lunes, 19 de noviembre de 2012

La agonía de la paz




El sol de Roma se ha puesto. 
Nuestro día murió.
Nubes, rocío y peligros se acercan; 
hemos cumplido nuestra labor. 
Shakespeare, Julio César


"Así como en su  momento Sorrento no significó un exilio para Gorki, tampoco lo fue  Inglaterra para mí durante los primeros meses. Austria siguió existiendo después de aquella -así llamada-«revolución» y de la tentativa inmediatamente posterior de los nacionalsocialistas de apoderarse del país mediante un golpe de mano y el asesinato de Dollfuss.  La agonía de mi patria habría de durar todavía cuatro años. Podía  volver a mi casa en aquel momento, no estaba desterrado, aún no era un proscrito. Nadie había tocado mis libros de la casa de Salzburgo, todavía tenía el pasaporte austriaco, la patria seguía siendo mi patria y yo, ciudadano suyo con todos los derechos. No había empezado aún esa espantosa condición de apátrida, imposible de explicar a quien no la haya padecido en carne propia, esa enervante sensación de tambalearse suspendido en el vacío con los ojos abiertos y de saber que dondequiera que  uno eche raíces puede ser rechazado en cualquier momento. Me encontraba tan sólo al comienzo del  periplo y, sin embargo, todo fue muy diferente cuando, a finales de febrero de 1934, bajé del  tren en Victoria Station; se ve diferente una  ciudad si uno ha decidido quedarse en ella o si sólo la visita como turista. No sabía cuánto tiempo viviría en Londres. Me importaba una sola cosa: poder volver a mi trabajo, defender mi libertad interior y exterior. No me compré ninguna casa, porque toda propiedad  significa una atadura, sino que alquilé un pisito, lo bastante grande como para colocar una mesa escritorio y guardar en dos armarios empotrados los pocos libros de los que no estaba dispuesto a desprenderme. En realidad, con eso tenía todo lo que un trabajador intelectual necesita. No había espacio para la vida social, es cierto, pero yo prefería vivir en un marco limitado y, a cambio de ello,  poder viajar libremente de vez en cuando; sin saberlo, mi vida ya había enfilado el camino de la provisionalidad y abandonado la permanencia en un mismo lugar.

La primera tarde -ya anochecía y los contornos de las paredes se desdibujaban en el crepúsculo- entré  en la pequeña vivienda, ya por fin preparada, y me asusté, porque en  aquel momento tuve la impresión de entrar en aquel otro pequeño alojamiento que había preparado en Viena, con las mismas pequeñas habitaciones, los mismos libro; que me saludaban desde la pared y los alucinados ojos del  Rey  Juan de Blake, que me acompañaba a todas partes. Necesité de veras un  rato para reponerme, pues durante años no  había vuelto a recordar aquel domicilio. ¿Era  un  símbolo de que mi vida -tan dilatada ya- se retraía hacia el  pasado y yo  me  convertía en  una sombra de mí mismo? Cuando, veinte años atrás, escogí aquel piso de Viena, también era un comienzo. No había escrito nada todavía o, al menos, nada importante; mis libros, mi nombre, todavía no existían en  mi país. Ahora, por una curiosa similitud, mis libros habían vuelto a desaparecer de la lengua en que  habían sido escritos y todo lo nuevo que  escribía era desconocido para Alemania. Los amigos estaban lejos, el viejo círculo se había roto, la casa había desaparecido junto con sus colecciones y cuadros; exactamente igual que  antaño, me  volvía  a encontrar rodeado de extraños. Todo lo que había intentado, hecho, aprendido y vivido entretanto parecía como  si se lo  hubiera llevado el viento; a los cincuenta años y pico me encontraba otra vez al principio, volvía a ser un estudiante que se sentaba ante su escritorio y por la mañana trotaba hacia  la biblioteca, bien  que  ya no tan crédulo, no tan entusiasta, con un reflejo gris en el pelo y un atisbo  de desánimo en el alma cansada.

Me cuesta decidirme a contar muchas cosas de aquellos años  de 1934 a 1940 pasados en  Inglaterra, porque me  estoy acercando a la época actual  y todos  la hemos  vivido  casi  de la misma forma,  con  el mismo desasosiego avivado por la radio y los periódicos, con las mismas esperanzas y angustias.  Hoy todos recordamos con  poco orgullo la ceguera política de aquellos años y vemos con horror hasta  dónde nos ha conducido; quien quisiera explicarlo, tendría que acusar, ¡y quién de nosotros tendría derecho a hacerlo! Además, mi vida en Inglaterra fue muy reservada. Aun sabiéndome lo bastante necio como para no poder superar un obstáculo tan superfluo, viví todos aquellos años de semiexilio y exilio desconectado de toda vida social franca y abierta, llevado por el error de considerar  que en  un  país extranjero no me estaba permitido participar en debates sobre la época. Si en  Austria no había podido hacer nada  contra la insensatez de los círculos dirigentes, ¿qué podía intentar allí,  donde me  sentía huésped de aquella buena isla, sabiendo (gracias a un mejor  y más  exacto conocimiento que  ya teníamos de ella) que si señalaba los peligros con  los que Hitler amenazaba al mundo se lo tomarían como una opinión personal interesada? Era francamente difícil a veces morderse la lengua ante errores notorios. Era doloroso ver cómo una propaganda magistralmente escenificada  abusaba precisamente de la suprema virtud de Inglaterra, la lealtad, la sincera voluntad de dar crédito a cualquiera desde el principio y sin pedirle pruebas. Una y otra vez se pretendía hacer creer que Hitler sólo quería atraer a los alemanes de los territorios fronterizos, que luego se daría por  satisfecho y, en  agradecimiento, exterminaría al  bolchevismo; este anzuelo funcionó a la perfección. A Hitler le bastaba mencionar la palabra «paz» en un discurso para que los periódicos olvidaran con júbilo y pasión todas las infamias  cometidas y dejaran de preguntar por qué Alemania  se  estaba armando con  tanto  frenesí. Los turistas  que  regresaban de Berlín, donde, con  toda  previsión, se  les  había  guiado y halagado, elogiaban el orden que allí reinaba y a su nuevo amo;  poco a poco fueron surgiendo voces en Inglaterra que empezaban a justificar en parte sus «reivindicaciones» de una Gran Alemania;  nadie comprendía que  Austria era la piedra angular del edificio y que, tan pronto como la hicieran saltar, Europa se derrumbaría. Pero yo percibía la ingenuidad y la noble buena fe con las que los ingleses y sus dirigentes se dejaban seducir; me daba cuenta de ello con los ojos ardientes de  quien  en su país  había visto  de cerca las  caras de las tropas de asalto  y les  había  oído  cantar: «Hoy Alemania  es nuestra, mañana lo será el mundo entero.» Cuanto más se acentuaba la tensión política, más me apartaba de las conversaciones en torno a ella y de cualquier actividad pública. Inglaterra es: el único país del viejo  mundo donde no he publicado ningún artículo relacionado con temas contemporáneos, donde nunca he hablado por la radio ni he participado en debates públicos; he vivido allí, en mi pequeño domicilio, en  mayor anonimato que treinta años antes  cuando era estudiante en Viena. Por lo tanto, no soy un testigo válido con derecho a hablar de Inglaterra y menos aún si, como tuve que confesar más tarde, antes de la guerra no había llegado a descubrir la fuerza profunda de Inglaterra, retenida en sí misma, que se revela sólo en los momentos de extremo peligro.

Tampoco vi a muchos escritores. Precisamente a los dos con los que acabé trabando amistad, John   Drinwater y Hugh Walpole, se los llevó una muerte prematura, y no trataba mucho con los más   jóvenes porque, a causa de la sensación de inseguridad del foreigner, que me agobiaba funestamente, evitaba clubes, cenas y actos públicos. Sin embargo, en una ocasión tuve el placer especial y  realmente inolvidable de ver a los dos cerebros más  agudos, Bernard Shaw y H. G. Wells, en una discusión, muy cargada por debajo, pero caballerosa y brillante por  fuera. Fue durante un lunch con pocas personas en casa de Shaw  y yo me  hallaba en  la situación -en  parte atractiva  y  en parte desagradable- de no estar al tanto  de lo que provocaba la tensión subterránea que se percibía como una corriente eléctrica entre los dos patriarcas, ya desde el momento en que se saludaron con una familiaridad ligeramente impregnada de ironía. Debía existir entre ellos una  divergencia de opinión en cuestiones de principios que se había dirimido poco antes o se había de dirimir durante aquel almuerzo. Estas dos grandes figuras, cada una de ellas una gloria de Inglaterra, habían luchado codo a codo, hacía medio siglo y en el círculo de la Sociedad Fabiana, a favor  del  socialismo,  por  aquella época un  movimiento también joven  todavía. Desde entonces esas dos personalidades tan definidas habían evolucionado por caminos cada vez más divergentes: Wells, perseverando en su idealismo activo y trabajando incansablemente en   su  visión del futuro de la  humanidad; Shaw, en cambio, observando tanto el  futuro como el presente cada vez con más ironía y escepticismo, para así  poner a prueba su  juego mental, hecho de reflexión  y divertimiento. También físicamente se habían  convertido con los años en  dos figuras completamente opuestas. Shaw, el increíblemente vigoroso octogenario que en las comidas sólo mordisqueaba nueces y fruta, alto, delgado, siempre tenso, siempre con una estrepitosa carcajada en sus  labios fácilmente comunicativos y más enamorado que nunca de los fuegos artificiales de sus paradojas; Wells, el septuagenario con más gusto por  la vida y con una vida  más holgada que nunca, bajo  de estatura, mofletudo e implacablemente serio tras su ocasional hilaridad. Shaw, brillante en  su agresividad, rápido y ligero a la hora de cambiar los puntos de ataque; Wells, con una defensa tácticamente fuerte,  imperturbable  como siempre en su fe y sus convicciones. En seguida tuve la impresión de que Wells no había acudido a una simple sobremesa para conversar con amigos, sino a una especie de exposición de  principios. Y precisamente porque yo no estaba informado de los motivos ocultos de aquel conflicto de ideas, percibí con  más  intensidad la atmósfera que se respiraba. En cada gesto, cada mirada y cada palabra de ambos llameaban unas ganas de pelear a menudo traviesas, pero en  el  fondo también serias;  era como si dos esgrimidores, antes de atacarse de  veras, ensayaran su agilidad con pequeñas estocadas exploratorias. Shaw poseía un intelecto más  rápido. Bajo sus  espesas cejas sus ojos centelleaban cada vez que daba una  respuesta o atajaba otra; su gusto por las agudezas, sus juegos de palabras, que  había perfeccionado durante sesenta años hasta convertirlos en un virtuosismo sin igual, los superó hasta llegar a una especie de petulancia. A ratos, la blanca y espesa barba le temblaba de espontáneas risas llenas de furia contenida, y la  cabeza,  un poco ladeada, parecía seguir con la mirada la trayectoria de las saetas que disparaba para ver si daban en el blanco. Wells, con sus mofletes colorados y sus  ojos tranquilos y tapados, era más mordaz y directo; también su inteligencia trabajaba con una rapidez extraordinaria, pero sin tantos malabarismos, ya que él prefería las estocadas directas, lanzadas con desenvoltura y naturalidad. Era un  relampagueo tan intenso y rápido -parada y estocada, estocada y parada, siempre con apariencia de jocosidad- que el espectador no se cansaba de  admirar el juego  de  floretes, el centelleo y las fintas. Pero  tras aquel diálogo rápido, mantenido constantemente en un nivel de lo más alto, aparecía una especie de enfurecimiento intelectual que se disciplinaba con nobleza, a la manera inglesa, adoptando las formas  dialécticas más corteses. Había -y eso hacía tanto más interesante la discusión- formalidad en el juego y juego en la formalidad, era una brava  confrontación entre dos caracteres diametralmente opuestos, que sólo en apariencia se inflamaba por razones objetivas, pero que en realidad se basaba en causas y motivos ocultos  que yo desconocía. Sea como fuere, vi a los dos mejores hombres de Inglaterra en uno de sus mejores momentos, y la continuación de esa polémica,  publicada en las  semanas siguientes en la Nation, no me proporcionó ni la centésima parte del placer que experimenté durante aquel fogoso diálogo, porque tras los argumentos, convertidos ya en  abstractos, ya no se revelaba lo bastante el hombre vivo ni la. esencia propiamente dicha del debate. Pocas veces he disfrutado tanto con la fosforescencia producida por  la fricción de dos espíritus ni he visto el arte del diálogo ejercido con tanto virtuosismo en una comedia teatral, ni antes ni después, como en aquella ocasión en la que alcanzó la perfección en sus formas más nobles, sin proponérselo y sin teatralidad

Viví aquellos años en Inglaterra sólo físicamente, no con toda el alma. Y fue precisamente la inquietud por Europa, esa dolorosa inquietud que  nos destrozaba los nervios, lo que,  en los años entre la toma del poder por Hitler y el estallido de la Segunda Guerra Mundial, me movió a viajar a menudo e incluso  a cruzar el océano por dos veces. Quizá me empujaba a ello el presentimiento de que era necesario almacenar, para  tiempos más tenebrosos, todas las impresiones y experiencias que el corazón pudiera contener, mientras el mundo permaneciera abierto y los barcos pudieran recorrer en paz su ruta a través de los mares; quizá también me empujaba el afán de saber que, mientras la desconfianza y la discordia destruían nuestro mundo, en alguna parte se estaba construyendo otro; quizá también una intuición,  muy  vaga  todavía,  me decía que  nuestro futuro, y también el mío, se encontraba lejos de Europa. Un ciclo de conferencias a lo largo y ancho de los Estados Unidos me ofreció la  grata oportunidad de ver este inmenso país en toda su diversidad y, a la vez, unidad, de este a oeste y de norte a sur. Pero quizá fue todavía más fuerte la impresión que  me causo América del Sur, adonde acepté viajar de buen grado a raíz de una invitación al congreso del PEN Club Internacional; nada me pareció tan importante en  aquel momento como reforzar la idea de la solidaridad espiritual por  encima de países y lenguas. Las últimas horas pasadas en Europa antes del aquel viaje me exhortaron a ponerme en camino  con  un nuevo y serio aviso. En aquel verano de 1936 había estallado la guerra civil española, la cual, vista superficialmente, sólo era una disensión interna en el seno de ese bello y trágico país, pero que, en realidad, era ya una maniobra preparada por las dos potencias ideológicas con vistas a su futuro choque. Había salido yo de Southampton en un barco inglés con la idea de que el vapor evitaría la primera escala, en Vigo, para  eludir la zona en  conflicto. Sin embargo, y para mi sorpresa, entramos en ese  puerto e incluso se nos permitió a los pasajeros bajar  a tierra  durante unas horas. Vigo se encontraba entonces en poder de los franquistas y lejos del escenario de  la guerra propiamente dicha. No obstante, en aquellas pocas horas pude ver cosas que me dieron motivos justificados para reflexiones abrumadoras. Delante del ayuntamiento, donde ondeaba la bandera de Franco, estaban de pie y formados en fila unos jóvenes, en su mayoría guiados por curas  y vestidos con sus  ropas campesinas, traídos seguramente de los pueblos vecinos. De momento no comprendí para qué los querían. ¿Eran obreros reclutados para  un servicio de urgencia? ¿Eran parados a los que  allí daban de  comer? Pero  al cabo de un cuarto de hora, los vi salir del ayuntamiento completamente transformados. Llevaban uniformes nuevos y relucientes, fusiles y bayonetas; bajo la vigilancia de unos oficiales fueron  cargados en  automóviles igualmente nuevos  y relucientes y salieron como  un rayo de la ciudad. Me estremecí. ¿Dónde  lo había  visto  antes? ¡Primero en  Italia y luego en Alemania!  Tanto en  un lugar  como  en  otro  habían aparecido de  repente estos uniformes: nuevos e inmaculados, los flamantes automóviles y las ametralladoras. Y una vez más me pregunté: ¿quién proporciona y paga esos uniformes nuevos? ¿Quién organiza a esos pobres jóvenes  anémicos? ¿Quién  los  empuja a  luchar  contra  el  poder establecido, contra el parlamento elegido, contra  los representantes legítimos de su propio pueblo? Yo sabía que  el tesoro público estaba en manos del gobierno  legítimo, como también  los depósitos de armas. Por consiguiente, esas armas y esos automóviles teníanque haber sido suministrados desde el extranjero y sin duda habían cruzado la frontera desde la vecina Portugal. Pero,  ¿quién  los  había  suministrado? ¿Quién los había pagado? Era un poder nuevo que quería el dominio, el mismo poder que  actuaba aquí  y allá,  un poder que  amaba la violencia, que  necesitaba la violencia y que consideraba debilidades anticuadas todas las ideas que  nosotros profesábamos y por las cuales vivíamos: paz, humanidad, entendimiento mutuo. Eran grupos secretos, escondidos en sus despachos y consorcios, que cínicamente se aprovechaban del idealismo ingenuo de los jóvenes para sus   ambiciones de poder y  sus negocios. Era una voluntad de imponer la fuerza que, con una técnica nueva y más sutil, quería extender por nuestra infausta Europa  la vieja  barbarie de la guerra. Una sola  impresión óptica,  sensorial, siempre causa más impacto en el alma  que mil  opúsculos  y artículos  de   periódico. Y en el momento en que vi cómoninstigadores ocultos proveían de armas a aquellos muchachos jóvenes e inocentes y los lanzaban contra  muchachos también jóvenes e inocentes de su propia patria, tuve el presentimiento de  lo que  nos  esperaba, de lo que amenazaba a Europa. Cuando, al cabo de unas horas de parada, el barco desatracó de nuevo, corrí a mi camarote. Me resultaba demasiado doloroso seguir viendo ese hermoso país  que había caído víctima de una horrible desolación  por  culpa de otros;  Europa me parecía condenada a muerte por su propia locura, Europa, nuestra santa  patria, cuna y Partenón de nuestra civilización occidental.

Tanto más plácida se ofreció después Argentina a la mirada. Volvía a ser España, su vieja cultura, protegida y preservada en una nueva  tierra, más vasta, todavía no abonada con sangre, todavía no  emponzoñada con odio. Había abundancia e incluso exceso de alimentos, de riqueza, había espacio infinito y, con él, comida para  el futuro. Se apoderó de  mí una inmensa alegría y una especie de nueva  confianza. ¿No habían emigrado las culturas de un país a otro desde hacía miles de  años? ¿No se salvaban siempre las semillas, aunque el árbol cayera bajo el hacha, y con ellas también las nuevas  flores y los frutos? Lo que las generaciones anteriores y contemporáneas habían logrado nunca  se perdería del todo. Sólo hacía falta aprender a pensar a partir de dimensiones más grandes, a contar con  lapsos de  tiempo más amplios. Deberíamos empezar a  pensar, me decía a mí mismo,  ya no sólo  a la europea, sino mirando más allá de Europa; no deberíamos enterrarnos en un pasado moribundo, sino  participar en su renacimiento. Y es que,  por  la cordialidad con  la que toda la población de esta nueva  ciudad de millones de habitantes ha participado en  nuestro congreso, he visto que allí no éramos unos extraños, que todavía estaba viva, vigente y eficaz la fe en la unidad espiritual, a la cual hemos dedicado los mejores años de nuestra vida, y que en la época de las nuevas velocidades, ya ni el océano nos separaba. Una nueva  misión sustituía a la vieja: construir la comunidad que soñábamos en unas dimensiones más grandes y en uniones más osadas. Si, después de la última mirada a la inminente guerra, había dado a Europa por perdida, ahora, allí, bajo la Cruz del Sur, de nuevo empezaba a creer y a tener esperanza.

Una impresión no menos imponente, una promesa no menor, supuso para mí Brasil, este país  generosamente dotado por  la naturaleza de la ciudad más bella del mundo, este país con un espacio  inmenso que ni los ferrocarriles ni las carreteras, ni siquiera los aviones, podían recorrer todavía de cabo a rabo. Aquí el pasado se ha conservado con más esmero que en la misma Europa; aquí, el embrutecimiento que trajo consigo la Primera Guerra Mundial no ha penetrado todavía en las costumbres, en el espíritu de las naciones; aquí los hombres viven más pacífica  y educadamente que  entre nosotros, menos  hostil que entre nosotros es el  trato  entre las  diferentes razas;  aquí  el  hombre no ha sido separado del hombre por absurdas teorías de sangre, raza y origen; se tenía el singular presentimiento de que aquí todavía  se podía vivir en paz; aquí el espacio, por cuya mínima partícula luchaban los estados de Europa y lloriqueaban los políticos, estaba preparado, en una abundancia inconmensurable, para  recibir el  futuro; aquí la tierra esperaba todavía  al hombre para que la utilizara  y la llenara con su presencia; aquí se podía continuar y desarrollar en nuevas y grandiosas formas la civilización que Europa había creado. Con ojos felices ante las mil formas de la belleza de aquella nueva naturaleza, vi el futuro.

Pero viajar e irme lejos, hasta otros mundos y otras estrellas, no quería decir huir de Europa ni de la aflicción por Europa. Casi parece una malévola venganza de la naturaleza contra el hombre el que  todas las conquistas de la técnica gracias a las cuales le ha arrancado las fuerzas más secretas-le destruyan el alma. La peor maldición que nos ha acarreado la técnica es la de impedirnos huir, ni que sea por un momento, de la actualidad. Las generaciones anteriores, en momentos de calamidad, podían refugiarse en la soledad y el aislamiento; a nosotros, en cambio, nos  ha sido reservada la obligación de saber y compartir en el mismo instante lo malo que  ocurre en cualquier lugar del globo. Por más que me alejara de Europa, su destino me acompañaba. Desembarcando de noche en Pernambuco, con  la Cruz  del  Sur sobre mi cabeza y rodeado de gentes de  piel oscura en la calle, vi en un periódico la noticia  del bombardeo de Barcelona y del fusilamiento de un amigo español en cuya compañía  había pasado unas agradables horas no hacía muchos meses.  

Cuando me dirigía a Tejas a toda velocidad en un vagón pulman, entre Houston y otra  ciudad petrolera oí de repente a alguien que gritaba furioso en alemán: un compañero de viaje había sintonizado casualmente  una emisora alemana  en  la  radio  del  tren y tuve que escuchar, a través  de la llanura de Tejas, un exaltado discurso de Hitler. No había modo  de  escaparse, ni de día ni de noche; siempre debía pensar, con dolorosa ansiedad, en Europa y, dentro de Europa, en Austria. Puede parecer patriotismo mezquino el que, ante la inmensidad del ¡peligro que amenazaba desde China hasta más  allá  del Ebro  y el  Manzanares, yo me preocupara especialmente por  el destino de Austria. Pero  sabía que el destino de toda Europa estaba ligado a este pequeño país que, casualmente, era mi patria. Cuando uno intenta  trazar retrospectivamente los errores de la  política después de la Primera Guerra Mundial, se da cuenta de que el mayor de todos fue que tanto los políticos europeos como los norteamericanos no llevaron a la práctica el claro y simple plan de Wilson, sino que lo mutilaron. La  idea  del mismo era  conceder  libertad e independencia a las  pequeñas naciones, pero él  había  visto  con  acierto que  tal libertad e independencia sólo podían mantenerse dentro de una unidad de  todos los estados, pequeños y grandes, en  una  organización de  orden superior. Al no crear esa organización -la auténtica y total Liga de las Naciones- y al aplicar sólo la otra parte de su programa, la independencia de los estados pequeños, en vez de paz y tranquilidad se creó una tensión crispante. Pues nada es más peligroso que el delirio de  grandeza de los pequeños y lo primero que  hicieron los estados pequeños, tan  pronto como se formaron, fue intrigar los unos contra losbotros y disputarse territorios  minúsculos:  Polonia  contra Chequia, Hungría contra Rumania, Bulgaria contra  Serbia, y el más: débil de todos en esas rivalidades era  la diminuta Austria frente a la prepotente Alemania. Este troceado y mutilado  país, cuyos soberanos en otro tiempo habían mandado en Europa a sus anchas, era tengo que repetirlo-la piedra angular del edificio. Yo sabía lo que no podían ver los millones de habitantes de la capital  inglesa que me rodeaban: que con Austria caería Checoslovaquia y que,  después, Hitler tendría el  camino despejado para apoderarse de los  Balcanes;  sabía que  el  nacionalsocialismo, con Viena  en  su poder y gracias a la peculiar estructura de la ciudad, tenía en su inflexible mano la palanca capaz  de  zarandear Europa  y sacarla de sus  goznes. Sólo los  austriacos sabíamos con  qué  avidez,  estimulada por el resentimiento, Hitler  ambicionaba Viena, la ciudad que lo había visto en la miseria más extrema y en la que  quería entrar como triunfador. Por eso, cada vez que  yo hacía una escapada a Austria  y luego volvía  a cruzar  la frontera, respiraba con  alivio: «Esta vez, todavía no.» Y miraba hacia atrás  como si fuera la última. Veía acercarse la catástrofe, inevitablemente; cien veces durante  aquellos años,  mientras  los  demás  leían confiados los  periódicos, yo temía en lo más íntimo de mi ser ver  en  ellos  los titulares: Finis Austriae. ¡Ah, cómo me había engañado a mí mismo con la ilusión de creer que  desde hacía tiempo me había desligado de su destino! Desde lejos compartía todos los días  el sufrimiento de su lenta  y febril agonía: infinitamente más que mis amigos que vivían en ella, que a su vez se engañaban con muestras de patriotismo y se repetían los unos a los otros, día tras día: «Francia e Inglaterra. Y sobre todo Mussolini no lo permitirá.» Creían en la Liga de las Naciones y en los tratados de paz como los enfermos en las medicinas con hermosas etiquetas. Vivían tranquilos y despreocupados, mientras que a mí, que lo veía todo más claro, se me partía el corazón de angustia.

Tampoco mi último viaje  a Austria estuvo motivado por  otra  cosa  que  por  un estallido espontáneo de miedo ante  la catástrofe cada vez  más inminente. Había estado en  Viena en  el otoño de 1937 para  visitar  a mi anciana madre y durante un tiempo  no tuve nada  más que  hacer allí; como nada  urgente me retenía, regresé a Londres. Al cabo  de  pocas semanas (sería a finales  de  noviembre), una tarde me dirigía a casa  por Regent  Street y compré el Evening Standard. Era el día en  que lord Halifax volaba  hacia Berlín para intentar por primera vez negociar personalmente con Hitler. En aquella edición del  periódico se  especificaban todavía lo veo, el texto a la derecha y en negrita -los puntos sobre los que  Halifax quería llegar a un acuerdo con Hitler. Y entre líneas leí, o creí leer: el sacrificio de Austria, pues ¿qué otra cosa podía significar una entrevista con Hitler? Y es que los austríacos sabíamos que Hitler  no cedería nunca en este punto. Curiosamente la enumeración programática de  los temas de debate sólo se incluyó en  la edición del  mediodía del Evening Standard y desapareció completamente de  las  demás ediciones del mismo periódico a partir de la tarde. (Luego corrió el rumor de que esa información la había proporcionado al periódico la legación italiana, porque lo que más temía Italia  en 1937 era un acuerdo entre Alemania e Inglaterra a sus espaldas.)  No podría decir  hasta qué   punto era objetiva y cierta la noticia (inadvertida seguramente para la gran mayoría) tal como se publicó en  aquella edición del Evening Standard. Sólo sé que me estremecí horrorizado ante la idea de que Hitler e Inglaterra negociaran ya  respecto a Austria; no me avergüenza decir que el periódico me temblaba en las manos. Falsa o verdadera, la noticia me conmocionó como ninguna otra desde hacía años,  pues  sabía que, aun cuando se confirmara sólo una pequeña parte de la misma, sería el principio del fin, caería la piedra angular del edificio y, con ella, el  edificio entero. Di marcha atrás en el acto, subí  al primer autobús en dirección a Victoria Station y me dirigí a Imperial Airways para preguntar si quedaba algún  asiento libre  en el avión  de  la mañana siguiente. Quería volver a ver a mi madre, la familia, la patria. Por casualidad pude hacerme todavía con un billete; metí cuatro cosas en una maleta y volé  hacia Viena.

Los amigos se sorprendieron ante mi regreso tan rápido y repentino. Y ¡cómo se rieron a costa mía cuando les insinué mis inquietudes! «El mismo Jeremías de siempre», dijeron con soma. ¿Acaso no sabía que la población entera de Austria apoyaba ahora a Schuschnigg al cien por cien? Elogiaron con profusión de detalles las grandiosas manifestaciones del «Frente Patriótico», mientras yo, por el contrario, había  observado en Salzburgo que la mayoría de los participantes sólo llevaba el distintivo reglamentario de la coalición pegado en la solapa por miedo a perder  sus   puestos de  trabajo, pero  a  la vez desde hacía tiempo estaban inscritos-por precaución en Munich -en las filas de los nacionalsocialistas: había estudiado demasiada historia, y escrito sobre ella, como para  no saber que la gran masa  siempre se inclina  hacia  el  lado  donde se halla  el centro de  gravedad en cada momento. Sabía que las mismas voces que  hoy gritaban «¡Heil Schuschnigg!» mañana  rugirían «¡Heil Hitler!». Sin embargo, todos  aquellos con los que hablé en Viena  mostraban una sincera despreocupación. Se invitaban mutuamente a actos sociales con esmoquin y frac (sin sospechar que  pronto llevarían el uniforme de prisioneros en campos de concentración); desbordaban los comercios con compras de  Navidad para sus hermosas casas (sin sospechar que en unos meses otros se las quitarían y las saquearían). Y esa  eterna despreocupación de la vieja Viena,  que  tanto me había  gustado antes  y con la que  he soñado toda la vida,  esa despreocupación que el poeta nacional vienés Anzengruber resumió una vez en el axioma «Nada te puede pasan,  por  primera  vez  me dolió. Aunque quizás,  en última  instancia, eran más  sabios que yo todos aquellos amigos de Viena,  pues sufrían sólo cuando pasaba algo,  mientras que yo me imaginaba las desgracias, las padecía antes de  tiempo y  volvía a  padecerlas  cuando ocurrían de veras. Sin embargo ya no comprendía a mis amigos, ni  podía  hacerme comprender por ellos.  Después del  segundo día ya no previne a nadie más. ¿Para qué inquietar a alguien que no quiere ser  inquietado?

Que el lector no lo tome como un adorno añadido, sino como la pura verdad, si digo que en los últimos  días  que  pasé en  Viena  contemplé cada una de las familiares casas,  cada iglesia, cada jardín y cada  uno de los viejos  rincones de la ciudad en la que había nacido con un «¡Nunca más!» mudo y desesperado. Había abrazado a mi madre con  un secreto «¡Es la última vez!». Me despedí de  toda  la ciudad y de todo el país con un sentimiento de «Nunca más», pues tenía conciencia de que era  una despedida, un adiós para siempre. Pasé de largo por Salzburgo, la ciudad donde tenía  la casa en la  que  había trabajado durante veinte años, sin siquiera bajar del tren en la estación. Por supuesto que  desde la ventanilla habría podido ver la casa de la colina,  con todos sus recuerdos de los años vividos.  Pero no volví los ojos hacia ella. ¿Para qué, mirándolo bien, si no volvería a vivir allí?, y en  el  instante en  que  el tren cruzó la frontera, supe, como el patriarca Lot de la Biblia,  que  detrás de mí todo era polvo  y ceniza,  un  pasado petrificado en  sal amarga.

Creía haber presentido todos los horrores que podían ocurrir cuando el sueño de odio  de  Hitler  se hiciera realidad y él mismo ocupara victorioso Viena, la ciudad que lo rechazó cuando era  un joven pobre y fracasado. Pero, ¡qué tímida, pequeña y lastimosa resultó mi fantasía, como toda fantasía  humana, ante la inhumanidad que se desató aquel 3 de marzo de 1938,  el día en que Austria, y con ella  Europa,  sucumbió a la fuerza bruta!! Finalmente cayó la  máscara. Como los demás estados ya habían manifestado abiertamente su miedo, la brutalidad ya no tenía que imponerse trabas morales, así  que  no se sirvió- ¿conservaban todavía algún peso Inglaterra, Francia, el mundo? -de ningún pretexto hipócrita para excluir,  por  ejemplo, a los «marxistas» de, la vida política. Ya no simplemente se robaba y saqueaba, sino que se daba rienda suelta a cualquier ansia de venganza personal. Catedráticos de universidad eran obligados a fregar las calles con las manos, judíos creyentes de barba blanca eran arrastrados al templo y obligados por mozalbetes vocingleros a arrodillarse y gritar a coro «¡Heil Hitler!». Por las calles se cazaba a gente inocente como a conejos y se los llevaba a empujones a los cuarteles de  las SA para que limpiaran las letrinas; todo lo que  la enfermiza y sórdida  fantasía del odio había ideado  durante muchas noches de orgía se desataba a la luz del día. Hechos  tales  como irrumpir en las casas y arrancar los pendientes a temblorosas mujeres pudieron haber ocurrido también siglos  atrás, en  las guerras medievales, durante el saqueo de las ciudades, pero el impúdico placer de la tortura en público, el tormento psíquico y la humillación refinada eran algo nuevo. Todo esto está  registrado no por  una sola persona, sino por  las miles que lo han  sufrido, y llegará un día en que una época más  tranquila, no moral mente cansada como ya lo está  la nuestra, leerá estremecida sobre los crímenes que cometió un solo hombre, rabioso de odio, en el siglo XX, en aquella ciudad de la cultura. Porque ése  fue el diabólico triunfo de Hitler en  medio de sus victorias militares y políticas: este  hombre solo logró con sus constantes excesos embotar todo concepto de justicia. Antes de su «nuevo  orden», el  asesinato de una  sola persona sin sentencia judicial ni causa notoria estremecía aún al mundo, la tortura era inconcebible en el siglo XX y se llamaba a las expropiaciones lisa y llanamente rapiña y robo. Ahora, en cambio, tras la nueva  versión de las sucesivas Noches  de San  Bartolomé, después de las  torturas hasta la muerte en las celdas de las SA y detrás de los alambres de espino, ¡qué importaba una  injusticia aislada y el sufrimiento en este valle de lágrimas! En 1938, después de Austria, nuestro mundo ya  estaba más acostumbrado a la inhumanidad, la injusticia y la brutalidad que cuanto lo  había estado durante siglos. Lo que había ocurrido en aquella infausta ciudad de Viena antes habría bastado para provocar un boicot internacional, pero en  el año 1938  la conciencia mundial claudicaba o sólo  se quejaba un poco antes de olvidar y perdonarlo todo.

Aquellos días en que resonaban los  gritos de auxilio lanzados diariamente desde la patria, en que  sabía que  amigos próximos eran secuestrados, torturados y humillados, en que, impotente, temblaba de miedo por  aquellos a los que amaba, aquellos días fueron unos de los más terribles de mi vida. No  me  avergüenza decir -he aquí hasta qué punto la época nos ha pervertido el corazón- que no me estremecí ni lloré cuando me  llegó la noticia de la muerte de mi madre, a la que había dejado en Viena, sino que, al contrario, sentí algo parecido a un alivio, pues ahora la sabía a salvo de todos los sufrimientos y peligros. A los ochenta y cuatro años, casi sorda del  todo, vivía en nuestra casa familiar y, por  lo tanto,  de momento no  podía ser desahuciada ni  siquiera de acuerdo con  las nuevas «leyes arias» y teníamos la esperanza de llevarla al extranjero de un  modo u otro  al cabo de un tiempo. Uno de los primeros decretos de Viena la había afectado seriamente. A su edad tenía las piernas débiles y estaba acostumbrada, durante sus  paseos diarios, a descansar en un banco del Ring o del  parque después de cada cinco o diez minutos de  penoso andar. No hacía siquiera ocho  días que Hitler se había convertido en amo y señor de la ciudad, cuando proclamó la orden que prohibía a los judíos sentarse en los bancos: era una de aquellas prohibiciones ideadas, obviamente, con  el único y sádico propósito de martirizar con  malicia. Y es que robar a los judíos tenía, al fin y al cabo, una cierta lógica y un sentido, pues con  el producto del  robo de las fábricas, del  mobiliario de las casas y villas y de los pues tos de trabajo vacantes, se podía alimentar a los partidarios y recompensar a los antiguos satélites; en definitiva la galería de arte de Goering debe su esplendor principalmente a esa práctica aplicada al por mayor. Ahora  bien, impedir a una anciana o a un  hombre mayor cansado sentarse unos minutos en  un  banco para recuperar el  aliento, eso estaba reservado al siglo y al hombre que  millones de personas adoraban como al más grande de la época.

Por fortuna a mi madre le fue ahorrado el tomar parte por  mucho tiempo en tales groserías y humillaciones. Murió pocos meses después de la ocupación de Viena y no puedo menos que mencionar un episodio relacionado con  su  muerte, pues creo importante dejar constancia de esta clase de detalles con vistas a  un futuro que los tendrá por  imposibles. Una  mañana, aquella mujer de ochenta y cuatro años sufrió un desmayo. El médico que la atendió pronosticó en  seguida que  difícilmente pasaría de aquella noche y mandó buscar a una  enfermera, una mujer de cuarenta años, para que la velará junto a su cama. Ni mi hermano ni yo, sus dos únicos hijos, estábamos en Viena y, naturalmente, no podíamos acudir, pues para los representantes de la cultura alemana regresar a Austria para visitar a una madre en su lecho de muerte también constituía un delito. De modo que un primo nuestro aceptó pasar la noche en la casa para que  al menos alguien de la familia  estuviera presente en el momento de la muerte. Aquel primo era  entonces un hombre de sesenta años que tampoco gozaba de buena salud y que de hecho también murió al cabo de un año.  Cuando había empezado a prepararse la cama en la habitación contigua para pasar allí la noche, apareció la enfermera hay que decir en su honor que bastante avergonzada para comunicar que, lamentándolo mucho, según las nuevas leyes nacionalsocialistas, le resultaba imposible pasar la noche al lado de la moribunda. Dijo que mi primo  era judío y, puesto que ella era una mujer de menos de cincuenta años, no podía pasar la noche bajo el mismo techo al mismo tiempo que él, ni siquiera para velar a una moribunda, pues, conforme a la mentalidad de  Streicher, lo primero que se le ocurriría a un judío sería  practicar con ella un acto de deshonra racial. Por supuesto,  añadió, lamentaba mucho aquella orden, pero debía cumplir la ley. Y así mi primo de sesenta años, para  que la enfermera pudiera quedarse junto a la moribunda, se vio obligado a salir de la casa al anochecer. Quizás ahora se comprenda que yo considerara afortunada a mi madre por no tener que seguir viviendo entre esa clase  de gente.

La caída de Austria produjo en mi vida privada un cambio que en un principio consideré del todo insignificante y puramente formal: perdí mi pasaporte austriaco y tuve que pedir a las autoridades  británicas un documento sustitutivo, un pasaporte de apátrida. En mis sueños cosmopolitas me había  imaginado a menudo en mi fuero interno cuán espléndido y conforme a mis sentimientos sería vivir sin estado, no estar obligado a ningún  país: y, por lo tanto, pertenecer a todos sin distinción. Pero  una  vez  más tuve que reconocer cuán imperfecta es  la fantasía humana y hasta qué punto no comprendemos las  sensaciones más  importantes hasta que no las hemos vivido nosotros mismos. Diez años antes,  en una ocasión en que encontré a Dmitri Merezhkovski en París y le oí lamentarse de que sus libros estaban prohibidos en Rusia, yo, inexperto, intenté consolarlo maquinalmente diciéndole que aquello significaba muy poco teniendo en cuenta la difusión universal que  habían tenido. Pero  luego, cuando mis libros desaparecieron de la lengua alemana, ¡con qué claridad comprendí su queja de no poder publicar la palabra creada más que en traducciones, un medio diluido, cambiado! Asimismo, no fue hasta el instante en que fui admitido en un despacho oficial inglés, después de una larga espera en una antesala sentado en  el  banco de los solicitantes, cuando comprendí qué  significaba el cambio de  mi pasaporte por  un papel para extranjeros. Máxime cuando hasta entonces había  tenido derecho a un pasaporte austriaco. Cualquier funcionario austriaco del  consulado o de la policía tenía la obligación de extendérmelo como a ciudadano de pleno derecho. En cambio, el documento de extranjero que  me  dieron los  ingleses tuve que pedirlo. Era  un favor, pero un favor que me podían retirar en cualquier momento. De la noche a la mañana había descendido un peldaño más. Ayer todavía era un huésped extranjero y, en cierto modo, un gentleman que gastaba allí sus ingresos internacionales y pagaba sus impuestos, y hoy me había convertido en  un emigrado, un «refugiado». Me rebajaron a una categoría inferior, aunque no deshonrosa. Además, de ahora en adelante debía solicitar cualquier visado extranjero en aquella hoja de papel, porque en todos los países desconfiaban de esa «clase» de hombres de los cuales, de repente, yo formaba parte: hombres privados de derechos y sin  patria, a los  que, en caso de necesidad, se los  podía expulsar y devolver a su país como a los demás, si se convertían en  una carga o permanecían allí  demasiado tiempo. Y tuve que recordar las  palabras que  un exiliado ruso me había dicho años atrás: «Antes el  hombre sólo tenía cuerpo y alma. Ahora, además, necesita un pasaporte, de lo contrario no se lo trata como a un hombre.»

En efecto: tal vez nada demuestra de modo más palpable la terrible caída que sufrió el  mundo a  partir de la Primera Guerra Mundial como la limitación de la libertad de movimientos del hombre y la reducción de su derecho a la libertad. Antes de 1914 la Tierra era de todos. Todo el  mundo iba adonde  quería y permanecía allí el  tiempo que quería.bNo existían permisos ni autorizaciones; me divierte la sorpresa de los jóvenes cada vez que les cuento que antes de 1914 viajé a la India  y América sin pasaporte y que  en realidad jamás en  mi vida  había visto uno. La gente subía y  bajaba de los trenes y de los  barcos sin preguntar ni ser preguntada, no tenía que rellenar ni uno del centenar de papeles que se exigen hoy en día. No existían salvoconductos ni visados ni ninguno de estos fastidios; las mismas fronteras que hoy aduaneros, policías y gendarmes han  convertido en una alambrada, a  causa de la desconfianza. patológica de todos hacia todos, no representaban  más que líneas simbólicas que se cruzaban con la misma despreocupación que el  meridiano de Greenwich. Fue después de la  guerra cuando el nacionalsocialismo comenzó a trastornar el mundo, y el primer fenómeno visible de esta epidemia fue  la xenofobia: el odio o, por  lo menos, el temor al extraño. En todas partes la gente se defendía de los extranjeros, en todas partes los excluía. Todas las humillaciones que se habían inventado antaño sólo para los criminales, ahora se infligían a todos los viajeros, antes y durante el viaje. Uno tenía que hacerse retratar de la derecha y la  izquierda, de cara y de perfil, cortarse el pelo de modo que se le vieran las orejas, dejar las  huellas dactilares, primero las del  pulgar, luego las de todos los demás dedos; además, era necesario presentar certificados de toda clase: de salud, vacunación y buena conducta, cartas de recomendación, invitaciones y  direcciones de  parientes, garantías morales y económicas, rellenar formularios y firmar tres o cuatro copias, y con que faltara uno solo de ese montón de papeles, uno estaba perdido."


"Parecen bagatelas. Y a primera vista puede parecer mezquino por  mi  parte que las mencione. Pero  con  estas absurdas «bagatelas» nuestra generación ha perdido un tiempo precioso e irrecuperable. Si calculo los formularios que rellené aquellos años, las declaraciones de impuestos, los certificados de  divisas, los permisos de paso de fronteras, de residencia y salida del país, los formularios de entrada  y  salida, las horas que pasé haciendo cola en las antesalas de  los consulados y las administraciones públicas, el número de funcionarios ante los que me senté, amables o huraños, aburridos o ajetreados, todos los registros e interrogatorios que tuve que soportar en las fronteras, me doy  cuenta entonces de cuánta dignidad humana se ha perdido en este siglo  que los  jóvenes habíamos soñado como un siglo de libertad, como la futura era del cosmopolitismo. ¡Cuánta parte de nuestra producción, de nuestra creación y de nuestro pensamiento se ha perdido por  culpa de esas monsergas improductivas que a la  vez envilecen el alma! Durante aquellos años, todos estudiamos más normativa oficial que  libros; los primeros pasos que dábamos en una ciudad extranjera, un país extranjero, ya no se dirigían a los  museos y monumentos, sino al consulado o a la jefatura de policía en busca de un «permiso». Cuando nos  encontrábamos los  mismos que antes solíamos hablar de una poesía de Baudelaire y discutíamos de diversos problemas con pasión intelectual, ahora nos sorprendíamos hablando de «afidávits» y permisos y de si debíamos solicitar un visado permanente o de turista; conocer a una funcionaria insignificante de un consulado que nos acortara el rato de espera era, en aquella década, más vital  que  la  amistad de un Toscanini o un Rolland. Constantemente se nos  hacía notar que nosotros, que   habíamos nacido con  un alma  libre, éramos objetos y no sujetos, que no teníamos derecho a nada y todo se nos concedía por gracia administrativa. Constantemente éramos interrogados, registrados,  numerados, fichados y  marcados, yo  todavía hoy -como  hombre incorregible que soy,  de una época más  libre y ciudadano de una  república mundial ideal- considero un estigma los sellos de mi pasaporte y una  humillación las preguntas y los registros. Son bagatelas, sólo  bagatelas, lo sé, bagatelas en una época en  la que el valor  de una vida  humana ha caído con  mayor rapidez aún  que cualquier moneda. Pero  sólo si se deja constancia de estos pequeños síntomas, una época posterior podrá determinar el  diagnóstico clínico correcto de las circunstancias que desembocaron en el trastorno espiritual que sufrió nuestro mundo entre las dos guerras mundiales.

Quizás estaba  yo demasiado mal acostumbrado de antes. Quizá mi sensibilidad se había vuelto cada vez más irritable por los cambios bruscos de los últimos años. La emigración, sea del  tipo que sea,  provoca por sí misma, inevitablemente, un desequilibrio. La persona pierde estabilidad (y eso también hace falta haberlo vivido para comprenderlo); si no siente su propio suelo bajo los pies, se vuelve más  insegura y más  desconfiada consigo misma. Y no  dudo en reconocer que, desde el día en que  tuve que vivir  con  documentos o pasaportes extraños, no volví a sentirme del todo yo mismo. Una parte de la identidad natural de mi  «yo»  original y auténtico quedó destruida para siempre. Me volví  más reservado de lo que era por naturaleza y yo, antes tan cosmopolita, ahora no logro librarme de la sensación de tener que dar gracias especiales por cada hálito que robo a un pueblo que no es el mío. Cuando lo pienso con claridad, me doy cuenta, desde luego, que son manías absurdas, pero ¿cuándo la razón ha podido con los sentimientos? De nada me ha servido educar al corazón durante medio siglo para que latiera como el de un citoyen du monde. No, el día en que perdí el pasaporte descubrí, a los  cincuenta y ocho años, que con  la patria uno pierde algo más que un pedazo de tierra limitado por  unas fronteras.

Pero no era yo el único que tenía esta sensación de inseguridad. Poco  a poco la inquietud fue extendiéndose por toda Europa. El horizonte político se oscureció desde el día en  que  Hitler atacó Austria, y los mismos que en Inglaterra en secreto le habían allanado el camino con la esperanza de comprar así la paz  para su país, entonces empezaron a reflexionar. Desde 1938 no hubo en Londres, París,  Roma, Bruselas, así como en ninguno de los  pueblos y ciudades, ninguna conversación que, por  alejado que fuera su tema al inicio, no desembocara en la  inevitable pregunta de si todavía se podía evitar la guerra, o por lo menos diferirla, y cómo. Cuando pienso en todos esos meses de miedo continuo y creciente ante la posibilidad de una guerra en Europa, sólo recuerdo dos o tres días de plena confianza, dos o tres días en los que aún teníamos la sensación, por última vez, de que las nubes pasarían de largo y podríamos volver a respirar libremente y en  paz como antes. El perverso destino, sin embargo, quiso que aquellos dos o tres días fueran precisamente los que quedaran registrados como los más funestos de la historia contemporánea: los  días de la  Entrevista  de Chamberlain con Hitler  en Munich.

Sé que hoy se recuerda con disgusto aquel encuentro en que Chamberlain y Daladier, colocados  impotentes contra la pared, capitularon ante Hitler y Mussolini, pero, puesto que quiero servir a la verdad basándome en documentos, debo confesar que todo aquel que vivió aquellos días en Inglaterra entonces los consideró admirables. La situación era desesperada en los últimos días de septiembre de  1938. Chamberlain regresaba en avión de su segunda entrevista con Hitler y al cabo de unos días se supo lo que había  ocurrido. Chamberlain había ido a Goldemberg para conceder a Hitler todo lo que éste  le había pedido anteriormente en Berchtesgaden. Pero lo que unas semanas antes le había parecido suficiente a Hitler luego ya no satisfacía su histeria de poder. La política del  appeasement y del  try and  try again  había  fracasado estrepitosamente y en Inglaterra se había acabado de  la  noche  a la  mañana la época de la buena fe. Inglaterra, Francia, Checoslovaquia, Europa, sólo podían escoger entre humillarse ante las perentorias ansias de poder de Hitler o plantarle cara con las armas. Inglaterra parecía dispuesta a todo. Ya no escondía sus preparativos bélicos, sino que exhibía públicamente su  armamento. De repente aparecieron obreros excavando refugios antiaéreos en medio de los jardines de Londres: en Hyde Park, Regent's Park y, sobre todo,  frente a la Embajada alemana. Se movilizó a la flota, los oficiales del estado mayor volaban sin parar entre París y Londres para decidir conjuntamente las últimas medidas, los barcos que se dirigían a América eran abordados por extranjeros que querían ponerse a salvo antes de que fuera demasiado tarde; desde 1914  Inglaterra no había conocido un  despertar  como aquél. La gente iba por la calle con un ademán más serio y pensativo. Miraba  las casas  y las calles rebosantes pensando para  sus adentros: ¿no se abatirán mañana las  bombas sobre ellas?  Y, tras las puertas, todos se sentaban alrededor de la radio para escuchar las noticias. Una tensión tremenda, invisible pero perceptible, se había  apoderado de todos y de cada segundo a lo largo y ancho del país.

Después se celebró aquella histórica sesión del  Parlamento en la que Chamberlain informó sobre su nuevo intento de llegar a un acuerdo con Hitler y sobre una nueva propuesta, la tercera, de ir  a  visitarlo en  cualquier lugar de Alemania para  salvar la seriamente amenazada paz. Todavía  no  había  obtenido respuesta. Y entonces, en mitad de la sesión, llegó-calculado con exagerado dramatismo-el telegrama que anunciaba el consentimiento de Hitler y Mussolini a una conferencia conjunta en Munich, y en aquel momento-un caso  prácticamente único en  la  historia de Inglaterra-el Parlamento inglés perdió los nervios. Los diputados se pusieron en pie de un salto, gritando y aplaudiendo, las tribunas retumbaron de alegría. Hacía años que la honorable casa no había vibrado con tamaño estallido de júbilo como en aquella ocasión. Desde el punto de vista humano era un espectáculo  maravilloso ver  cómo el sincero entusiasmo por la posibilidad de salvar  todavía la  paz superaba el porte y la  moderación  tan virtuosamente practicados  por  los  ingleses. Desde el  punto de vista político, empero, aquel arrebato representó un  terrible error, pues con aquella alegría desbordada el Parlamento y el país habían revelado hasta qué punto aborrecían la guerra y estaban dispuestos a cualquier sacrificio, a renunciar a sus intereses y hasta a su prestigio por amor a la paz. Sin embargo, de aquel día en  adelante Chamberlain quedó señalado como el hombre que iba a Múnich no a luchar  por la paz, sino a implorarla. Pero entonces  nadie sospechaba todavía la clase de capitulación que  les aguardaba. Todo el mundo  creía- yo también, no lo niego- que  Chamberlain iba a Munich a negociar, no a capitular. Luego siguieron dos  o tres días  de  impaciente espera, días  en  que el mundo entero, como quien dice, contuvo la respiración. Se excavaba en los parques, se trabajaba en las fábricas de armamento, se  instalaban baterías antiaéreas, se  repartían caretas antigás, se sopesaba la  conveniencia de evacuar  a  los niños de Londres y se tomaban misteriosas medidas que  nadie comprendía, pero que todo el mundo sabía a qué estaban destinadas. La gente volvió a pasar mañanas, tardes y noches esperando el periódico, escuchando la radio. Se repitieron  aquellos momentos de julio de 1914 con una espera terrible y crispada, del sí o el no.

Y, de repente, como  llevados por una fuerte ráfaga  de viento, los sofocantes nubarrones se despejaron, los corazones: se ensancharon y las almas se sintieron libres. Se había dado la noticia de que Hitler,  Chamberlain, Daladier y Mussolini habían llegado a un acuerdo total y, más aún, que Chamberlain había conseguido cerrar un  pacto con Alemania que garantizaba el  arreglo pacífico de todos los posibles conflictos entre ambos países para  siempre. Parecía una victoria  decisiva de la tenaz  voluntad de  paz de un hombre de  estado, por  sí mismo soso e insignificante,  y todos los corazones latieron de gratitud hacia él en aquel momento. Por radio se oyó primero el mensaje Peace for our time que anunciaba a nuestra sufrida generación que podíamos volver a vivir en paz y contribuir a la construcción de un mundo nuevo y mejor,  y miente quien  quiera negar a posteriori lo mucho que  nos embriagaron aquellas palabras mágicas. Pues, ¿quién podía creer que un hombre que regresaba preparado para  una entrada triunfal era un hombre derrotado? Si la gran masa de Londres hubiera sabido la hora exacta de la llegada de Chamberlain en la mañana de su regreso de Munich, centenares de miles de personas habrían invadido el aeródromo de Croydon para  saludar y vitorear al hombre que,  según creíamos todos  en  aquel  momento, había salvado la paz de  Europa  y el honor de Inglaterra. Luego salieron los periódicos a la calle.  Las fotografías mostraban a un Chamberlain (su rostro  severo normalmente recordaba la cabeza de un  pájaro irritado)  orgulloso y sonriente en la  puerta  del  avión, agitando el histórico documento que anunciaba  Peace  for  our  time y que él  traía  a su pueblo como valiosísimo regalo. Por la  noche ya se pasaba la escena en los cines;  la gente saltaba  de los asientos, gritando y vitoreando, casi abrazándose, con el sentimiento de la nueva hermandad que se iniciaba entonces en  el mundo. Para toda persona que en aquel momento estallaba en Londres, en Inglaterra, aquél fue un día inolvidable que prestó alas al espíritu..

En aquellos históricos días me encantaba pasear  por  las  calles  para impregnarme con  más  intensidad de  su atmósfera, para respirar con  todos  los sentidos, en el sentido más propio de la palabra, el aire del momento. Los obreros habían dejado de excavar en los parques, la gente los rodeaba riendo y charlando, pues  gracias a la peace for  our  time   los refugios antiaéreos ya no eran necesarios; oí a dos chavales mofarse, en un cockney  excelente, de aquellos refugios, diciendo que  ojalá los convirtieran en meaderos públicos subterráneos, porque en Londres no había suficientes. Todos los presentes se  rieron y todo el mundo parecía más animado, devuelto a la vida, como las plantas después de la tempestad. Caminaban más erguidos que el día anterior, con las hombros más ligeros y en sus ojos ingleses, por  lo  general tan  fríos,  centelleaba un  brillo  de  alegría. Las casas parecían más  luminosas desde que la gente sabía  que no las amenazaban las bombas; los  autobuses, más elegantes; el  sol,  más  radiante; la vida  de miles  y miles de personas, sublimada y  fortalecida por  aquella sola  palabra embriagadora. Yo notaba cómo también a mí me embriagaba la euforia. Caminaba incansable, cada  vez más deprisa y más ]ligero: también a mí me llevaba la ola de la confianza  reavivada, con  más  fuerza  y alegría. En la esquina de  Picadilly,  de pronto se  me acercó alguien precipitadamente. Era un funcionario del gobierno inglés al que en realidad conocía muy poco, un hombre impasible y reservado. En circunstancias normales nos habríamos saludado cortésmente y nada más y a él no se  le  habría ocurrido dirigirme la  palabra. Pero en aquella ocasión venía  a mi encuentro con los ojos chispeantes.

-Qué le ha parecido Chamberlain -me preguntó radiante de alegría-. Nadie confiaba en él, pero ha obrado correctamente. No ha transigido y así ha salvado la paz.

Era la opinión de todos; también la mía aquel día. Y el día siguiente también fue un día feliz. Los periódicos se mostraban unánimes en su júbilo, los valores de la bolsa  subieron espectacularmente, por primera vez desde hacía años llegaban voces de amistad desde Alemania y en Francia proponían levantar un monumento a Chamberlain. Pero,  ay, sólo fue la última  llamarada de un  fuego  que  iba  a extinguirse definitivamente. En los días siguientes empezaron a filtrarse los fatales detalles: cuán absoluta había sido la capitulación ante Hitler y cuán ignominiosa la entrega de Checoslovaquia, a la que  se había garantizado ayuda  y apoyo;  y hacia el fin de semana ya era  público que  ni siquiera la capitulación había  satisfecho a Hitler  y que, incluso antes de que  se hubiera secado la firma del  pacto,  él ya lo había violado en todos sus puntos. Sin ninguna clase de escrúpulos Goebbels proclamó entonces públicamente y a los cuatro vientos que  en  Munich  habían acorralado a  Inglaterra contra  la  pared. La gran luz de la esperanza se  había apagado. Pero  había brillado durante un  día  o  dos  y  nos  había calentado los corazones. No quiero ni puedo olvidar  aquellos días.

Desde el  momento en que supimos la verdad de lo ocurrido en Munich, paradójicamente ya  no vi en  Inglaterra sino a muy pocos ingleses. La culpa fue mía, pues los evitaba o, mejor dicho, evitaba entrar en conversación con ellos, aunque tenía la obligación moral de admirarlos más que nunca. Eran  generosos con los refugiados, que  llegaban a tropeles, mostraban hacia ellos una compasión de lo más noble y un interés caritativo. Pero entre ellos y nosotros se iba alzando una especie de muro interior que separaba los dos lados: a nosotros ya nos había sucedido, a ellos  todavía  no; nosotros comprendíamos lo que  había  ocurrido y lo que ocurriría, y ellos todavía se negaban a comprenderlo (en parte en contra de su propia conciencia). Intentaban, a pesar de todo,  perseverar en  la ilusión  de que una palabra era  una palabra y un pacto Era un pacto y que se podía negociar con Hitler si se le hablaba sensata y humanamente. Entregados durante siglos a la noción de derecho por su tradición democrática, los círculos dirigentes inglese no podían o no querían reconocer que a su lado se instalaba conscientemente una nueva técnica de cínica amoralidad y que la nueva Alemania anulaba todas las reglas de juego  vigentes en las relaciones entre los pueblos y en el marco del derecho tan pronto como las encontraba :incómodas. A los ingleses de mente clara y  perspicaz, que desde hacía tiempo habían renunciado a  cualquier  tipo de aventuras, les parecía improbable que aquel hombre que había conseguido tanto, tan rápida y fácilmente, se atreviera a ir más  lejos; no dejaban de creer y esperar que primero iría contra los  otros-preferentemente Rusia!-y que entretanto se podría llegar a algún acuerdo con él. Nosotros, en cambio, sabíamos que se podía esperar de él lo más monstruoso como lo más natural. Todos teníamos grabada en la pupila la imagen de un amigo asesinado, de un camarada torturado, y por ello nuestros ojos  eran más  duros, más  penetrantes e inflexibles. Los proscritos, los perseguidos y  los  desposeídos de nuestros derechos sabíamos que no existía ningún pretexto demasiado absurdo ni demasiado falso cuando se trataba de robo y de poder. Y, así, los  que habíamos sido puestos a prueba y los que todavía estaban expuestos a ella,  los emigrados y los ingleses, hablábamos lenguas diferentes; no creo exagerar si digo que, salvo un minúsculo número de ingleses, nosotros éramos los únicos en Inglaterra que  no se engañaban respecto al alcance total del peligro. Como en otro tiempo en Austria, también en  Inglaterra me había sido destinado prever lo inevitable con más claridad, con el corazón roto  y una perspicacia torturadora, sólo que, como extranjero, como  huésped tolerado, no podía lanzar un grito de alarma.

De modo, pues, que los marcados con el estigma del destino sólo nos teníamos a nosotros mismos cuando el sabor amargo de los acontecimientos nos roía los labios, y ¡cómo nos torturaba el alma la ansiedad por el país que nos había acogido fraternalmente! Las horas de amistad que  pude compartir con  Sigmund Freud en aquellos últimos meses antes de la catástrofe me demostraron, de un modo inolvidable, que  incluso en  las horas más tenebrosas una conversación con un  intelectual de  gran talla moral puede ofrecer un inmenso y reconfortante consuelo al alma. Durante meses me había atormentado la idea de que aquel hombre enfermo de ochenta y tres años habría podido permanecer en la Viena de Hitler, si no fuese porque la extraordinaria princesa María  Bonaparte, su discípula más fiel, que vivía en la Viena esclavizada, logró salvarlo y traerlo a Londres. Fue uno de los grandes y felices días de mi vida aquel en  que leí en la prensa que el más venerado de mis amigos, a quien ya creía perdido, había llegado a la isla y así regresaba del Hades.

Había  conocido en Viena a Sigmund Freud -ese espíritu grande y fuerte que como ningún otro  de nuestra época había profundizado, ampliándolo, en el conocimiento del alma humana-, en una  época en que todavía era amado y combatido como hombre huraño, obstinado y meticuloso. Fanático de la verdad, pero a la vez consciente de los límites de toda verdad, me dijo un día:  «Existe  tan poca verdad al ciento por  ciento como alcohol puro.»

Se había distanciado de la universidad y de sus  cautelas académicas a causa del modo impertérrito con que se había aventurado en las zonas terrenales  y subterráneas del instinto, hasta entonces nunca pisadas y siempre evitadas con temor, es  decir,  precisamente la  esfera  que la  época  había  solemnemente declarado «tabú».  Sin  darse cuenta de  ello, el  mundo del  optimismo liberal se percató de que aquel espíritu no comprometido con  su  psicoanálisis le socavaba implacablemente las tesis de la paulatina represión de los instintos por  parte de la «razón» y el «progreso», y de que  ponía en peligro su método de ignorar las cosas molestas con   la  técnica despiadada  de,  sacarlas a la  luz.  Pero no fue  sólo la universidad, ni sólo la camarilla de los médicos de los nervios pasada de moda, los que hicieron causa común contra aquel incómodo «intruso», sino que fue el mundo entero, todo el viejo mundo, el viejo modo de pensar, la «convención» moral, toda la época, que  veía  en  él a aquel que  «quita el  velo»  y eso le daba miedo. Poco  a poco se organizó un boicot médico en su contra, él perdió el consultorio y, como no se podían rebatir científicamente sus tesis, ni siquiera sus planteamientos más osados, se intentó liquidar sus  teorías de los sueños a la manera vienesa, esto  es, ironizando y banalizándolas como temas jocosos de conversaciones sociales. Sólo un reducido grupo de fieles seguidores se reunían alrededor del  solitario maestro en tertulias semanales, en las que fue tomando forma la nueva ciencia del psicoanálisis. Mucho  antes de que  yo  mismo me  diera cuenta de las dimensiones reales de la  revolución espiritual que  se  estaba  preparando  a  partir de los primeros trabajos fundamentales de Freud, me  había ganado ya para su causa la actitud firme  y moralmente inquebrantable de ese hombre extraordinario. He aquí por  fin a un  hombre de ciencia, un hombre que un joven hubiera soñado tener como modelo, prudente en sus   afirmaciones mientras no tuviera la prueba definitiva y la seguridad absoluta de las mismas, pero  impertérrito ante la oposición del  mundo entero tan pronto como una  hipótesis se convertía en  certeza válida, un hombre modesto como no había otro en cuanto a su persona, pero dispuesto a luchar por  cada dogma de su doctrina y fiel hasta la muerte a la verdad inmanente que defendía a partir de sus conocimientos. Era imposible imaginarse a un hombre más intrépido. Freud tenía la audacia de decir siempre lo que pensaba, aun sabiendo que con sus palabras claras e inexorables inquietaba y perturbaba; nunca trataba de hacer más  fácil  su  difícil  posición a fuerza de concesiones, por pequeñas o puramente formales que fuesen. Estoy convencido de que Freud habría podido exponer una quinta  parte de sus teorías sin tropezar  con  la oposición académica, si  hubiera estado dispuesto a adornarlas y, por ejemplo, decir «erotismo» en vez de «sexualidad», «eros» en vez de «libido», y no llegar siempre implacablemente a las últimas consecuencias en vez de limitarse a insinuarlas. Pero era  intransigente cuando se trataba de la doctrina y de la verdad; cuanto más fuerte era el antagonismo, más fuerte se volvía su determinación. Cuando busco un símbolo para el concepto de coraje moral -el único  heroísmo en la Tierra que no reclama víctimas ajenas-, veo siempre ante mí el bello, claro y humano rostro de Freud, con sus oscuros ojos de mirada sincera y serena.

El hombre que ahora buscaba refugio en Londres huyendo de su  patria, a la que había dado fama por  todo el mundo y a través de los tiempos, era un hombre viejo desde hacía años y, además, estaba gravemente enfermo. Pero no era un hombre cansado ni abatido. En mi  fuero interno tenía un poco de miedo de encontrarlo amargado o trastornado después de los dolorosos momentos que debía de haber pasado en Viena; todo lo contrario: lo vi más libre y feliz que nunca. Me llevó al jardín de su casa de suburbio londinense.

-¿Ha vivido alguna vez en un lugar tan bonito como éste?-me preguntó con una clara sonrisa dibujándose en su boca, antes tan severa. Me mostró las tan queridas estatuillas egipciacas que María  Bonaparte había salvado para él-. ¿Acaso no estoy de nuevo en casa?

Y en el escritorio tenía desplegados  los  grandes folios de su nuevo manuscrito; a sus ochenta y tres años escribía día tras día con la misma clara letra redonda y el mismo espíritu lúcido e incansable de sus mejores días; su firme voluntad lo había superado todo, la enfermedad, la edad y el exilio; y por  primera vez daba curso libre a la bondad que había estado estancada en su interior durante los largos años de lucha. La vejez: sólo lo había vuelto más moderado, y las pruebas superadas, más indulgente. A ratos descubría en él gestos afectuosos que no le conocía de  antes, tan reservado como era;  le ponía  la mano en la espalda a uno y, tras las relucientes gafas, sus ojos miraban con más calidez. Durante todos aquellos años, conversar con Freud fue! para mí uno de los mayores placeres intelectuales. Aprendía de él y a la vez lo admiraba; se  sentía uno comprendido con cada palabra que pronunciaba aquel hombre magnífico y sin prejuicios al que ninguna confesión asustaba, ninguna afirmación irritaba y para  el que  la voluntad de educar a los demás a  ver  y sentir con claridad se había  convertido en  una voluntad instintiva de vivir. Pero nunca experimenté con tanta gratitud el  valor insustituible de  aquellas largas conversadores como durante aquel año sombrío, el último de su vida. Tan  pronto como  uno  entraba en su habitación, quedaba excluida de la misma, por decirlo así, la locura del mundo exterior. Lo más cruel se volvía abstracto, lo más confuso se aclaraba, la actualidad se subordinaba humildemente a las grandes fases  cíclicas. Por primera vez veía al verdadero sabio que, elevado por encima de sí mismo, ya no sentía  el dolor  y la muerte como una experiencia personal, sino como objetos supra personales de observación y reflexión: su muerte no era una proeza moral  inferior  a su vida. Freud  sufría horriblemente entonces a causa  de la enfermedad que había de arrebatárnoslo. Se veía que le cansaba visiblemente el tener que hablar con el paladar artificial y uno se sentía realmente avergonzado ante cada palabra que el anciano le concedía, porque articularla le costaba un gran esfuerzo. Pero no abandonaba al amigo; para su espíritu de acero representaba una ambición especial el mostrar a los amigos que su voluntad seguía siendo más fuerte! que  los viles tormentos que el cuerpo le infligía. Con  la boca  deformada por  el dolor, siguió  escribiendo en su escritorio hasta el último día e, incluso de noche, cuando el sufrimiento le atormentaba el sueño-su sueño sano y profundo que durante ochenta años había sido la fuente  de su  energía-,  se negaba a  tomar  somníferos o cualquier clase de  inyección estupefaciente. No quería que ni por ;una hora la claridad de su espíritu se amortiguara por  obra de los sedantes; prefería sufrir y permanecer despierto, pensar en  medio de suplicios a  no  pensar, héroe del  espíritu hasta  el  último momento, el último de todos. Fue una lucha terrible y más grandiosa a medida que se prolongaba. A cada momento la muerte proyectaba su sombra con más claridad sobre su rostro. Le hundía las mejillas, le esculpía las cejas en la frente, le sesgaba la boca, le entorpecía la palabra en los labios; sólo contra los ojos no podía hacer nada el tétrico  verdugo, contra  aquella atalaya inexpugnable desde la cual aquel espíritu heroico contemplaba el mundo: los ojos y el espíritu permanecieron claros hasta  el final. En una de mis últimas visitas llevé conmigo a Salvador Dalí, en  mi opinión el pintor de más talento de la nueva generación, que admiraba enorme mente a Freud, y mientras yo hablaba con el maestro, él dibujó un esbozo suyo. Nunca me atreví a enseñárselo a Freud  porque  Dalí, clarividente, había  incluido  ya la muerte en él.

Cada vez se hacía más cruel la lucha de la voluntad más fuerte, del espíritu más agudo de nuestro tiempo, contra  el ocaso. Sólo cuando él mismo, para quien la claridad había sido la virtud suprema del pensamiento, vio claro que no volvería a escribir ni a trabajar, como un héroe romano dio permiso al médico para que pusiera fin al dolor. Era el final grandioso para una vida grandiosa, una muerte memorable incluso en medio de las hecatombes de aquella época asesina. Y cuando sus amigos sepultamos su ataúd en tierra  inglesa, sabíamos que  entregábamos lo mejor de nuestra patria.
En aquellas horas con  Freud a menudo hablamos del  mundo de Hitler  y de la guerra. Como  persona estaba profundamente conmovido, pero como pensador no le sorprendía en absoluto aquel escalofriante estallido de bestialidad. Siempre lo habían tachado de pesimista, decía, porque negaba la supremacía de la  cultura sobre los instintos; ahora se podía ver  horriblemente confirmada-y en verdad no estaba nada orgulloso de ello-su opinión de que  la barbarie, el elemental instinto de destrucción, era  inextirpable del alma humana. Quizás, en siglos venideros, se encontraría un modo, al menos en  la vida común de los pueblos, de reprimir tales instintos; en la vida  cotidiana, sin embargo, subsistían en la naturaleza humana más íntima como fuerzas inextirpables y quizá necesarias. Le preocupaba más,  en sus últimos días, el  problema del judaísmo y  su  tragedia  actual; para este caso el científico no poseía  ninguna fórmula y su espíritu lúcido, ninguna respuesta. Recientemente había publicado su estudio sobre Moisés, en el que lo presentaba como a un no-judío, sino como egipcio, y con esta afirmación, científicamente difícil de justificar, hirió tanto a los judíos creyentes como a los judíos con conciencia nacional. Ahora  lamentaba la  publicación de ese libro en  la hora más funesta para el judaísmo, «ahora que  todo se les quita, yo les quito  a su mejor hombre». Tuve que darle la razón en el sentido de que los judíos se habían vuelto siete veces más sensibles, pues, en  medio de la omnipresente tragedia mundial, ellos eran sus auténticas víctimas, y lo eran en todas partes, ya que, azorados ya antes del  golpe, sabían que toda abominación primero se desplomaría sobre ellos, y multiplicada por  siete, y que el hombre más rabioso de odio  de todos los tiempos trataría de humillarlos y perseguirlos, precisamente a ellos, hasta los confines de la tierra e incluso bajo  tierra. Semana tras semana, mes tras mes, llegaban cada vez más refugiados, que  parecían cada vez más pobres y más angustiados que los que les habían precedido. Los primeros, los que habían salido de Alemania con más  premura, aún habían podido salvar la ropa, las maletas y los enseres de la casa y muchos incluso algún dinero. Pero cuanto más  tiempo habían confiado en Alemania, cuanto más  les había costado desprenderse de su amada patria, más severamente habían sido castigados. Primero les quitaron la profesión, les prohibieron la entrada en los teatros, cines y museos, y a los investigadores, el acceso a las bibliotecas: seguían allí por fidelidad o pereza, por cobardía u orgullo. Preferían ser humillados en su patria a humillarse como pordioseros en el extranjero. Luego se les  privó del personal de servicio y se les  quitó  las radios y los teléfonos de las viviendas; después, las viviendas mismas; a continuación se les obligó a llevar pegada la estrella de, David, para que todo el mundo los reconociera, los evitara y escarneciera en la calle como a leprosos, expulsados y proscritos. Se les privó de todos los derechos, se ejerció sobre ellos con sadismo toda  clase de violencia física y psíquica y, de repente, se convirtió en espeluznante verdad el viejo dicho popular ruso: «Del saco de mendigo y de la cárcel, nadie está a salvo.» Al que no se marchaba se le mandaba a un campo de concentración, donde la disciplina alemana ablandaba hasta al más orgulloso, y después, una vez desposeído de todo, se le expulsaba del país con  un solo  traje y diez  marcos en el bolsillo, sin preguntarle adónde quería ir. Y entonces hacían cola en la frontera, imploraban en los consulados, casi siempre en vano, pues ¿qué país quería a gente desvalijada y pordiosera? Nunca olvidaré el cuadro que se me ofreció a la vista una vez que entré en una agencia de viajes de Londres;  estaba abarrotada de refugiados, casi todos judíos, y todos querían ir a algún  lugar. Les daba igual a qué país, a los hielos del polo Norte o a la hirviente caldera de las arenas del Sahara, lo importante era irse lejos, muy  lejos, pues el permiso de residencia había caducado y tenían que proseguir su camino, emprender viaje con mujer e hijos a otros lugares, bajo  otras estrellas, a un mundo de habla  extraña, entre personas a las que no conocían y que no querían forasteros. Encontré allí a un vienés, en otro tiempo  rico  industrial y a la vez uno de nuestros coleccionistas de arte  más inteligentes. De momento no lo reconocí, de tan lívido, viejo y cansado como estaba. La debilidad le obligaba a  apoyarse en la mesa con ambas manos.  Le pregunté adónde quería ir:

-No lo sé -dijo-. Quién nos pregunta hoy lo que queremos? Uno va allí donde le permiten ir. Alguien  me ha dicho  que aquí se puede obtener un visado para  Haití o Santo Domingo.

El corazón me dio un vuelco. ¡Un hombre viejo y agotado, con hijos y nietos, que tiembla con la esperanza de poder trasladarse a un país que nunca ha visto en el mapa,  sólo para ir tirando, para  pedir limosna y seguir siendo un extraño y un inútil! A su  lado  alguien preguntó con ansia desesperada el  modo  de llegar a Shanghái, pues  le habían dicho que los chinos todavía  acogían a refugiados. Y así se  amontonaban unos al lado de otros, ex catedráticos, ex directores de banco, ex comerciantes; ex hacendados, ex músicos, todos ellos dispuestos a arrastrar las miserables ruinas de su existencia allá dónde fuere, por tierra y por mar, a hacer cualquier cosa,  a soportar cualquier cosa, ¡pero lejos  de  Europa, lejos, lejos! Era un grupo fantasmal. Pero lo más trágico para mí era pensar que aquellas cincuenta personas maltratadas representaban sólo la dispersa y minúscula vanguardia del inmenso ejército de cinco, ocho o quizá 'diez millones de judíos que  ya estaban a punto de marchar tras ellos, de todas las personas desposeídas y, por si eso fuera poco, pisoteadas  luego por la  guerra, que esperaban  los envíos de las instituciones de  beneficencia, los permisos de las autoridades y el dinero para  el viaje, una masa gigantesca que, criminalmente espantada y huyendo con pánico del incendio hitleriano, asediaba las estaciones de  tren en todas las fronteras y llenaba las cárceles, todo  un pueblo expulsado al que  se negaba el derecho a ser pueblo y, sin embargo, un pueblo que durante dos mil años no había  deseado otra cosa que no tener que  emigrar nunca más y sentir bajo  sus  pies  en  reposo una tierra, una tierra  tranquila y pacífica. (...)

Nada  hay más fantasmagórico que quien  se creía muerto y enterrado hacía tiempo vuelva a aparecerse en la vida,  con  la misma forma  y figura. Había llegado el  verano de 1939,  Munich  había pasado ya  a la historia con su breve ilusión de peace for our  time;  Hitler  había atacado y anexionado la mutilada Checoslovaquia, rompiendo juramentos y  promesas; Kláipeda había sido ocupada; la prensa alemana, artificialmente encauzada por el delirio, reclamaba Danzig y el corredor polaco. Inglaterra se despertó con un amargo regusto de su leal credulidad. Incluso la  gente sencilla e inculta, que sólo por  instinto aborrecía la guerra, empezó a exteriorizar con  vehemencia su  enojo. Todos los ingleses, normalmente tan  reservados, le dirigían a uno la palabra: el portero que guardaba  nuestro espacioso bloque de pisos, el liftboy del ascensor, la camarera que arreglaba las habitaciones. Nadie entendía  muy  bien lo  que pasaba, pero todo el mundo recordaba una cosa, algo innegablemente manifiesto: que Chamberlain, el primer ministro de Inglaterra, había volado tres veces a Alemania para  salvar  la paz y que ninguna de las concesiones hechas de buena fe había satisfecho a Hitler. En el Parlamento inglés se oyeron de pronto palabras duras: Stop agresión! Por doquier seveían preparativos para (o, más propiamente  dicho, contra) la inminente guerra. De nuevo se cernieron sobre Londres los globos de defensa-todavía tenían el inocente aspecto de elefantes de juguete para niños-, de nuevo se abrieron los refugios antiaéreos y se revisaron las caretas antigás que se  habían distribuido. La situación se había vuelto tan tensa como un año antes, quizás incluso más, pues esta vez el gobierno ya no tenía detrás a una población cándida e ingenua, sino a una decidida y exasperada

Yo había abandonado Londres durante  aquellos meses para retirarme al campo, en  Bath. En  toda  mi vida no había sentido de un modo más cruel la impotencia del  hombre frente a los acontecimientos mundiales. He aquí a un hombre despierto, pensante, que trabajaba al margen de la política,  consagrado a su trabajo y dedicado, tranquilo y tenaz, a transformar sus años en obras. Y allá, en algún  lugar, invisibles, una docena de otros hombres, a los que no conocía ni había visto nunca, unos  cuantos en la Wilhelmstrasse de Berlín, otros en el Quai d'Orsay de París y otros más en el Palacio Venecia  de Roma y en Downing Street de Londres, esos diez o veinte hombres, muy pocos de los  cuales habían demostrado hasta el momento una sensatez y una habilidad especiales, hablaban, escribían, telefoneaban y pactaban cosas que los demás no sabíamos. Tomaban decisiones en las que-no teníamos arte ni. parte y de cuyos detalles no llegábamos a enteramos, y, sin embargo, disponían así,  irrevocablemente, de mi vida y de la de todos  los  europeos. Mi destino estaba en sus  manos  y no  en las mías.  Nos aniquilaban o nos  perdonaban la vida;  nosotros, impotentes, nos concedían la libertad o nos esclavizaban, decidían la guerra o la paz para millones de seres. Y heme a mí sentado en mi habitación, como todos los demás, indefenso como una mosca, impotente como un caracol, mientras estaba en juego mi muerte o mi vida, mi «yo» más íntimo y mi futuro, los pensamientos que se formaban en mi cerebro, los proyectos nacidos o todavía por nacer, mi sueño y mi vigilia, mi voluntad, mis bienes, todo  mi ser.  Heme  sentado, esperando con  ansiedad y la vista fija en el vacío, como un condenado en su celda, encerrado entre cuatro paredes y encadenado en una espera absurda y lánguida, y los compañeros de cautividad preguntando a diestra y siniestra, aconsejando y charlando, como  si ninguno de nosotros supiera o pudiera saber cómo y qué decidirían respecto a nosotros. Sonaba el  teléfono y un  amigo me preguntaba qué  opinaba. Tenía ante mí el periódico, que  me desconcertaba más aún. Escuchaba la radio y un comentario contradecía el anterior. Salía a la calle y la primera persona con la que  tropezaba me pedía la opinión, a mí, tan ignorante como ella: ¿habría guerra o no? Y yo, en mi ansiedad, también preguntaba, hablaba, charlaba y discutía, aun sabiendo de sobra que todo conocimiento, toda experiencia y  toda  previsión adquiridas o inculcadas a lo largo de los años eran fútiles ante las decisiones de aquella docena de extraños y que, por segunda vez en el transcurso de veinticinco años, me encontraba de nuevo sin fuerza ni voluntad frente al destino y los pensamientos latían vacíos de sentido en mis doloridas sienes. Al final no pude soportar la gran ciudad por más tiempo, porque en cada esquina los posters, los carteles pegados, me acometían con palabras chillonas como perros hostiles, y también porque, sin querer, podía  leer los pensamientos en la frente de los miles de seres que pasaba por mi lado como una exhalación. Y, en realidad, todos pensábamos lo mismo, pensábamos únicamente en el  «SÍ» o el «no», en el negro o el  rojo de la  jugada decisiva en  la que, en mi caso, se apostaba mi vida  entera, los últimos años que el destino me reservaba, mis libros no escritos, todo lo que hasta entonces había considerado mi misión y daba sentido a mi vida.

Pero  la bolita, con  una lentitud exasperante, daba vueltas indecisa de un lado para otro en la ruleta de la diplomacia. De aquí para allá, de allá para aquí, negro y rojo,  rojo  y negro, esperanza y desencanto, buenas y malas noticias, y nunca la última, la  decisiva. «¡Olvida!», me decía a mí mismo. «Huye,   refúgiate en la espesura más íntima de tu ser, en tu trabajo, ahí donde sólo eres tu "yo" anhelante, no un ciudadano, no el objeto de ese juego infernal, ahí, el único lugar donde la poca razón que te queda todavía puede actuar con sensatez en  un mundo que ha enloquecido.»

No me  faltaba una misión. Durante años había ido  acumulando sin cesar el material preliminar para un gran estudio  en dos volúmenes de la vida y obra de Balzac, pero no había tenido valor suficiente para dar comienzo a una obra tan extensa y proyectada a tan largo plazo. Sin embargo, justo ahora el desánimo me daba ánimos para dedicarme a ella. Me  retiré a  Bath, y precisamente a  Bath porque esa ciudad, en la que habían escrito muchos de los mejores autores de la gloriosa literatura inglesa, Fielding sobre todo, ofrecía a la mirada tranquila, con más fidelidad y fuerza que cualquier otra ciudad inglesa, la apariencia de un siglo diferente, más pacífico: el XVIII. Aunque, ¡qué contraste tan doloroso el de aquel paisaje suave y dotado de plástica belleza, frente a la creciente agitación del mundo y de mis pensamientos! Tan provocativamente espléndido fue aquel agosto de 1939 en Inglaterra como lo había sido en 1914 el mes de julio más hermoso que recuerdo haber pasado en Austria. De nuevo el cielo suave, de un azul sedoso como una divina tienda de paz; de nuevo la benéfica luz del sol sobre los prados y los bosques, además de una indescriptible magnificencia de flores: la misma gran paz sobre la Tierra, mientras sus habitantes se preparaban para la guerra. Igual que entonces, la locura humana parecía increíble ante aquel florecimiento exuberante, tranquilo y tenaz, ante aquella quietud que se respiraba en los valles de Bath y que se deleitaba en sí misma, unos valles que  por  su misterio me recordaban los del  paisaje de Bath en  1914.

Y una vez más no quería creerlo. Una vez más me preparaba, como entonces, para un viaje  de verano. Se había fijado el congreso del PEN Club en Estocolmo para la primera semana de septiembre de 1939 y los compañeros suecos me habían invitado a asistir como huésped de honor, puesto que  yo era un anfibio que ya no representaba a ninguna nación. Los amables anfitriones ya habían dispuesto de antemano las comidas del  mediodía y de la noche para las semanas venideras. Yo había reservado con antelación un pasaje para el  barco, cuando empezaron a llegar en  tropel las  alarmantes noticias sobre la inminente movilización. Según todas las leyes de la razón, hubiera tenido que empaquetar en seguida todos mis libros y manuscritos y salir de Inglaterra, que era una posible zona de guerra: yo era  extranjero en ese país y, en caso de, guerra, me convertiría de inmediato en extranjero enemigo, amenazado con padecer todas las restricciones de libertad imaginables. Pero algo inexplicable se  oponía dentro de mí a la huida para ponerme a salvo. En parte era  obstinación, el deseo de no seguir huyendo toda la vida, pues, a pesar de todo, el destino me  perseguiría allá donde fuera, pero en parte también era cansancio. «Acojamos el  tiempo tal como él nos quiere», me decía con  Shakespeare. Si te  quiere, ¡no te resistas por  más tiempo, a tus casi sesenta arios! Ya no te robará lo mejor  que tienes, tu vida vivida  hasta ahora. Así, pues, me quedé. No obstante, quería poner el máximo posible de orden en mi vida civil y pública, y como  tenía intención de volverme a casar, no quería perder un instante, no fuera a ser que el internamiento en un campo de concentración o cualquier otra medida imprevista me separaran de mi futura compañera. De modo que una mañana -era el 1° de septiembre, un día festivo-fui al registro civil de Bath  para inscribir mi boda. El funcionario aceptó los papeles y se mostró sumamente amable y solícito. Comprendió perfectamente, como todo el mundo en aquellos tiempos, nuestro deseo de acelerar los trámites en lo posible. La boda quedó fijada para el día  siguiente; cogió  la pluma y empezó a escribir nuestros nombres en el registro con letra redondilla.

En aquel momento -serían las  once- se  abrió de golpe la puerta de la habitación contigua. Irrumpió en la nuestra un funcionario joven  que  se  ponía  la chaqueta mientras caminaba.
-¡Los alemanes han  invadido Polonia! ¡Es la guerra! -anunció a gritos  en aquella sala silenciosa.
La noticia me golpeó el corazón como un martillazo.  Pero el corazón de nuestra generación ya estaba acostumbrado a toda clase de golpes duros.
-No necesariamente significa  la guerra -dije yo, sinceramente convencido. Pero el funcionario por poco se enfadó conmigo.
-¡No! -gritó furioso-. ¡Ya basta! ¡No podemos tolerar que esto se repita cada seis meses! ¡Tiene que terminar!

Mientras tanto el otro funcionario, que había empezado a redactar nuestro certificado de matrimonio, dejó caer la pluma con ademán pensativo. Al fin y al cabo, debió de pensar, nosotros éramos extranjeros y, en caso de guerra, nos convertiríamos automáticamente en enemigos. No sabía si, dadas  las circunstancias, era lícito permitirnos contraer matrimonio. Dijo que lo lamentaba, pero que  prefería pedir instrucciones a Londres. Los dos días siguientes fueron días de espera, esperanza y miedo, dos días de terrible tensión. En la mañana del domingo la radio dio la noticia de que Inglaterra había  declarado la  guerra a Alemania.

Fue una mañana singular. Nos  alejamos de la radio, que había lanzado al espacio un mensaje que iba  a durar siglos, un mensaje destinado a transformar totalmente nuestro mundo y la vida de cada uno de nosotros, un mensaje que encerraba la muerte para  miles de los que lo escuchaban en silencio; aflicción  y desventura, desesperación y amenaza para  todos  nosotros; un mensaje del  que quizá no se sacaría la lección hasta el cabo de años y más años. Una vez más era la guerra, una guerra más terrible y de peores consecuencias que cualquiera anterior. Una vez más  se terminaba una época, una vez más  empezaba una época nueva. Permanecíamos en silencio en la habitación, de pronto sumida en una quietud sepulcral, y evitábamos miramos. De fuera llegaba el gorjeo despreocupado de pájaros, que,  en  su  frívolo  juego amoroso, se dejaban llevar por el suave viento, y los árboles se balanceaban en  el dorado resplandor de la luz, como si sus hojas quisieran tocarse tiernamente como labios amorosos. Una vez  más la viejísima madre naturaleza no sabía nada de las angustias de sus criaturas.

Fui a mi habitación y coloqué mis cosas en una maleta. Si se confirmaba lo que había predicho un amigo que ocupaba; un cargo importante, en Inglaterra a los austriacos nos contarían entre los alemanes y cabía esperar que nos impusieran las mismas  restricciones; quizás aquella misma noche ya no me dejarían dormir en mi cama. Había bajado un escalón más:  desde hacía una hora ya no era sólo un extranjero en aquel país, sino también el enemigo, un extranjero enemigo, exiliado por la fuerza en  un lugar  donde no se hallaba su corazón palpitante. ¿Se podía imaginar una situación más absurda para un hombre expulsado hacía tiempo de una Alemania  que lo había estigmatizado como anti alemán a causa  de su raza y de su modo de pensar, que la de encontrarse en otro país donde, por un decreto burocrático, le imponen una comunidad de la cual, como austriaco, nunca ha formado parte? De un plumazo  el sentido de toda una vida se había convertido en contrasentido; yo escribía y pensaba en alemán, pero cada idea  que concebía, cada deseo que sentía, pertenecía a los. países que  se  alzaban en  armas por la libertad del mundo. Cualquier otro vínculo, todo lo anterior y pasado, se había roto  y destruido, y yo sabía que, después de esta  guerra, todo debería volver a empezar de nuevo,  pues la misión más  íntima a la que había dedicado toda  la fuerza de mi convicción durante cuarenta años, la unión pacífica  de Europa, había fracasado. Aquello que yo temía  más que a la propia muerte, la guerra de todos contra todos, se había  desencadenado por segunda vez. Y quien  había luchado con pasión durante toda su vida  por  la solidaridad humana y por la unión de los espíritus, se sentía en aquellos momentos -que exigían como nunca una comunión absoluta-, inútil y solo como en ninguna otra época anterior a causa de esa brusca segregación.

Bajé al centro de la ciudad para echar una última mirada a la paz. Resplandecía serena a la luz del mediodía y no me pareció diferente de como solía ser.  La gente seguía su camino de costumbre con su paso habitual. No corría, no formaba corros en mitad de la calle. Su comportamiento aparecía  tranquilo y sereno, propio de los domingos, y por un momento me pregunté: ¿acaso todavía no lo saben? Pero eran ingleses, acostumbrados a reprimir sus sentimientos. No necesitaban banderas ni tambores, ruido ni música, para  afirmarse en su tenaz determinación, desprovista de patetismo. ¡Qué diferente de aquellos días de julio de 1914 en Austria, pero qué  diferente era yo ahora de aquel joven de entonces, cuán cargado de recuerdos! Sabía qué significaba la guerra y, contemplando los comercios relucientes y  repletos de  artículos, veía de nuevo, en una visión intensísima, los de 1918, desvalijados y vacíos y que me miraban con ojos desencajados. Veía, como alguien que sueña despierto, una larga cola de mujeres afligidas ante las tiendas de comestibles, a madres vestidas de luto, a heridos, a inválidos: todo el tremendo horror de antes volvía como un fantasma a la luz radiante del mediodía. Recordaba a nuestros viejos soldados, exhaustos y andrajosos, que regresaban del campo de batalla; con el corazón palpitante percibía la guerra pasada en la que ahora empezaba y que todavía ocultaba su horror a las miradas. Y sabía que  una vez más todo lo pasado estaba prescrito y todo lo realizado, destruido: Europa, nuestra patria, por la que habíamos vivido, sería devastada más allá de nuestras propias vidas. Comenzaba algo  diferente, una época nueva,  pero ¡cuántos infiernos y purgatorios había  que  recorrer todavía para llegar a ella!

El sol  brillaba con  plenitud y fuerza. Mientras regresaba a casa,  de pronto observé mi sombra ante mí, del mismo modo que veía la sombra de la otra guerra detrás de la  actual. Durante todo ese tiempo, aquella sombra ya  no se apartó de mí; se cernía sobre mis  pensamientos noche y día; quizá su oscuro contorno se proyecta también sobre muchas páginas de este libro. Pero toda sombra es, al fin y al cabo, hija  de la luz y sólo quien ha conocido la claridad y las  tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, sólo éste ha vivido de verdad."

Stefan Zweig, El mundo de ayer.

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