jueves, 29 de marzo de 2012

Muy bien puede uno suicidarse por dos razones







"¿No comprende usted lo que quiero decir? Le confesaré que estoy cansado. Pierdo el hilo de mi discurso. Ya no tengo aquella claridad de espíritu a que mis amigos se complacían en rendir homenaje. Por lo demás, digo mis amigos por una cuestión de principios. Ya no tengo amigos; sólo tengo cómplices. En cambio, aumentó su número. Ahora son todo el género humano, y dentro del género humano es usted el primero. El que está presente es siempre el primero. ¿Que cómo sé que no tengo amigos? Pues es muy sencillo: lo descubrí el día en que pensé en matarme para jugarles una mala pasada, para castigarlos en cierto modo. Pero, ¿castigar a quién? Al unos se habrían sorprendido, pero nadie se sentiría castigado. Entonces comprendí que no tenía amigos. Además, aun cuando los hubiera tenido, yo no habría adelantado más por ello. Si me hubiera suicidado y hubiera podido ver en seguida sus caras, entonces sí el juego habría valido la pena. Pero la tierra es oscura, querido amigo, la madera espesa, opaca la mortaja.

¿Los ojos del alma, dice usted? Sí, sin duda, ;si es que existe un alma y si es que ella tiene ojos! 

Pero, mire usted, no se está seguro, nunca se está seguro. Si estuviéramos seguros, tendríamos una salida, podríamos al fin hacernos tomar en serio. Los hombres no se convencen de nuestras razones, de nuestra sinceridad y de la gravedad de nuestras penas, sino cuando nos morimos.
Mientras estamos en la vida, nuestro caso es dudoso. Sólo tenemos derecho al escepticismo de los hombres. Por eso, si tuviéramos alguna certeza de que podemos gozar del espectáculo, valdría la pena probarles lo que ellos no quieren creer, valdría la pena asombrarlos. Pero usted se mata y, ¿qué importancia tiene entonces el que ellos le crean o no? Usted no está presente para recoger su asombro y su contrición, por lo demás fugaces. Usted no está allí para asistir, por fin, de acuerdo con el sueño de cada hombre, a sus propios funerales. Para dejar de ser dudoso, hay que dejar de ser, lisa y llanamente.

Por lo demás, ¿no es mejor así? Sufriríamos demasiado por la indiferencia de ellos. "¡Me lo pagarás!", decía una muchacha a su padre, porque él le había impedido casarse con un adorador demasiado bien peinado. Y ella se mató. Pero el padre no pagó absolutamente nada. Le gustaba enormemente ir a pescar. Tres domingos después del suicidio, volvía al río para olvidar, según él decía. Y había calculado bien, porque olvidó. A decir verdad, lo contrario es lo que habría sorprendido. Cree uno morir para castigar a su mujer, cuando en realidad lo que hace es devolverle la libertad. Es mejor no ver esas cosas. Sin contar con que correrá uno el riesgo de oír las razones que ellos dan de nuestra acción. En lo que me concierne, ya los oigo decir: "Se mató porque no pudo soportar . . ."¡Ah, querido amigo, qué pobres son los hombres en su inventiva!

Siempre creen que uno se suicida por una razón; pero muy bien puede uno suicidarse por dos razones. No, eso no les entra en la cabeza. Entonces, ¿para qué morir voluntariamente? ¿Para qué sacrificarse a la idea que uno quiere dar de sí mismo? Una vez que usted está muerto, ellos se aprovecharán para atribuir a su acto motivos idiotas o vulgares. Los mártires, querido amigo, tienen que elegir entre ser olvidados, ser ridiculizados, o bien utilizados. En cuanto a que se los comprenda, eso nunca."


Albert Camus, La Caída

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