miércoles, 28 de noviembre de 2012

Caballero, su dirección; le desprecio







"Para ser un neófito que, por altivez, jamás preguntaba a nadie, Julián no incurrió en excesivas torpezas. Un día, obligado por un repentino chaparrón a guarecerse en un café de la calle Saint-Honoré, un hombre corpulento vestido de con un abrigo de castor, extrañado de su semblante sombrío, se le quedó mirando exactamente de la misma forma en que un día lo hiciera en Besaçon el amante de Amanda.
Julián se había reprochado demasiadas veces el haber dejado pasar aquel primer insulto, para soportar ahora sin inmutarse esta mirada. Pidió explicaciones. El hombre del abrigo le dirigió entonces las injurias más soeces. Todos los que estaban en el café hicieron círculo alrededor de ellos, y hasta los transeúntes se detenían en la puerta. Por una precaución de provinciano, Julián llevaba siempre consigo un par de pistolas. En aquel momento su mano las empuñaba dentro del bolsillo con movimiento convulsivo. Sin embargo, tuvo serenidad y se limitó a repetir una y otra vez a su oponente: Caballero, su dirección; le desprecio.
La insistencia con que pronunciaba aquellas cinco palabras acabó por llamar la atención de los curiosos.
-¡Caramba!, ése que despotrica no tiene más remedio que darle su nombre.
El hombre del abrigo, al oír reiteradamente aquel comentario, arrojó a la cara de Julián cinco o seis tarjetas. Afortunadamente no le alcanzó ninguna; Julián se había propuesto no hacer uso de las pistolas más que en caso de que el otro le tocara. El hombre se marchó, no sin volverse de vez en cuando para amenazarle con el puño y para seguir con su retahíla de insultos.
Julián se sintió bañado en sudor.
"¿De modo que el hombre más despreciable tiene el poder de alterar mi serenidad hasta tal punto? - se decía con rabia-. ¿Cómo matar en mí tan humillante sensibilidad?"

Stendhal, Rojo y negro.

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