jueves, 19 de julio de 2012

El vacío por todas las demás partes





"Caminando por la gran Perspectiva de nuestra ciudad, borro mentalmente los elementos que he decidido no tomar en consideración. Paso junto al edificio de un ministerio, cuya fachada está cargada de cariátides, columnas, balaustres, plintos, ménsulas, metopas, y siento la necesidad de reducirla a una lisa superficie vertical, a una lámina de vidrio opaco, a un diafragma que delimite el espacio sin imponerse a la vista. Pero también así simplificado ese edificio sigue pesando sobre mí de manera oprimente: decido abolirlo por completo; en su lugar un cielo lactescente se alza sobre la tierra desnuda. Del mismo modo borro otros cinco ministerios, tres bancos y un par de rascacielos de grandes sociedades. El mundo es tan complicado, enmarañado y sobrecargado que para ver un poco claro en él es necesario podar, podar.
En el tráfago de la Perspectiva encuentro continuamente personas cuya vista me resulta por varias razones desagradable: mis superiores jerárquicos porque me recuerdan mi condición de subalterno, mis subalternos porque detesto sentirme investido de una autoridad que me parece mezquina, como mezquinos son la envidia, el servilismo y el rencor que suscita. Borro a unos y otros, sin vacilar; con el rabillo del ojo los veo adelgazar y desvanecerse en una ligera baba de niebla.
En esta operación debo andarme con ojo para perdonar a los transeúntes, a los extraños, a los desconocidos que nunca me han fastidiado: más aún, las caras de algunos de ellos, al observarlas sin ningún prejuicio, me parecen dignas de sincero interés. Pero si del mundo que me circunda queda sólo una multitud de extraños no tardo en advertir una sensación de soledad y de destierro: más vale pues que los borre también a ellos, así en bloque, y no lo piense más.
En un mundo simplificado tengo más probabilidades de encontrar a las pocas personas que me da gusto encontrar, por ejemplo, a Franziska. Franziska es una amiga que cuando me la encuentro experimento una gran alegría. Nos decimos cosas ingeniosas, reímos, nos contamos hechos insignificantes pero que a lo mejor a otros no les contaríamos y que en cambio al charlar de ellos entre nosotros resultan interesantes para ambos, y antes de despedirnos nos decimos que tenemos decididamente que vernos lo más pronto posible. Después pasan los meses, hasta que nos ocurre que nos encontramos una vez más por casualidad en la calle; aclamaciones festivas, carcajadas, promesas de volver a vernos, pero ni ella ni yo hacemos nunca nada para provocar un encuentro; quizá porque sabemos que ya no sería lo mismo. Ahora, en un mundo simplificado y reducido, en el cual quedase despejado el campo de todas esas situaciones preestablecidas gracias a las cuales el hecho de que Franziska y yo nos viéramos más a menudo implicaría una relación entre nosotros que en cierto modo se definiría, a lo mejor con vistas a un matrimonio o en cualquier caso a considerarnos una pareja, presuponiendo un lazo extensible a las respectivas familias, a las parentelas ascendentes y descendentes y a los hermanos y primos, y un lazo entre ambientes de la vida de relación e implicaciones en la esfera de las rentas y de los bienes patrimoniales, una vez desaparecidos todos estos condicionamientos que se ciernen silenciosamente sobre nuestros diálogos y hacen que no duren sino unos minutos, encontrar a Franziska debería ser aún más hermoso y grato. Es natural pues que yo trate de crear las condiciones más favorables para que coincidan nuestros recorridos, incluida la abolición de todas las jóvenes que llevan un abrigo de pieles claro como el que ella llevaba la última vez de modo que al verla de lejos yo pueda estar seguro de que es ella sin exponerme a equívocos y desilusiones, y la abolición de todos los jovenzuelos que tienen pinta de ser amigos de Franziska y que nada excluye que estén a punto de encontrarla a lo mejor intencionadamente y entretenerla en grata conversación en el momento en que debería ser yo quien la encuentre, por casualidad.
Me he extendido en detalles de orden personal, pero eso no debe hacer creer que en mis borrados esté movido predominantemente por inmediatos intereses individuales míos, cuando en cambio trato de actuar en interés de todo el conjunto (y por tanto también de mí mismo, pero indirectamente). Si para empezar he hecho desaparecer todas las oficinas públicas que se me pusieron a tiro, y no sólo los edificios, con sus escalinatas y las entradas con columnas y los pasillos y las antesalas, y ficheros y circulares y legajos, sino también a los jefes de sección, a los directores generales, los subinspectores, los suplentes, los empleados de plantilla y temporeros, lo he hecho porque creo que su existencia es nociva y superflua para la armonía del conjunto. Es la hora en que la muchedumbre del personal empleado abandona las oficinas recalentadas, se abotona los abrigos con solapas de piel sintética y se apiña en los autobuses. Parpadeo y han desaparecido: sólo raros transeúntes se distinguen en lontananza en las calles despobladas, de las que ya me he preocupado de eliminar los coches y los camiones y los autobuses. Me gusta ver el suelo callejero despejado y liso como la pista de una bolera.
Después me dedico a abolir cuarteles, cuerpos de guardia, comisarías; todas las personas de uniforme se desvanecen como si nunca hubieran existido. Quizá se me ha ido la mano; me doy cuenta de que sufren la misma suerte los bomberos, los carteros, los barrenderos municipales y otras categorías que podían merecidamente aspirar a distinto trato; pero ahora a lo hecho pecho: uno no puede estar siempre hilando tan fino. Para no crear inconvenientes me apresuro a abolir los incendios, las basuras, y también el correo, que en resumidas cuentas no trae más que engorros.
Compruebo que no hayan quedado en pie hospitales, clínicas, hospicios: borrar médicos, enfermeros, enfermos me parece la única salud posible. Después los tribunales llenos de magistrados, abogados, acusados y demandantes; las cárceles con presos y guardianes dentro. Luego borro la universidad con todo el cuerpo académico, la academia de ciencias letras y artes, el museo, la biblioteca, los monumentos con sus correspondientes vigilantes, el teatro, el cine, la televisión, los periódicos. Si creen que me podrán detener con el respeto a la cultura, se equivocan.
Después les toca a las estructuras económicas que desde hace demasiado tiempo siguen imponiendo su desmandada pretensión de determinar nuestras vidas. ¿Qué se creen? Disuelvo una por una las tiendas, empezando por las de artículos de primera necesidad para acabar con los consumos de lujo y superfluos: primero desproveo los escaparates de géneros, después borro los mostradores, los estantes, las dependientas, las cajeras, los gerentes. La multitud de clientes se queda un segundo confusa tendiendo las manos al vacío, viendo volatilizarse los carritos de ruedas; luego también ella es tragada por la nada. Del consumo me remonto a la producción: abolida la industria, ligera y pesada, extinguidas las materias primas y las fuentes de energía. ¿Y la agricultura? ¡Fuera también! Y para que no se diga que tiendo a retroceder a las sociedades primitivas, excluyo también la caza y la pesca.
La naturaleza... Ja, ja, no crean que no he comprendido que también ésta de la naturaleza es una linda impostura: ¡muera! Basta con que quede una capa de corteza terrestre lo bastante sólida bajo los pies, y el vacío por todas las demás partes.
Continúo mi paseo por la Perspectiva, que ahora ya no se distingue de la ilimitada llanura desierta y helada. No hay ya muros en lo que alcanza la vista, ni tampoco montañas o colinas; ni un río, ni un lago, ni un mar: sólo una extensión llana y gris de hielo compacto como el basalto. Renunciar a las cosas es menos difícil de lo que se cree: todo estriba en empezar. Una vez que has logrado prescindir de algo que creías esencial, adviertes que puedes pasarte también sin alguna otra cosa, y luego aún sin otras muchas cosas. Aquí estoy pues recorriendo esta superficie vacía que es el mundo. Hay un viento a ras de tierra que arrastra con ráfagas de cellisca los últimos residuos del mundo desaparecido: un racimo de uvas maduras que parece recién cogido del sarmiento, un zapatito de lana de bebé, una articulación cardán bien aceitada, una página que se diría arrancada de una novela en lengua española con un nombre de mujer: Amaranta. ¿Era hace unos segundos o hace muchos siglos cuando todo ha cesado de existir? He perdido ya el sentido del tiempo."

Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero

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