jueves, 4 de octubre de 2012

Un desprecio que no se fundaba en nada






"El ayudante de campo de servicio rogó al príncipe Andrey que esperase y fue a ver al ministro de la Guerra. Volvió al cabo de cinco minutos y, haciendo una reverencia cortés para dejar pasar al príncipe, lo llevó pasillo adelante al despacho del ministro. Por cortesía extremada, el ayudante de campo parecía desear preservarse de toda familiaridad con su colega ruso. La alegría del príncipe Andrey disminuyó notablemente según se acercaba a la puerta del despacho. Se sentía ofendido y ese sentimiento se transformó acto seguido, y de un modo imperceptible para él, en un desprecio que no se fundaba en nada. En aquel momento su vivo espíritu le presentó consideraciones que le daban derecho a despreciar al ayudante de campo y al ministro de Guerra. "A ellos les debe de parecer muy fácil obtener victorias sin oler la pólvora", pensó. Sus ojos se fruncieron con desprecio y entró en el despacho con gran lentitud. Este sentimiento aumentó cuando vio al ministro de Guerra, sentado ante una gran mesa, que durante dos minutos no le presto la menor atención. El ministro, con su cabeza calva de sienes canosas inclinada entre dos velas de cera, leía unos documentos que subrayaba con lápiz. Estaba acabando de leer en el momento en que se abrió la puerta y se oyeron pasos, pero no levantó la cabeza.
-Tome esto y transmítalo -dijo a su ayudante, tendiéndole los documentos.
El príncipe Andrey se dio cuenta de que de todos los asuntos que ocupaban al ministro, los que menos le interesaban eran las operaciones del ejército de Kutuzov o bien que quería dar a entender eso a un correo ruso. "A mí eso me tiene sin cuidado", pensó. El ministro arregló cuidadosamente los demás papeles y levantó la cabeza. Su rostro era enérgico e inteligente, pero en el momento en que se dirigió al príncipe Andrey su expresión se modificó conscientemente y por costumbre reflejó una sonrisa fingida y estúpida, que no disimulaba la afectación; era la sonrisa de un hombre que recibe muchos solicitantes, uno tras otro."

León Tolstói, Guerra y Paz

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