lunes, 8 de octubre de 2012

Si Homero hubiera conocido a Ulises







«Nunca me he creído eso de que la vida imita al arte, es una boutade que ha hecho fortuna porque es facilona, la realidad supera siempre a la imaginación, por eso es imposible escribir determinadas historias, pálidas evocaciones de cuanto ocurrió realmente. Pero dejémonos de teorías, la historia te la cuento de buena gana, pero si quieres escríbela tú, porque tienes una ventaja sobre mí, no conoces a quien la vivió. A decir verdad, él sólo me contó los antecedentes, la conclusión la supe por un amigo suyo de pocas palabras; entre nosotros nos limitamos a hablar de música o de teoría del ajedrez, probablemente si Homero hubiera conocido a Ulises le habría parecido un hombre trivial. Creo haber comprendido una cosa, que las historias son siempre más grandes que nosotros, nos ocurrieron y nosotros fuimos inconscientemente sus protagonistas, pero el verdadero protagonista de la historia que hemos vivido no somos nosotros, es la historia que hemos vivido. Quién sabe por qué vino a morir a esta ciudad que a él no le recuerda nada, quizá porque esto es como una Babel y tal vez le haya entrado la sospecha de que su historia parece el emblema de la Babel de la vida, su país era demasiado pequeño para morir allí. Debe de tener casi noventa años, se pasa las tardes mirando desde la ventana los rascacielos de Nueva York, una chica puertorriqueña va por la mañana a arreglarle el piso, le trae un plato del Tony’s Café que él calienta en el microondas, después de una religiosa audición de viejos discos de Béla Bartók que se sabe de memoria se atreve a dar un paseo hasta la verja de Central Park, en el armario, metido en una bolsa de plástico, conserva su uniforme de general, al volver, abre sus puertas y le da dos palmaditas en el hombro, como si se tratara de un viejo amigo, después se acuesta, me ha dicho que no sueña, y cuando ocurre sólo sueña con el cielo de las llanuras de Hungría, son los efectos de un somnífero que le ha buscado un médico americano. Yo la historia te la cuento en pocas palabras, como me fue contada por quien la vivió, todo lo demás son conjeturas, y tú verás lo que haces.»

Antonio Tabucchi, El tiempo envejece deprisa

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