viernes, 28 de diciembre de 2012

Ötzi






"Normalmente, poca es la gente que se detiene en los pequeños museos arqueológicos de las ciudades de provincias retiradas de las vías principales, pero el museo de Bolzano recibe auténticas avalanchas de visitantes durante todo el año y su tienda de regalos no para de vender recueros de Ötzi. Los visitantes hacen cola para verlo a través de una ventanilla. Y allí yace, desnudo y tendido bocarriba sobre una mesa de cristal. Su piel marrón refulge con la humedad que continuamente se rocía sobre él para conservarlo en óptimo estado. De hecho,  no hay nada en Ötzi que lo distinga  de forma innata. Es un ser humano normal y corriente, aunque excepcionalmente antiguo y bien conservado. Lo que resulta extraordinario son sus múltiples posesiones. Es un material equivalente a un viaje en el tiempo.
Ötzi tenía muchas cosas con él: zapatos, ropa, dos cestas hechas con corteza de abedul, una funda, un hacha, arco carcaj y flechas, varias herramientas pequeñas, unas cuantas bayas, un pedazo de carne de íbice y dos hongos esféricos del abedul, cada uno de ellos del tamaño de una nuez grande y cuidadosamente envueltos en tendones. Una de las cesas había contenido en algún momento brasas envueltas en hojas de arce, para encender hogueras. Un conjunto de efectos personales de este calibre era un hallazgo único. Algunos de los objetos eran realmente únicos en el sentido de que nunca habían sido imaginados y mucho menos se habían visto. El hongo del abedul era en particular un misterio, pues quedaba patente que era un producto valorado por su poseedor aunque se desconoce que el hongo del abedul sirva para alguna cosa.
Sus utensilios emplean dieciocho tipos distintos de madera,  un surtido destacable. La herramienta más sorprendente era el hacha. La hoja era de cobre del estilo que se conoce como hacha Remedello, en honor al yacimiento italiano donde se habían descubierto por vez primera este tipo de hachas. Pero el hacha de Ötzi era cientos de años más antigua que el hacha de Remedello más antigua. "Era -según palabras de un observador- como si en la tumba de un guerrero medieval se hubiera encontrado un rifle moderno." El hacha alteró en no menos de mil años el marco temporal de la Edad de Cobre en Europa.
Pero lo más emocionante y la auténtica revelación fueron las prendas. Antes de Ötzi nadie tenía ni idea -o, para ser más preciso, no había otra cosa que ideas- de cómo se vestía el hombre en la Edad de Piedra. Estos materiales, en el caso de haber sobrevivido, lo habían hecho solo como fragmentos. Pero Ötzi llevaba una vestimenta completa, y repleta de sorpresas. Sus prendas estaban hechas a partir de pieles y pelo de una variedad impresionante de animales: ciervo común, oso, gamuza, cabra y vaca. Llevaba además un rectángulo de hierba tejida de casi un metro de longitud. Podía haber sido una capa para protegerse de la lluvia, pero de la misma manera podía haber hecho las veces de alfombrilla sobre la que dormir. Nada de todo aquello, repito, se había imaginado jamás.
Ötzi llevaba unas polainas de piel sujetas con tiras de cuero unidas a una correa a modo de cinturón que, de forma curiosa y casi cómicamente, recuerdan las medias de nilón y las ligas que llevaban las pin-ups en la época de la Segunda Guerra Mundial. Nadie podía haber previsto ni de lejos un modelito como aquel. Llevaba un taparrabos de piel de cabra y un gorro de pelo de oso pardo (seguramente algún tipo de trofeo de caza), una prenda que debía de ser caliente y codiciosamente elegante. El resto de su atuendo estaba realizado básicamente con piel y pelo de ciervo común. Apenas nada procedía de animales domésticos, lo contrario de lo que cabría esperar.
Las botas fueron la sorpresa más espectacular. Recordaban a un par de nidos de pájaro sobre unas suelas de rígida piel de oso y parecían desesperadamente mal diseñadas y endebles. Intrigado, un especialista checo en calzado y pies llamado Vaclav Patek fabricó con todo detalle una réplica del par, utilizando con con exactitud el mismo diseño e idénticos materiales, y se las puso para ir a caminar por la montaña. Eran, informó asombrado, "más cómodas y aptas" que cualquier par de botas modernas que hubiera calzado nunca. Su agarre en las rocas resbaladizas era mejor que el que proporciona el caucho moderno y era casi imposible que provocaran ampollas. Eran, sobre todo, tremendamente efectivas contra el frío."

Bill BrysonEn casa: Una breve historia de la vida privada

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