martes, 16 de octubre de 2012

Çatal Höyük




"Mellaart clasificó a  Çatal Höyük como la primera ciudad construida en el mundo, una conclusión a la que Jane Jacobs dio peso y publicidad en su influyente trabajo La economía de las ciudades, pero que es incorrecta en dos sentidos. En primer lugar, no era una ciudad, sino un pueblo muy grande. (Para los arqueólogos la distinción radica en que las ciudades no tienen solo tamaño, sino también una estructura administrativa apreciable.) Más relevante es el hecho de que hoy en día existen comunidades considerablemente más antiguas: Jericó en Palestina, Mallaha en Israel, Abu Hureyra en Siria. Ninguna sin embargo, resultó ser tan curiosa como Çatal Höyük.
(...)A buen seguro Çatal Höyük le habría fascinado, pues prácticamente nada tenía sentido en aquel lugar. La ciudad estaba construida sin calles ni callejuelas. Las casas se apiñaban en un amasijo más o menos sólido. El acceso a las viviendas situadas en medio de aquel amasijo solo era posible trepando por los tejados de otras muchas casas, todas ellas de distintas alturas, y entrando a través de escotillas abiertas en los tejados, una componenda de lo más inconveniente. No había plazas ni mercados, ni edificios municipales o administrativos, ningún signo de organización social. Los constructores se limitaban a levantar cuatro nuevas paredes, incluso cuando edificaban junto a paredes ya existentes. Es como si aún no le hubieran cogido el tranquillo a la vida colectiva. Y podría muy bien ser así. Çatal Höyük constituye un apasionante recordatorio de que la naturaleza de las comunidades y los edificios que hay en ellas no está decretado por nadie. A nosotros tal vez nos parezca natural tener puertas a nivel del suelo y casas separadas entre sí mediante calles y callejuelas, pero es evidente que los habitantes de  Çatal Höyük tenían una visión del asunto completamente distinta.
Tampoco había carreteras o caminos que llegaran o partieran de la comunidad. Estaba construida sobre terreno pantanoso, en una llanura aluvial. En kilómetros a la redonda no había otra cosa que espacio, pero aun así la gente vivía apiñada, como si las mareas les acosaran por todos lados. Nada indica por qué aquella gente se congregó allí a millares cuando podía haberse diseminado por el paisaje que rodeaba el asentamiento.
Aquella gente cultivaba... pero en granjas que estaban como mínimo a once kilómetros de distancia. La tierra alrededor del pueblo proporcionaba malos pastos y no ofrecía nada en absoluto en forma de frutas, frutos secos u otras fuentes naturales de alimento. Tampoco había madera  ni combustible. En resumen, no había ninguna razón muy evidente por la que instalarse allí, pero lo hicieron, y en grandes cantidades.
Çatal Höyük no era ni mucho menos un lugar primitivo. Era sorprendentemente avanzado y sofisticado para su época, lleno de tejedores, cesteros, carpinteros, fabricantes de cuentas, fabricantes de arcos y mucho más artesanos especializados de todo tipo. Los habitantes practicaban un arte de primera categoría, y no solo conocían la tela, sino que tenían una amplia gama de tejidos. Producían incluso tejidos a rayas, algo que no es en absoluto fácil de conseguir. Tener buen aspecto era importante para ellos. Y es curioso que pensaran antes en tejidos a rayas que en construir puertas y ventanas.
Todo esto no es más que un nuevo recordatorio de lo poco que sabemos, o que podemos siquiera empezar a imaginar, sobre el estilo de vida y las costumbres del pasado antiguo."


Bill Bryson, En casa: Una breve historia de la vida privada.

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