martes, 9 de octubre de 2012

Es ésa la perversidad del círculo vicioso






"Me preguntó qué me parecía. No era fácil encontrar las palabras, era ya tarde, el cansancio pesaba, me hubiera gustado irme a dormir, miraba las luces del golfo, se había levantado una brisa cargada de humedad, en la terraza del hotel sólo quedaban los tres o cuatro trasnochadores habituales, me costaba esfuerzo seguirlo, en una lengua extranjera para los dos además. De vez en cuando él hacía una pausa para buscar la palabra adecuada y en esos vacíos mi atención se perdía más aún, un país bajo vigilancia, confiaba en que lo entendiera, claro que lo entendía, lo entendía perfectamente, por más que para entender mejor las cosas haya que haberlas tocado con la mano, pero sabía perfectamente que en aquellos años el suyo era un país bajo vigilancia, es más, un país policíaco, mejor dicho. Exactamente eso, dijo él, un país policíaco, y yo era un pobre empleado estatal, porque todo era del Estado, ¿me entiende?, usted quiere saber por qué en la biografía que le he dado al jurado del festival en el apartado profesión he escrito abogado, muy sencillo, porque era mi profesión, yo era un abogado a sueldo del Estado, defendía por cuenta del Estado a las personas a las que el Estado quería condenar, no sé si entiende usted el círculo vicioso, me hallaba dentro de un círculo vicioso, aquél era el cometido de mi profesión, aceptar el círculo vicioso, yo era el perro que se mordía la cola, mejor dicho, era la cola mordida por el perro. Y después añadió: ¿y si nos tomáramos algo? Es una idea excelente, desde luego, concedí, para mí una tisana quizá, las imágenes violentas de la última película que nos habían hecho tragar aquel día se habían quedado en tecnicolor en mis retinas cansadas. La violencia en tecnicolor, continuó él, entre nosotros, en cambio, la violencia era gris, ni en blanco y negro siquiera, gris, y yo tenía que adecuarme a ese gris, porque era el gris funcionario de un Estado que para hacer creer en el extranjero que la democracia pertenecía al pueblo aseguraba a los imputados un abogado de oficio como en las democracias de verdad, sólo que los imputados de los que yo me encargaba no habían cometido robos, estafas, homicidios o cualquier otro delito de los que aparecen en el código penal, habían cometido el delito de pensar de manera distinta a como pensaba el Estado y habían expresado sus ideas en público, o en privado, porque tal vez hubieran hablado de ello con su primo o con su cuñado y éstos habían ido a contárselo a la policía estatal. Hizo una pausa, y entretanto el camarero se había acercado con lo que le habíamos pedido, pero yo había cambiado de idea, prefería un café, un expreso a la italiana, hay ocasiones en las que hay que estar bien despiertos, son ocasiones raras, le pregunté si conocía el proverbio, seguramente había una variante parecida en su país, evidentemente lo conocía, si esta noche no duerme atrapará una liebre insólita, dijo sonriendo, un perro al que le mordían la cola, lo mejor es tomárselo a broma, así no caeré demasiado en lo dramático, voy a hablarle de un perro al que le mordían la cola.
La brisa había menguado de repente dejando una noche transparente, por el paseo marítimo pasó un grupillo que cantaba Cielito lindo, por la mañana habíamos visto una película mexicana a concurso, no tenía posibilidades de ganar, el director y los actores lo sabían, era una película sencilla y muy auténtica, de esas que en los festivales importantes no reciben premios, si acaso habla de ella algún crítico fino. Lo han entendido y se prestan al juego, dije yo. Yo también me prestaba al juego en cierta forma entonces, dijo él, porque se presta uno al juego incluso cuando éste está trucado esperando que un día salga la carta ganadora, es ésa la perversidad del círculo vicioso, es como Aquiles y la tortuga, sobre el papel la tortuga gana la carrera, la lógica es convincente, pero la verdad es que Aquiles es Aquiles, y tú eres la tortuga, discúlpeme por estas divagaciones zoológicas, del perro he saltado a la tortuga, es que en los procesos partíamos a la par, y la tortuga podía llegar en teoría antes que Aquiles, y la meta consistía en la absolución de los imputados, pero esa meta para la tortuga no llegaba nunca, mi carrera consistía en arrancar penosamente detrás del de los pies ligeros de manera que no cruzase la meta demasiados metros por delante de mí, total, la carrera era suya, digamos que yo me contentaba con centímetros, trabajaba centímetro a centímetro, no sé si me explico, le hago una ecuación: un centímetro, un año de trabajos forzados menos, dos centímetros, dos años menos, y así en adelante, a veces nos veíamos obligados a contentarnos incluso con milímetros, intentaba roer algunos milímetros, dos o tres meses menos de cárcel son muchos en la vida de un hombre, por ejemplo: señorías, mi defendido no pretendía atentar contra la seguridad del Estado en absoluto, es verdad que los libros hallados en su piso han sido publicados en Francia, pero me permito hacer notar a este respetable tribunal que se trata de libros sobre la Revolución Francesa, que como todos sabemos puso fin a la monarquía absoluta: cosas de ese estilo, y jamás vi que el ministerio fiscal planteara una sola objeción, un interrogatorio, una pregunta, total, la carrera ya la tenían ganada de entrada, la sentencia estaba ya escrita, a los jueces les bastaban unos cuantos minutos de falsa reunión en la sala de deliberaciones para leer después una hoja que tenían ya en el bolsillo, pero con cuánta compunción escuchaban mi alegato, esos razonamientos míos que apelaban a la clemencia o reivindicaban el derecho a pensar, según los milímetros que debía roer en cada circunstancia."

Antonio Tabucchi, El tiempo envejece deprisa

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