jueves, 4 de octubre de 2012

Ejercicios de Estilo







Notaciones

En el S, a una hora de tráfico. Un tipo de unos veintiséis años, sombrero de fieltro con cordón en lugar de cinta, cuello muy largo como si se lo hubiesen estirado. La gente baja. El tipo en cuestión se enfada con un vecino. Le reprocha que lo empuje cada vez que pasa alguien. Tono llorón que se las da de duro. Al ver un sitio libre, se precipita sobre él. 
Dos horas más tarde, lo encuentro en la plaza de Roma, delante de la estación de Saint-Lazare. Está con un compañero que le dice: "Deberías hacerte poner un botón más en el abrigo." Le indica dónde (en el escote) y por qué.

Relato

Una mañana a mediodía, junto al parque Monceau, en la plataforma trasera de un autobús casi completo de la línea S (en la actualidad el 84), observé a un personaje con el cuello bastante largo que llevaba un sombrero de fieltro rodeado de un cordón trenzado en lugar de cinta. Este individuo interpeló, de golpe y porrazo, a su vecino, pretendiendo que le pisoteaba adrede cada vez que subían o bajaban viajeros. Pero abandonó rápidamente la discusión para lanzarse sobre un sitio que había quedado libre. 
Dos horas más tarde, volví a verlo delante de la estación de Saint-Lazare, conversando con un amigo que le aconsejaba disminuir el escote del abrigo haciéndose subir el botón superior por algún sastre competente.

Negatividades

No era ni un barco, ni un avión, sino un medio de transporte terrestre. No era por la mañana, ni por la tarde, sino a mediodía. No era ni un bebé, ni un anciano, sino un joven.No era ni una cinta, ni un bramante, sino un cordón trenzado. No era ni una procesión, ni una trifulca, sino un atropellamiento. No era ni un amable, ni un malvado, sino un colérico.No era ni una verdad, ni una mentira, sino un pretexto. No era ni uno derecho, ni uno yacente, sino uno que quería estar sentado.
No era ni la víspera, ni el día siguiente, sino el mismo día. No era la estación del Norte, ni la estación de Lión, sino la estación de Saint-Lazare. No era ni un pariente, ni un desconocido, sino un amigo. No era ni un insulto, ni una burla, sino un consejo sobre indumentaria

Retrógrado

Te deberías añadir un botón en el abrigo, le dice su amigo. Me lo encontré en medio de la plaza de Roma, después de haberlo dejado cuando se precipitaba con avidez sobre un asiento. Acababa de protestar por el empujón de otro viajero que, según él, le atropellaba cada vez que bajaba alguien. Este descarnado joven era portador de un sombrero ridículo. Eso ocurrió en la plataforma de un S completo aquel mediodía.

Arco iris

Un día, me encontré en la plataforma de un autobús violeta. Había allí un joven bastante ridículo: cuello índigo, cordón en el sombrero. De repente, protesta contra un señor azul. Le reprocha, especialmente, con voz verde, que lo empuje cada vez que baja gente. Dicho eso, se precipita hacia un sitio, amarillo para sentarse.
Dos horas más tarde, me lo encuentro delante de una estación anaranjada. Está con un amigo que le aconseja que se haga añadir un botón en su abrigo rojo.

Vacilaciones

No sé muy bien dónde ocurría aquello... ¿en una iglesia, en un cubo de la basura, en un osario? ¿Quizás en un autobús? Había allí... pero, ¿qué había allí? ¿Huevos, alfombras, rábanos? ¿Esqueletos? Sí, pero con su carne aún alrededor, y vivos. Sí, me parece que era eso. Gente en un autobús. Pero había uno (¿o dos?) que se hacía notar, no sé muy bien por qué. ¿Por su megalomanía? ¿Por su adiposidad? ¿Por su melancolía? No, mejor... más exactamente... por su juventud, adornada con un largo... ¿narigón? ¿mentón? ¿pulgar? No: cuello; y por un sombrero extraño, extraño, extraño. Se puso a pelear -sí, eso es-, sin duda con otro viajero (¿hombre o mujer?, ¿niño o viejo?) Luego eso se acabó, concluyó acabándose de alguna forma, probablemente con la huida de uno de los dos adversarios. 
Estoy casi seguro de que es ese mismo personaje el que me volví a encontrar, pero ¿dónde? ¿Delante de una iglesia? ¿delante de un osario? ¿delante de un cubo de la basura? Con un compañero que debía de estar hablándole de alguna cosa, pero ¿de qué? ¿de qué? ¿de qué?

Análisis lógico

 Autobús.
Plataforma.
Plataforma de autobús. El lugar.
Mediodía.
Aproximadamente.
Aproximadamente a mediodía. El tiempo.
Viajeros.
Pelea.
Pelea de viajeros. La acción.
Joven.
Sombrero. Largo cuello delgado.
Un joven con un sombrero y un cordón trenzado alrededor. El personaje principal.
Quídam.
Un quídam.
Un quídam. El personaje secundario.
Yo.
Yo.
Yo. La tercera persona. Narrador.
Palabras.
Palabras.
Palabras. Lo que se dijo.
Sitio libre.
Sitio ocupado.
Un sitio libre ocupado después. El resultado.
La estación de Saint-Lazare.
Una hora más tarde.
Un amigo.
Un botón.
Otra frase oída. La conclusión.
Conclusión lógica.

Ignorancia

Yo, no sé qué quieren de mí. Pues sí, he cogido el S hacia mediodía. ¿Que si había gente? A esa hora, por supuesto. ¿Un joven con sombrero de fieltro? Es muy posible. Aunque yo no miro descaradamente a la gente. Me importa un pito ¿Una especie de galón trenzado? ¿Alrededor del sombrero? Comprendo, una curiosidad como otra cualquiera, pero, desde luego, no me fijo en eso. Un galón trenzado... ¿y se habría peleado con otro señor? Cosas que pasan.
Y, además, ¿tendría que haberlo vuelto a ver otra vez una o dos horas más tarde? ¿Por qué no? Hay cosas aún más raras en la vida. Precisamente, recuerdo que mi padre me contaba a menudo que...

Alejandrinos

Mediaba el mes de julio. Era un hermoso día.
Yo, solo, en la mañana, resignado subía
Al ómnibus completo de viajeros banales,
Muchedumbre aburrida de rostros casi iguales.
Había un vulgo errante municipal y espeso
Que al pasar empujaba anárquico y avieso.
Un joven petimetre de luengo y seco cuello
y sombrero sin cinta —que bien me acuerdo de ello—
Se enojó con un viejo al que gritó, nervioso,
Que cesara al momento de empujar tan ansioso;
y al punto raudo y serio viendo un asiento huero
Se lanzó de éste en pos, raudo como un velero.
Al cabo de dos horas y en la misma jornada
Me lo vuelvo a encontrar, del azar por jugada,
Hablando y departiendo con un supuesto amigo
Acerca de un botón que faltaba en su abrigo

Comedia
 ACTO PRIMERO

Escena I
(En la plataforma trasera de una autobús S, un día, hacia las doce de la mañana.)
EL COBRADOR.—¡Los billetes, por favor!
(Unos viajeros le pagan.)
Escena II
(El autobús se detiene.)
EL COBRADOR.—¡Dejen paso! ¡Delante hay sitio! ¡Dejen paso! ¡Completo! ¡Tilín!¡tilín! ¡tilín!

ACTO SEGUNDO

Escena I
(El mismo decorado.)
PRIMER VIAJERO(joven, cuello largo, cordón alrededor del sombrero). —Se diría,señor, que usted me pisotea adrede cada vez que pasa la gente.
SEGUNDO VIAJERO (se encoge de hombros.)

Escena II
(Baja un tercer viajero.)
PRIMER VIAJERO (dirigiéndose al público): ¡Estupendo! ¡un sitio libre! ¡Allá voy! (Se precipita sobre él y lo ocupa.) 


ACTO TERCERO

Escena I
(La plaza de Roma.)
UN JOVEN ELEGANTE (al primer viajero, ahora peatón). —El escote de tu abrigo esdemasiado ancho. Deberías estrechado un poco haciéndote subir el botón hacia arriba.

Escena II
(En un autobús S que pasa por delante de la plaza de Roma).
CUARTO VIAJERO. —Mira, el tipo que se encontraba hace poco conmigo en elautobús y que se enzarzaba con otro tío. Qué casualidad. Escribiré sobre eso unacomedia en tres actos y en prosa.

Amanerado

Eran los aledaños de un julio meridiano. El sol reinaba con todo su esplendor sobre el horizonte de múltiples ubres. El asfalto palpitaba dulcemente, exhalando ese tierno aroma de alquitrán que origina en los cancerosos ideas a la par pueriles y corrosivas sobre el origen de sus dolencias. Un autobús, de librea verde y blanca, blasonado con una enigmática S, vino a recoger, junto al parque Monceau, un pequeño pero agraciado lote de viajeros candidatos a los húmedos confines de la disolución sudorípara. En la plataforma trasera de esta obra maestra de la industria automovilística francesa contemporánea, donde se amontonaban los transbordados como sardinas en lata, un pillastre que frisaba la treintena y que llevaba, entre un cuello de una longitud cuasi serpentina y un sombrero cercado por un cordoncillo, una cabeza tan sin gracia como plúmbea, alzó la voz para lamentarse, con amargura no fingida y que parecía emanar de un frasco de genciana, o de cualquier otro líquido de propiedades semejantes, de un fenómeno consistente en empujones reiterados que, según él, tenían como causante a un cousuario presente hic et nunc de la S. T. C. R. P. y le dio a su lamento el tono agrio de un viejo vicario que se hace pellizcar el trasero en un mingitorio y que, por excepción, no le apetece en absoluto tal delicadeza y no entra por uvas. Pero, al descubrir un sitio libre, se lanza en pos de él. 
Más tarde, cuando el sol había bajado ya algunos peldaños de la monumental escalera de su parada celeste, y cuando de nuevo me hacía vehicular por otro autobús de la misma línea, observé al mismo personaje descrito anteriormente moviéndose en la plaza de Roma de forma peripatética en compañía de un individuo eiusdem estofae que le daba, en esta plaza consagrada a la circulación automovilística, consejos de una elegancia tal que no iba más allá de un botón.

Versos libres

El autobús
lleno
el corazón
vacío
el cuello
largo
el cordón
trenzado
los pies
planos y aplanados
el sitio
vacío

y el inesperado encuentro junto a la estación de mil
luces apagadas
del corazón, del cuello, del cordón, de los pies,
del sitio vacío
y de un botón.

Pasota

O sea, qué palo, colega, el cacharro no venía ni de coña. Y yo que llegaba tarde alcurre. Y luego, qué alucine, qué pasote, iba lleno cantidad. Y me veo, o sea, un chorbocantidad de pirao, con un sombrero cutre, mangui perdido. Y de pronto le dice a unpringao que lo estaba pisoteando, el muy plasta, que le había dejado el pie chunga. Depena, colega. Jo, qué demasiao, qué fuerte. ¡No veas! Y en pleno mosqueo, al tío le dacorte, pasa total y se larga a sentarse a toda hostia.
Y, o sea, dos horas más tarde, vaya tela, colega, me lo veo enrollao con un troncoque le comía el coco diciéndole que estaría guay con otro botón en la chupa.De buten. ¿Vale o no vale, tío?

Modern Style

En un ómnibus, una mañana, hacia mediodía, me fue dado asistir a la pequeña tragicomedia siguiente. Un petimetre, aquejado de un largo cuello, y, cosa extraña con un cordoncillo alrededor del bombín (moda que hace furor, pero que yo repruebo), pretextando de pronto una gran prisa, interpeló a su vecino con una arrogancia que disimulaba mal un carácter probablemente pusilánime y lo acusó de pisotearle de forma sistemática sus escarpines de charol cada vez que subían o bajaban damas o caballeros dirigiéndose a la puerta de Champerret. Pero el gomoso no aguardó en absoluto una contestación que sin duda le hubiese llevado al campo del honor y trepó raudo a la imperial donde le esperaba un sitio libre, pues uno de los ocupantes de nuestro vehículo acababa de posar su pie sobre el blando asfalto de la calzada de la plaza Pereire. 
Dos horas más tarde, al encontrarme sobre la misma imperial, observé al pisaverde del que os acabo de hablar, que parecía disfrutar sobremanera con la conversación de un joven currutaco que le daba consejos superchic sobre la forma de llevar la esclavina en sociedad.


Raymond Queneau, Ejercicios de estilo 

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