jueves, 31 de mayo de 2012

Sin temor al viento y al vértigo










"Habrá sido eso, o habrá sido que en el desbarajuste general la juventud se reconoce a sí misma y disfruta: el caso es que al cruzar el Puente de Hierro entre la multitud esa mañana me sentía contento y ligero, en armonía con los otros, conmigo mismo y con el mundo, como no me sucedía hacía tiempo. (No quisiera haber usado una palabra equivocada; diré mejor: me sentía en armonía con la desarmonía de los otros y de mí mismo y del mundo.) Ya estaba al final del puente, donde un tramo de escalones llega a la orilla y la corriente del gentío aflojaba el paso y se atascaba obligando a contraempujones hacia atrás para no ser empujados encima de los que bajaban más lentamente —mutilados sin piernas que se apuntalan primero sobre una muleta y después sobre la otra, caballos retenidos por el bocado y guiados en diagonal para que el hierro de los cascos no resbale en el borde de los escalones de hierro, motocicletas con sidecar que hay que levantar en vilo (habrían hecho mejor cogiendo el Puente de los Carros, éstos, como no dejaban de renegar contra ellos los de a pie, pero eso significaba alargar el camino una buena milla) —, cuando me fijé en la mujer que bajaba a mi lado.
Llevaba un abrigo con vueltas de piel en el ruedo y en los puños, un sombrero de campana con un velo y una rosa: elegante, en suma, amén de joven y agradable, como comprobé inmediatamente después. Mientras estaba mirándola de perfil, la vi abrir mucho los ojos, llevarse la mano enguantada a la boca desencajada en un grito de terror y dejarse ir hacia atrás. Habría caído, con seguridad, pisoteada por aquella multitud que avanzaba como un rebaño de elefantes, de no haberme apresurado a agarrarla por un brazo.
¿Se siente mal? —le digo—. Apóyese en mí. Ya verá como no es nada.
Estaba rígida, no conseguía dar un solo paso.
El vacío, el vacío, allá abajo —decía—, socorro, el vértigo...
Nada de lo que se veía parecía justificar un vértigo, pero la mujer sentía verdadero pánico.
No mire hacia abajo y sujétese a mi brazo; siga a los demás; estamos ya al final del puente—le digo, esperando que éstos sean los argumentos correctos para tranquilizarla.
Y ella:—Siento todos estos pasos desprenderse de un escalón y avanzar en el vacío, precipitarse, una multitud que se precipita... —dice, siempre resistiéndose.
Miro a través de los intervalos entre los escalones de hierro la corriente incolora del río allá al fondo que transporta fragmentos de hielo como nubes blancas. Con una turbación que dura un instante, me parece estar sintiendo lo que siente ella: que cada vacío continúa en el vacío, cada cantil por mínimo que sea da sobre otro cantil, cada vorágine desemboca en el abismo infinito. Le ciño con el brazo los hombros; trato de resistir los empujones de los que quieren bajar y nos insultan: —¡En, dejad paso! i Id a abrazaros a otra parte, desvergonzados! —pero el único modo de sustraernos al desprendimiento humano que nos arrolla sería alargar nuestros pasos en el aire, volar... Ya está, también yo me siento colgado como sobre un precipicio... Quizá es este relato lo que es un puente sobre el vacío, y avanza lanzando noticias y sensaciones y emociones para crear un fondo de alteraciones tanto colectivas como individuales en medio del cual uno se pueda abrir camino aun quedándose a oscuras sobre muchas circunstancias tanto históricas como geográficas. Me abro paso en la profusión de detalles que tapan el vacío que no quiero advertir y avanzo con ímpetu, mientras que en cambio el personaje femenino se bloquea en el borde de un escalón entre la multitud que empuja, hasta que logro transportarla casi en vilo, escalón a escalón, a apoyar los pies en el empedrado de la calle a orillas del río.
Se serena; alza ante sí una mirada altanera; reanuda el camino sin detenerse; su paso no vacila; se dirige hacia la Calle de los Molinos; casi me cuesta trabajo seguirla.
También el relato debe esforzarse por seguirnos, por referir un diálogo construido sobre el vacío, réplica a réplica. Para el relato el puente no ha terminado: bajo cada palabra está la nada. —¿Se le pasó? —le pregunto.
—No es nada. El vértigo me da cuando menos me lo espero, aunque no haya ningún peligro a la vista... Lo alto y lo bajo no importan... Si miro al cielo, de noche, y pienso en la distancia de las estrellas... O también de día... Si me tumbase aquí, por ejemplo, con los ojos hacia arriba, me daría un vahído...—y señala las nubes que pasan veloces empujadas por el viento. Habla del vahído como de una tentación que en cierto modo la atrae."

Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero.


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