lunes, 12 de marzo de 2012

Una dolorosa mutilación







"La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó ni un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita." Como el lector ya habrá advertido se trata del inicio de "El aleph", ese inmenso milagro con que Jorge Luis Borges ha enriquecido nuestras vidas.
A partir de cierta edad toda modificación que uno descubre en el entorno adquiere un carácter de agravio, una dolorosa mutilación personal. Como si con el cambio realizado alguien nos hiciera un guiño macabro, y esa renovación de un aviso de cigarrillos rubios se convirtiera, al igual que la muerte de Beatriz Viterbo, en un inesperado memento mori, un anuncio de nuestra futura e inevitable muerte.
Hace treinta y cinco años, en Roma, acostumbraba comprar mis libros en una pequeña librería de la Via del Babbuino. La atendía una pareja de edad difícilmente definible, más jóvenes que viejos, eso sí. Me gustaba conversar con ellos y escuchar sus sugerencias. Eran en todo y por todo gente de libros. Las estanterías reflejaban un gusto seguro y cultivado. Después, cada vez que pasé por Roma hice al menos una incursión en su negocio. Imposible no hacerla, ya que era un paso inevitable para llegar a la Piazza del Popólo. Los vi envejecer sin perder la seguridad de su intuición y su buen tino literario. Los clásicos se relacionaban allí de manera perfecta con las nuevas corrientes de pensamiento y las modernas formas narrativas. Ellos no hacían ninguna concesión a la literatura ligera, a los libros de auto-superación personal y a la teosofía epidérmica. Esas zonas quedaban fuera de su círculo de intereses; me imagino que les hubiera repugnado acoger en su espacio al tipo de lectores adictos a esos libros.
Los veía, pues, de tiempo en tiempo. En una ocasión, encontré sólo a la mujer tras el mostrador. Su marido, me dijo, había muerto, me parece que de trombosis, hacía pocos meses. Años más tarde, en una nueva visita, la vi sentada en un sillón, con el aspecto de quien se ha despegado por completo de la realidad: no se movía, no hablaba; nada parecía interesarle; tenía la mirada apagada, fija en un punto. Una señora, ligeramente más joven, atendía a los clientes; me parece oírla comentar que era prima suya. Conversé con ella sobre la relación que desde la juventud me ligaba a ese sitio: mi primer Ariosto, mis primeras novelas de Pavese. Me dijo que su prima era víctima de una depresión perversa; ningún tratamiento la había logrado sacar a flote. Temía dejarla sola en su departamento, podía sucederle algo, necesitar ayuda. Por eso, todas las mañanas la vestía, la llevaba en coche a la librería, y eso la reanimaba. "Mírela qué bien se siente; en este lugar ha pasado toda su vida; estar aquí la anima, claro que la anima." Tendría que sentirse atrozmente en su casa, pensé, si el estado vegetativo en que la encontraba podía considerarse como un signo de reanimación.
En la primavera de 1966 estuve unos días en Italia. Al pasar frente a la librería la encontré cerrada; es más, inexistente. Habían desaparecido las vitrinas a ambos lados de la puerta que mostraban día y noche las últimas novedades editoriales. El rótulo con el nombre de la librería había desaparecido. Sentí la herida del tiempo, su malignidad, con una intensidad terrible. Aquella desaparición era un modo de castigar la inmensa felicidad del joven que un día apareció por allí, hurgó un poco en las estanterías y salió a la calle con Orlando furioso, II compagno y Tra donne solé bajo el brazo.
En todas las ciudades donde viví he conocido experiencias semejantes. Tropezar con esos cambios disminuye no sólo el placer del viaje sino también la conciencia concreta del pasado. A veces debo dar algunas vueltas para no tener que pasar por un sitio donde ha ocurrido uno de esos percances... No ver, por ejemplo, en una ciudad de la Italia central que donde había un teatro hoy existe una discoteca cuyas chillantes luces de neón suplantan las que de manera más discreta anunciaban a Paolo Stampa y a Riña Morelli en una comedia de Goldoni, o que en lugar de un café de medio pelo donde solía sentarme a escribir en Roma se erige hoy día una tienda de souvenirs de mal gusto para turistas adocenados.
En la misma Roma, he dejado de pasar desde hace muchos años por esa calle estrecha, también desembocante en la Piazza del Popólo, cuya excentricidad estriba en que una acera se llama Via de la Penna, y la de enfrente Via dell'Oca. Es la única calle que conozco con esas características."

Sergio Pitol, El arte de la fuga

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