jueves, 8 de noviembre de 2012

Nunca he podido superar ese temor casi patológico a tener que responder de mi nombre con mi persona






"Vista desde hoy, la década entre los años 1924 y 1933, desde el fin de la inflación hasta la llegada de Hitler al poder, representa, a pesar de todo, una pausa en la serie de catástrofes de las que había sido testigo y víctima nuestra generación desde 1914. No digo que la época en cuestión careciera de tensiones, agitaciones y crisis (por ejemplo, y sobre todo, aquella crisis económica de 1929), pero durante aquellos años la paz parecía garantizada en Europa, y eso ya era mucho. Alemania había sido admitida con todos los honores en  la  Liga  de  las  Naciones,  se  había  fomentado  con  préstamos  su  reconstrucción económica (en realidad su rearme secreto), Inglaterra había reducido su armamento y la Italia de Mussolini había asumido la protección de Austria. Parecía que el mundo quería reconstruirse.  París,  Viena,  Berlín,  Nueva  York,  Roma,  las  ciudades  tanto  de  los vencedores como de los vencidos se hicieron más hermosas que nunca; el avión dio alas al transporte; se suavizaron las normas para la obtención del pasaporte. Habían cesado las oscilaciones entre las monedas, uno sabía cuánto ganaba y cuánto podía gastar, la atención de la gente ya no estaba tan febrilmente centrada en estos problemas superficiales. Uno podía  volver  a  trabajar,  podía  concentrarse,  pensar  en  cosas  menos  terrenales.  Podía incluso volver a soñar y esperar una Europa unida. Por un momento, en aquellos diez años,  pareció que nuestra generación, tantas veces puesta a prueba, podía volver a llevar una vida normal.

En mi vida personal lo más notable fue la llegada de un huésped que amistosamente se instaló en aquellos años en mi casa, un huésped que yo no había esperado: el éxito. Como el lector puede suponer, no me resulta muy grato mencionar el éxito público de mis libros y en una situación normal habría omitido cualquier referencia que pudiera parecer vanidad o fanfarronería. Pero tengo un derecho especial a no ocultar este hecho de la historia de mi vida, e incluso estoy obligado a revelarlo, porque desde hace siete años, desde la llegada de Hitler al poder, aquel éxito se ha convertido en histórico. De todos los miles e incluso millones de libros míos que ocupaban un lugar seguro en las librerías y en numerosos hogares, hoy, en Alemania, no es posible encontrar ni uno solo; quien conserva todavía alguno, lo guarda celosamente escondido y en las bibliotecas públicas los tienen encerrados en el llamado «armario de los venenos», sólo a disposición de los pocos que, con un permiso especial de las autoridades, los quieren utilizar «científicamente» (en la mayoría de los casos para insultar a sus autores). Desde hace tiempo ninguno de los lectores y amigos que me escribían se atreve ya a poner mi nombre proscrito en el sobre de una carta. Y no sólo eso: también en Francia, en Italia, en todos los países sometidos en este momento, donde mis libros, traducidos, figuraban entre los más leídos, están igualmente proscritos por orden de Hitler. Hoy por hoy, como escritor, según decía nuestro Grillparzer, soy alguien que «camina vivo detrás de su propio cadáver». Todo o casi todo lo que he construido en el ámbito internacional lo ha destruido este puño. De manera que, cuando menciono mi «éxito», no hablo de algo que me pertenece, sino de algo que me había pertenecido en otro tiempo, como la casa, la patria, la confianza en mí mismo, la libertad, la serenidad; por lo tanto, no podría dar una idea clara, en toda su profundidad y totalidad, de la caída que sufrí más tarde. junto con muchísimos otros, también inocentes, si antes no mostrara la altura desde la que se produjo, ni el carácter único y las consecuencias del exterminio de toda nuestra generación literaria, del que en verdad no conozco otro ejemplo en la historia.

El éxito no me cayó de repente del cielo; llegó poco a poco, con cautela, pero duró, constante y fiel, hasta el momento en que Hitler me lo arrebató y lo expulsó con los latigazos de sus decretos. Fue aumentando de año en año. El primer libro que publiqué después de Jeremías, el primer volumen de mis Constructores del mundo, titulado Tres maestros, ya me había abierto el camino del éxito; los expresionistas, los activistas y los experimentalistas, habían hecho mutis, los pacientes y perseverantes volvían a tener despejado el camino hacia el pueblo. Mis narraciones cortas Amok y Carta de una desconocida se hicieron tan populares como, por regla general, sólo llegan a serlo las novelas; se pusieron en escena, se recitaron en público y fueron llevadas a la pantalla; un librito, Momentos estelares de la humanidad-leído en todas las escuelas-, en poco tiempo llegó a los, 2 5 00.000 ejemplares en la Biblioteca Insel; en pocos años me había creado lo que, en mi opinión, significa el éxito más valioso para un escritor: un público, un grupo fiel que siempre esperaba y compraba el siguiente libro, que me otorgaba su confianza y al que yo no podía defraudar. Se fue haciendo cada vez más y más numeroso; de cada libro que publicaba se vendían en Alemania veinte mil ejemplares en el primer día, aun antes de que se anunciara en los periódicos. A veces intentaba conscientemente rehuir el éxito, pero él me seguía con una tenacidad sorprendente. Por ejemplo, escribí un libro por el simple placer de escribirlo: una biografía de Fouché; en cuanto lo recibió el editor, me escribió para decirme que haría imprimir inmediatamente diez mil ejemplares. A vuelta de correo le supliqué que no hiciera una tirada tan grande; le decía que Fouché no era un personaje simpático, que no aparecía ninguna mujer en el libro y que era imposible que atrajera a un número de lectores tan grande; era preferible que editara sólo cinco mil ejemplares para empezar. Al cabo de un año se habían vendido cincuenta mil en Alemania, la misma Alemania a la que hoy le está prohibido leer una sola línea mía. Algo parecido sucedió con la desconfianza en mí mismo, casi patológica, en el caso de la adaptación que hice del Volpone. Tenía la intención de escribir una versión en verso y en nueve días redacté un primer borrador en prosa de las diferentes escenas, en un lenguaje ligero y suelto. Casualmente el Teatro Real de Dresde, con el que me sentía moralmente obligado por el estreno de mi primera obra Tersites, me había preguntado en aquellos días si tenía nuevos proyectos, y les mandé la versión en prosa, disculpándome porque lo que les presentaba era sólo el primer esbozo de una futura adaptación en verso. Pero el Teatro me telegrafió acto seguido pidiéndome que por amor de Dios no cambiara nada. Y, de hecho, la obra recorrió después, en esta forma, todos los escenarios del mundo (en Nueva York en el Theatre Guild, con Alfred Lunt). Cualquier cosa que emprendía en aquellos años tenía el éxito asegurado y un público de lectores alemanes cada vez más numeroso.

Puesto que siempre he considerado que era mi deber investigar las causas de la influencia o de la falta de influencia sobre su tiempo de las obras o las figuras extranjeras que estudiaba como ensayista o biógrafo, no podía evitar preguntarme, a lo largo de muchas horas de reflexión, en qué especial virtud de mis libros se basaba realmente su éxito, para mí insospechado. En definitiva, creo que proviene de un defecto mío, a saber: que soy un lector impaciente y temperamental. En una novela, una biografía o un debate intelectual me irrita lo prolijo, la ampuloso y todo lo vago y exaltado, poco claro e indefinido, todo lo que es superficial y retarda la lectura. Sólo un libro que no cese de mantener su nivel página tras página y me arrastre hasta el final de un tirón y sin dejarme tomar aliento me produce un placer completo. Nueve de cada diez libros que caen en mis manos los encuentro llenos de descripciones superfluas, de diálogos plagados de cháchara y de personajes secundarios innecesarios; resultan demasiado extensos y, por lo tanto, demasiado poco interesantes, demasiado poco dinámicos. Incluso en las más famosas obras maestras de los clásicos me molestan los abundantes pasajes arenosos y monótonos, y muchas veces he expuesto a los editores el osado proyecto de publicar un día toda la literatura universal en una serie sinóptica, desde Homero hasta La montaña mágica, pasando por Balzac y Dostoievski, con cortes drásticos de pasajes superfluos concretos; entonces todas esas obras, que sin duda poseen un contenido intemporal, podrían volver a infundir vida a nuestra época.

Esta aversión a todo lo difuso y pesado tenía que transferirse necesariamente de la lectura de obras ajenas a la escritura de las propias e hizo que me acostumbrara a una vigilancia especial. En realidad escribir me resulta fácil y lo hago con fluidez; en la primera redacción de un libro dejo correr la pluma a su aire y fantaseo con todo lo que me dicta el corazón. Asimismo, cuando empiezo una obra biográfica, utilizo todos los detalles documentales imaginables que tengo a mi disposición; para una biografía como María Antonieta examiné realmente todas y cada una de las cuentas para comprobar sus gastos personales, estudié todos los periódicos y panfletos de la época y repasé todas las actas del proceso hasta la última línea. Pero en el libro impreso y publicado no se encuentra ni una sola línea de todo ello, porque, en cuanto termino de poner en limpio el primer borrador de un libro, empieza para mí el trabajo propiamente dicho, que consiste en condensar y componer, un trabajo del que nunca quedo suficientemente satisfecho de una versión a otra. Es un continuo deshacerse de lastre, un comprimir y aclarar constante de la arquitectura  interior;  mientras  que,  en  su  mayoría,  los  demás  no  saben  decidirse  a guardarse algo que saben y, por una especie de pasión amorosa por cada línea lograda, pretenden mostrarse más prolijos y profundos de lo que son en realidad, mi ambición es la de saber siempre más de lo que se manifiesta hacia fuera.

Este proceso de condensación y a la vez de dramatización se repite luego una, dos o tres veces en las galeradas; finalmente se convierte en una especie de juego de cacería: descubrir una frase, incluso una palabra, cuya ausencia no disminuiría la precisión y a la vez aumentaría el ritmo. Entre mis quehaceres literarios, el de suprimir es en realidad el más divertido. Recuerdo una ocasión en la que me levanté del escritorio especialmente satisfecho del trabajo y mi mujer me dijo que tenía aspecto de haber llevado a cabo algo extraordinario. Y yo le contesté con orgullo:
-Sí, he logrado borrar otro párrafo entero y así hacer más rápida la transición.

De modo, pues, que si a veces alaban el ritmo arrebatador de mis libros, tengo que confesar que tal cualidad no nace de una fogosidad natural ni de una excitación interior, sino que sólo es fruto de este método sistemático mío que consiste en excluir en todo momento  pausas  superfluas  y  ruidos  parásitos,  y  si  algún  arte  conozco  es  el  de  saber renunciar, pues no lamento que, de mil páginas escritas, ochocientas vayan a parar a la papelera y sólo doscientas se conserven como quintaesencia. Si algo he aprendido hasta cierto punto de mis libros ha sido la severa disciplina de saber limitarme preferentemente a las formas más concisas, pero conservando siempre lo esencial, y me hizo muy feliz-a mí que desde el principio he tenido siempre una visión de las cosas europea, supranacional- que se dirigieran a mí también editores extranjeros: franceses, búlgaros, armenios, portugueses, argentinos, noruegos, letones, fineses y chinos.

Pronto tuve que comprar un gran armario de pared para guardar los diferentes ejemplares de las traducciones, y un día leí en la estadística de la Coopération Intellectuelle de la Liga de las Naciones de Ginebra que en aquel momento yo era el autor más traducido del mundo (una vez más, y dada mi manera de ser, lo consideré una información incorrecta). En otra ocasión recibí una carta de mi editor ruso en la que me decía que deseaba publicar una edición completa de mis obras en ruso y me preguntaba si estaba de acuerdo con que Maxim Gorki escribiera el prólogo. ¿Que si estaba de acuerdo? De muchacho había leído las obras de Gorki bajo el banco de la escuela, lo amaba y admiraba desde hacía años. Pero no me imaginaba que él hubiera oído mi nombre y menos aún que hubiera leído nada mío, por no hablar de que a un maestro como él le pudiera parecer importante escribir un prólogo a mi obra. Y otro día se presentó en mi casa de Salzburgo un editor americano con una recomendación (como si la necesitara) y la propuesta de hacerse cargo del conjunto de mi obra para ir publicándola sucesivamente. Era Benjamin Huebsch, de la Viking Press, quien a partir de entonces ha sido para mí un amigo y un consejero de lo más fiable y que, cuando todo lo demás fue hollado y aplastado por las botas de Hitler, me conservó una última patria en la palabra, ya que yo había perdido la patria propiamente dicha, la vieja patria alemana, europea.

Semejante éxito público se prestaba peligrosamente a desconcertar a alguien que antes había creído más en sus buenos propósitos que en sus capacidades y en la eficacia de sus trabajo. Mirándolo bien, toda forma de publicidad significa un estorbo en el equilibrio natural del hombre. En una situación normal el nombre de una persona no es sino la capa que envuelve un cigarro: una placa de identidad, un objeto externo, casi insignificante, pegado al sujeto real, el auténtico, con no demasiada fuerza. En caso de éxito, ese nombre, por decirlo así, se hincha. Se despega de la persona que lo lleva y se convierte en una fuerza, un poder, algo independiente, una mercancía, un capital y, por otro lado, de rebote, en una fuerza interior que empieza a influir, dominar y transformar a la persona. Las naturalezas felices, arrogantes, suelen identificarse inconscientemente con el efecto que producen en los demás. Un título, un cargo, una condecoración y, sobre todo, la publicidad de  su  nombre  pueden  originar  en  ellos  una  mayor  seguridad,  un  amor  propio  más acentuado y llevarlos al convencimiento de que les corresponde un puesto especial e importante en la sociedad, en el Estado y en la época, y se hinchan para alcanzar con su persona el volumen que les correspondería de acuerdo con el eco que tienen externamente. Pero el que desconfía de sí mismo por naturaleza considera el éxito externo como una obligación de mantenerse lo más inalterado posible en tan difícil posición.

No quiero decir con ello que mi éxito no me alegrara. Todo lo contrario, me hacía muy feliz, pero sólo en la medida en que se limitaba al producto desgajado de mí, a mis libros y a la sombra de mi nombre, que estaba asociada a ellos. Era conmovedor ver casualmente a un pequeño bachiller entrar en una librería alemana y, sin reconocerme, pedir los Momentos estelares y pagar el libro con sus escasos ahorros. Podía alimentar mi vanidad el que, en un coche cama, el revisor me devolviera respetuosamente el pasaporte después de haber visto en él el nombre o el que un aduanero italiano renunciara generosamente a registrar mi equipaje, agradecido por algún libro que había leído. También el aspecto puramente cuantitativo del eco personal tiene algo seductor para un escritor. Un día llegué a Leipzig. Por casualidad, fue justo el día en que comenzaba la distribución de un nuevo libro mío. Me impresionó sobremanera ver la cantidad de trabajo humano que sin darme cuenta había promovido con lo que había escrito durante tres o cuatro meses a lo largo de trescientas páginas de papel. Unos obreros ponían los libros en grandes cajas, otros las arrastraban entre ayes y quejidos a los camiones que, a su vez, los llevaban a los vagones con destino a todo el mundo. En la imprenta docenas de muchachas apilaban los pliegos; los cajistas, los encuadernadores, los expedidores, los comisionistas, trabajaban desde la mañana hasta la noche y si echaba cálculos, me imaginaba que con tantos libros, alineados como ladrillos, se podría construir toda una calle de la ciudad. Tampoco he menospreciado por orgullo las cosas materiales. Nunca. Durante los primeros años no me había ni atrevido a pensar que con mis libros podría ganar dinero o tal vez incluso vivir de los beneficios que generarían. Y ahora, de repente, me aportaban sumas imponentes, cada vez más cuantiosas, que parecía que me librarían para siempre- quién podía prever nuestra época?-de todas las preocupaciones. Podía entregarme generosamente a la vieja pasión de mi juventud: coleccionar obras autógrafas; y muchas de las más bellas y valiosas de esas magníficas reliquias hallaron en mi casa un refugio afectuosamente protector. A cambio de las obras que había escrito, bastante efímeras (aunque no en el sentido peyorativo de la palabra), podía conseguir manuscritos de obras inmortales: de Mozart, Bach y Beethoven, de Goethe y Balzac. Sería, pues, ridículo por mi parte pretender que el inesperado éxito público me había dejado indiferente o que quizás incluso lo rechazaba.

Pero soy sincero cuando digo que me alegré del éxito sólo en tanto que se refería a mis libros y a mi nombre literario y que, en cambio, me resultaba molesto cuando se traducía en curiosidad por mi persona física. Desde muy pequeño nada en mí había sido más fuerte que el deseo instintivo de ser libre e independiente. Y me di cuenta de que la publicidad fotográfica coarta y desfigura la libertad de muchas personas. Además, lo que había empezado como una afición amenazaba con tomar la forma de una profesión e incluso de una empresa. El correo me traía diariamente montones de cartas, invitaciones, citaciones y consultas a las que debía responder y, si me iba de viaje un mes, a la vuelta tenía que perder dos o tres días retirando, como quien quita nieve con una pala, la montaña de correspondencia acumulada y volver a poner en orden la «empresa». Sin querer, la comercialización de mis libros me había llevado a una especie de negocio que exigía orden, control, meticulosidad y habilidad para dirigirlo como es debido: un conjunto de virtudes muy respetable que por desgracia no se avenían con mi modo de ser y amenazaban muy peligrosamente mi pura y despreocupada actividad meditativa y soñadora. Por ello, cuanto más me pedían que participara en conferencias y asistiera a actos oficiales, más me retraía, y nunca he podido superar ese temor casi patológico a tener que responder de mi nombre con mi persona. Todavía hoy una fuerza completamente instintiva me empuja a situarme en la última fila, la más discreta, de una sala, en un concierto o en un teatro, y nada me resulta más insoportable que el tener que exhibir mi rostro en una tarima o en cualquier otro lugar expuesto a la vista de un público; para mí el anonimato, en todas sus formas, es una necesidad. Ya de niño no alcanzaba a comprender a los escritores y artistas de la generación anterior que querían hacerse ver por la calle exhibiendo chaquetas de terciopelo y ondeantes cabelleras largas, con rizos caídos sobre la frente, como mis venerados amigos Arthur Schnitzler y Hermann Bahr, o con barbas y bigotes chillones e indumentarias extravagantes. Estoy convencido de que cualquier forma de dar a conocer el aspecto físico induce  inconscientemente  a  la  persona  a  vivir  su  propio  «yo»  como  «el  hombre  del espejo», por utilizar la expresión de Werfel, a adoptar un cierto estilo en cada gesto, y con este cambio en la conducta exterior se suele perder la cordialidad, la libertad y la tranquilidad del carácter interior. Si ahora pudiera volver a empezar, trataría de saborear doblemente, como quien dice, esas dos situaciones afortunadas, la del éxito literario y la del anonimato personal, publicando mis obras con otro nombre, uno inventado, un seudónimo; porque si la vida ya de por sí es encantadora y llena de sorpresas, ¡cómo lo será una vida doble!"

Stefan Zweig, El mundo de ayer

1 comentario:

  1. Celebramos mucho estas entradas de Stefan Zweig, pues, aunque hemos leído toda su obra (salvo los poemas, curiosamente no traducidos al español), nos resulta deleitoso releer estos fragmentos que publicáis. Saludos.

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