantes medidas en Bélgica. Desde hacía algunos años corrían rumores acerca de un plan secreto del estado mayor alemán para invadir Bélgica en caso de tener que atacar a Francia a pesar de todos los tratados firmados. Pero yo tampoco me di por vencido. Me parecía de lo más absurdo que, mientras miles y miles de alemanes disfrutaban, indolentes y felices, de la hospitalidad de aquel pequeño país que no tenía arte ni parte en la reyerta, hubiera un ejército en la frontera a punto de invadirlo.

-¡Qué disparate!-dije-. ¡Colgadme de esta farola, si los alemanes entran en Bélgica! Todavía ahora doy las gracias a mis amigos por no haberme tomado la palabra.

Pero luego vinieron los últimos días críticos de julio y, de hora en hora, cada nueva noticia contradecía la anterior; los telegramas del emperador Guillermo al zar y del zar al emperador Guillermo, la declaración de guerra a Serbia por parte de Austria, el asesinato de Jaurés. Daba la sensación de que iba en serio. De repente se levantó un frío viento de miedo en la playa, que la barrió hasta dejarla completamente vacía. La gente, a miles, dejó los hoteles y tomó los trenes por asalto; incluso las personas de más buena fe se apresuraron a hacer las maletas. Yo también; tan pronto como oí la noticia de la declaración de guerra por parte de los austríacos, me aseguré un billete, y la verdad es que llegué justo a tiempo, porque el expreso de Ostende fue el último tren que cubrió el trayecto entre Bélgica y Alemania. Viajamos de pie en los pasillos, nerviosos e impacientes, hablando unos con otros. Nadie logró leer o permanecer sentado y quieto, en cada estación nos precipitábamos fuera del tren para recoger más noticias, con la secreta esperanza de que alguna mano decidida contuviera la fatalidad que se había desencadenado. Todavía no creíamos en la guerra y, menos aún, en una invasión de Bélgica. El tren se acercaba lentamente a la frontera. Pasamos por Verviers, la estación fronteriza belga. Subieron al tren revisores alemanes: en diez minutos estaríamos en territorio alemán.

Pero, a medio camino de Herbestahl, la primera estación alemana, el tren se detuvo de repente en campo abierto. Nos apretujamos contra las ventanas de los pasillos. ¿Qué había ocurrido? A oscuras vi pasar un tren de carga tras otro en dirección contraria: vagones abiertos o cubiertos con lonas, bajo las cuales me pareció ver vagamente la amenazadora silueta de unos cañones. Me dio un vuelco el corazón. Debía de ser la ofensiva del ejército alemán. Pero quizá, me dije para consolarme, sólo era una medida defensiva, sólo una amenaza de movilización y no la movilización propiamente dicha. Y es que en momentos de peligro la voluntad de seguir teniendo esperanza siempre se hace mayor. Finalmente apareció la señal de«vía libre», el tren reanudó la marcha y entró en la estación de Herbestahl. Bajé los escalones de un salto para ir a buscar un periódico y pedir información. Pero la estación estaba ocupada por el ejército. Cuando quise entrar en la sala de espera, un funcionario barbiblanco y severo apostado ante la puerta cerrada me lo impidió: prohibido el paso a las dependencias de la estación. Pero yo ya había oído a través de los cristales de la puerta, cuidadosamente tapados, el chirrido de los sables y los golpes secos de las culatas en el suelo. No cabía duda, se había puesto en movimiento lo que nos parecía monstruoso: la invasión alemana de Bélgica en contra de todos los estatutos del derecho internacional. Con un escalofrío de horror volví al tren y proseguí mi viaje de regreso a Austria. No había la menor duda: iba derecho a la guerra."

Stefan Zweig, El mundo de ayer

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