martes, 13 de noviembre de 2012

Calvino






"Todas las dictaduras comienzan con una idea, pero toda idea adquiere forma y carácter a través del hombre que la lleva a cabo. Inevitablemente, la doctrina de Calvino, como creación espiritual, debe de parecerse en sus rasgos a su creador. Y basta con echar un vistazo a su rostro, para saber de antemano que será ruda, más hosca y menos alegre que cualquier otra interpretación anterior del cristianismo. El rostro de Calvino es como el karst, uno de esos paisajes rocosos solitarios y apartados, cuya silenciosa reserva no tiene en cuenta nada humano, sólo a Dios. A ese rostro de asceta sin edad, que no irradia ninguna bondad, ningún consuelo, le falta todo aquello que hace que la vida por lo general sea fecunda, llena, placentera, floreciente, cálida y sensual. Todo en ese óvalo alargada y sombrío es duro y feo, anguloso y falto de armonía: la frente, estrecha y severa, bajo esos ojos de mirada profunda y trasnochada que refulgen como carbones; la nariz, afilada, de pico, avanza imperiosa entre las hundidas mejillas; la boca fruncida y como cortada a cuchillo, en la que muy rara vez se vio aflorar una sonrisa. Ni el más leve rubor alumbra esa piel desprendida, seca, agostada y de color ceniciento. Igualmente grises y arrugadas, igualmente enfermas y pálidas están sus mejillas excepto en los escasos segundos en los que la ira las inflama con manchas de tísico, de modo que parece como si una fiebre interna les hubiera chupado vampíricamente la sangre. En vano, la larga y ondeante barba de profeta bíblico, que todos sus alumnos y discípulos imitan obedientemente, busca insuflar cierta apariencia de masculina energía a ese rostro bilioso y amarillo. Pero tampoco esa barba tiene savia ni cuerpo, no mana poderosa como la de Dios Padre, sino que desciende sinuosa en finas guedejas, como una triste maleza brotando en medio de un terreno rocoso.
El de un vehemente visionario, abrasado y consumido por su propio espíritu, ése es el aspecto de Calvino en los retratos de la época. Y está uno a punto de sentir compasión hacia ese hombre agotado, al borde de sus fuerzas, minado por su propio ardor, cuando al bajar la mirada se siente un repentino estremecimiento ante sus manos, desagradables como las de un avaro, esas manos magras, sin carne, sin color, que, frías y huesudas como garras, con sus duras miserables articulaciones saben retener todo lo que alguna vez pudieron acaparar. Resulta impensable que esos dedos que parecen piernas hayan jugueteado alguna vez delicadamente con una flor, que hayan acariciado al cuerpo cálido de una mujer, que cordial y alegremente hayan ido al encuentro de un amigo. Son las manos de un hombre implacable, y gracias a ellas se presiente la enorme y terrible fuerza de dominio y contención que en vida emanó de este hombre.
¡Qué falto de luz y de alegría, qué solitario y reservado, el rostro de Calvino! Sería inconcebible que alguien quisiera colgar el retrato de este hombre inflexible, siempre con un retador gesto de desaprobación, en la pared  de su cuarto. A cualquiera se le helaría la sangre al sentir que la mirada vigilante del menos amable de todos los hombres acechaba constantemente su actividad diaria. Uno puede imaginarse lo bien que hubiera pintado Zurbarán a Calvino, con ese estilo riguroso de la escuela española tal y como representó a tantos ascetas y anacoretas: oscuros en medio de la oscuridad, aislados del mundo y alojados en cavernas, con el libro ante ellos, siempre con el libro o, a lo sumo, también con una calavera y la cruz como únicos símbolos de una existencia espiritual y religiosa. Y a su alrededor, una soledad fría, negra, impenetrable, pues ese espacio de respeto, inaccesible a los hombres, fue fraguándose durante toda una vida en torno a Calvino. Desde muy joven, vistió siempre de ese mismo negro riguroso. Negro, el birrete sobre la corta frente, mitad capucha de monje, mitad casco de asalto de un soldado. Negro, el traje amplio que le caía hasta los pies, la indumentaria del juez que sin interrupción ha de castigar a los hombres, o la del médico que eternamente ha de curar sus pecados y debilidades. De negro, siempre negro, siempre del color de la gravedad, de la muerte y del rigor. Calvino apenas se mostró nunca de otra forma que no fuera con las ropas y como el símbolo de su cargo, pues únicamente quiso ser visto y temido por los demás como el servidor de Dios, nunca que le quisieran como hombre, como un hermano. Pero no sólo fue duro con el mundo, también lo fue consigo mismo. A lo largo de toda su vida aplicó la disciplina a su propio cuerpo, concediéndole únicamente lo indispensable en cuanto a alimentación y descanso, reconociendo lo corporal sólo en bien del espíritu. Tres, a lo sumo cuatro horas de sueño por la noche. Una única comida frugal a lo largo del día, y ésta tomada a toda prisa junto al libro abierto. Jamás un paseo, un juego, una alegría, una distracción y, sobre todo, jamás un verdadero placer. En definitiva, en su fanática entrega, Calvino únicamente obró, meditó, escribió, trabajó y lucho por lo espiritual, pero jamás vivió una sola hora para sí mismo.
Esa carencia absoluta de sensualidad, junto con su eterna falta de jovialidad, es el rasgo más característico de Calvino. No es de extrañar que él mismo fuera el mayor peligro para su propia doctrina, pues mientras los otros reformadores creen servir a Dios fielmente cuando, agradecidos, reciben de sus manos todos los dones de la vida, cuando, como seres humanos normales y sanos, se alegran de sus salud y disfrute, cuando hasta Zvinglio, en su primer destino como párroco, deja un hijo fuera de matrimonio, y Lutero en una ocasión, riendo, repite tres veces "lo que la mujer no quiere, lo hace la criada", mientras todos ellos beben y se hartan de comida y ríen audaces, en Calvino toda sensualidad ha sido reprimida por completo o existe sólo una vaga sombra de ella. Como intelectual fanático sólo vive en la palabra y en el espíritu. Sólo comprende y tolera lo ordenado, nunca lo extraordinario. Jamás este desapasionado fanático esperó ni recibió placer con nada de lo que provoca embriaguez, ni con el vino, ni con las mujeres, ni con el arte, con ninguno de los dones que Dios ha puesto en la tierra. La única vez que, para responder a las exigencias de la Biblia, pretende a una mujer, la petición se lleva a cabo de una manera tan cómicamente fría y práctica que parece que se trata de encargar un libro o un nuevo birrete. En lugar de ocuparse personalmente de pasar revista a las tropas, Calvino encarga a sus amigos que le busquen una esposa adecuada, con lo que este furibundo enemigo de los sentidos estuvo a punto de encontrarse con una muchacha licenciosa. Finalmente, el desengañado se casa con la viuda de un anabaptista al que él había convertido, pero el destino le ha vedado tanto hacer feliz a alguien como serlo él mismo. El único hijo que su mujer trae al mundo muere a los pocos días, y casi se podría  decir que es lógico, teniendo en cuenta la pálida sangre y la frialdad de los sentidos con los que ha sido engendrado. Y cuando poco después su mujer le deja, convirtiéndole en viudo, para este hombre de treinta y seis años, no sólo ha quedado despachado de una vez para siempre el tema del matrimonio, sino también el de la mujer. Hasta su muerte, es decir,  a lo largo de los veinte mejores años en la vida de un hombre, este asceta voluntario, dedicaba únicamente a lo espiritual, a lo religioso, a la "doctrina", nunca más tocará a una mujer.
Pero el cuerpo de un hombre, al igual que el espíritu, reclama su derecho a desarrollarse. Y quien lo violenta lo paga caro. Por instinto, en un cuerpo terrenal cada órgano aspira a desplegar plenamente el sentido que por naturaleza le corresponde. La sangre, de cuando en cuando, quiere fluir de un modo más salvaje. El corazón, latir más apasionadamente. Los pulmones, exaltarse de júbilo. Los músculos, moverse. El semen, esparcirse. Y quien con su intelecto contiene permanentemente estos deseos vitales, oponiéndose a ellos con energía, se encuentra con que esos órganos al final se revelan contra él. La venganza del cuerpo de Calvino contra su carcelero es terrible. Para dar pruebas de su presencia al asceta que los a tratado como si no existieran, los nervios inventan constantes tormentos contra el déspota. Probablemente pocos hombres de espíritu hayan sufrido tanto como Calvino y durante toda su vida la revuelta de su propia constitución. En sucesión ininterrumpida, un achaque sustituye a otro. Casi cada carta de Calvino da cuenta del pérfido ataque de una nueva y sorprendente enfermedad. Tan pronto son migrañas, que le postran días enteros en el lecho, como aparecen de nuevo los dolores de estómago, de cabeza, las hemorroides, los cólicos, los enfriamientos, los ataques de nervios y los vómitos de sangre, los cálculos biliares y el ántrax. Tan pronto, la fiebre altísima como los escalofríos, reumatismos y afecciones de vejiga. Constantemente, los médicos han de velar junto a él, pues en ese cuerpo delicado y frágil no hay un solo órgano que, malicioso, no le provoque dolor y enojo. En una ocasión Calvino, gimiendo, escribe: "Mi salud es como una muerte incesante."
Pero este hombre eligió como divisa las siguientes palabras: "per mediam desperationem prorumpere convenit", es decir, con renovadas fuerzas resurgir del abismo de la desesperación. La demoníaca energía espiritual de este hombre no se deja robar ni una sola hora de trabajo. Contrariado continuamente por su propio cuerpo, Calvino le demuestra una y otra vez la voluntad suprema del espíritu. Si no puede arrastrarse hasta el púlpito por culpa de la fiebre, se hace llevar hasta la iglesia en una silla de mano para dar un sermón. Si ha de faltar a la sesión del Consejo, los magistrados se reúnen en su casa. Si está postrado en el lecho, en el paroxismo de la fiebre, con el cuerpo sacudido por los escalofríos y bajo el peso de cuatro o cinco mantas calentadas al fuego, dicta por turnos a dos o tres fámulos que se sientan junto a él. Si se va a pasar un día a la quinta de unos amigos próxima a la ciudad, para respirar aire más libre, en el coche le acompañan secretarios, y apenas ha llegado, los mensajeros galopan ya hacia la ciudad de vuelta. Y una vez más coge la pluma, una vez más se pone manos a la obra. Es imposible imaginar inactivo a Calvino, ese demonio de la aplicación que trabajó durante toda su vida sin una sola pausa. Aún duermen las casas, aún no ha despertado la mañana, y el a rue des Chanoines, en su escritorio, ya está encendido el candil. Y de nuevo, pasada la medianoche, hace ya tiempo que todo está en silencio y aún sigue brillando en su ventana esa luz como quien dice eterna. Su rendimiento resulta incomprensible. Se podría creer que trabajó  con cuatro o cinco cerebros al tiempo, pues de hecho este hombre ininterrumpidamente enfermo llevó a cabo la labor de cuatro o cinco oficios. El cargo que de hecho le estaba encomendado, el de predicador en la iglesia de san Pedro, es sólo entre los muchos que, con su histérico afán de poder, fue acaparando progresivamente. (...) Aquí uno quiere casarse, allí otro anular su matrimonio: ambos caminos llevan a Calvino, pues en Ginebra ningún acontecimiento religioso tiene lugar sin su aprobación, sin su consejo. Pero, ¿esa vocación autocrática se limita a su propio reino, a las cuestiones de espíritu? Para alguien como Calvino su poder no tiene límites, pues como teócrata quiere que todo lo terrenal se someta a lo divino y espiritual. Enérgico, extiende su mano firme sobre todo lo que ocurre en la ciudad. Apenas pasa un solo  día en el que no se encuentre en las actas del Consejo la siguiente observación: en esto habría que consultar a Calvino. Nada escapa, nada pasa por alto a esa mirada vigilante, infatigable, y habría que admirar el prodigio que supone ese cerebro en constante actividad, si semejante ascetismo del espíritu no fuera al mismo tiempo un inmenso peligro, pues quien es capaz de renunciar por completo al disfrute de la vida, querrá e intentará imponer como ley y como norma esa misma renuncia, que en él es voluntaria, a todos los demás. Obligar de modo antinatural a los otros a hacer lo que para él es natural. El asceta, como por ejemplo, Robespierre, es siempre el tipo de déspota más peligroso. Quien no comparte de lleno y espontáneamente lo humano, se comportará siempre de forma inhumana frente a los hombres."

Stefan Zweig, Castellio contra Calvino

1 comentario:

  1. Sólo agradeceros, una vez más, que pongáis pasajes de Stefan Zweig. Éste, de Castellio contra Calvino, es uno de mis favoritos.

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