jueves, 23 de febrero de 2012

Prevención y control







No obstante, ¿por qué íbamos a querer controlar nuestras experiencias futuras? Si lo pensamos bien, es tan absurdo como preguntar por qué queremos controlar la tele y los coches. Aunque permitan que introduzca una salvedad.  Tenemos un enorme lóbulo frontal para poder mirar al futuro, contemplamos el futuro para poder hacer predicciones sobre él, hacemos predicciones sobre él para poder controlarlo, pero ¿para qué queremos controlarlo? ¿Por qué no dejamos que el futuro se desarrolle tal como será y que la experiencia lo haga de igual forma? ¿Por qué no estar aquí ahora y allí más tarde? Existen dos respuestas a esta pregunta, una de ellas es sorprendentemente correcta y la otra sorprendentemente incorrecta.
La respuesta sorprendentemente correcta es que a las personas les parece gratificante ejercer control, no sólo por el futuro que eso les asegura, sino por el ejercicio en sí. Ser efectivo -cambiar cosas, influir en los sucesos, hacer que las cosas ocurran- es una de las necesidades fundamentales con las que el cerebro humano está dotado desde el nacimiento, y gran parte de nuestro comportamiento, de la infancia en adelante, no es más que la expresión de esa afición al control. Antes de que nuestros culetes entren en contacto con el primer pañal, ya sentimos un deseo punzante de mamar, dormir, hacer caca y provocar los acontecimientos. Nos lleva un tiempo hacer realidad este último deseo sólo por que nos lleva un rato adivinar que tenemos dedos, pero en cuanto lo descubrimos... ¡Cuidado, mundo, que allá vamos! Los bebés chillan de placer cuando derriban una pila de bloques de construcción, cuando le dan a una pelota o cuando aplastan un pastel con la frente. ¿Por qué? Porque lo han hecho, por eso. "Mira, mamá, mi mano ha hecho que ocurra eso. La habitación está distinta porque yo estaba allí. Pensé en bloques que caían, y, ¡pam!, se han caído. ¡Qué guay! ¡Qué gusto que da hacerlo!"

El hecho es que los seres humanos llegan al mundo con pasión por el control, salen del mundo de la misma forma, y las investigaciones sugieren que si pierden su capacidad de controlar las cosas en cualquier momento entre su llegada y su partida, se sienten infelices, indefensos, desesperados y deprimidos. Y en ocasiones hasta acaban muriéndose. En un estudio, los investigadores regalaron a los ancianos de un asilo local una planta de interior. Dijeron a la mitad de residentes que debían ocuparse del mantenimiento y riego de la planta (grupo de control elevado), y a los demás, que algún miembro del personal se encargaría de esos cuidados (grupo de control bajo). Pasados seis meses, el 30 por ciento de los residentes de control bajo había muerto, comparado con sólo el 15 por ciento de los residentes del grupo de control alto. Un estudio realizado a continuación confirmó la importancia del control percibido para el bienestar de los residentes de un asilo de ancianos, aunque la investigación tuvo un inesperado y desafortunado final. Los investigadores programaron visitas frecuentes de estudiantes voluntarios a los ancianos del asilo. A los residentes del grupo de control alto se les permitía controlar la frecuencia y la duración de la visita de los estudiantes (Por favor, hazme una visita de una hora el martes que viene), pero no a los internos del grupo de control bajo (Le haré una visita de una hora el martes que viene). Después de dos meses, los residentes del grupo de control alto se sentían más felices, más sanos, más activos y tomaban menos medicamentos que los del grupo de control bajo. En ese momento, los investigadores pusieron fin al estudio y cortaron las visitas de los estudiantes. Pasados varios meses, les disgustó saber que un número desproporcionado de los ancianos que habían formado parte del grupo de control alto habían muerto. La causa de esta tragedia se clarifica sólo vista en retrospectiva. Los residentes que habían tenido el control, y que se habían beneficiado de forma significativa de éste mientras lo poseían, se quedaron sin previo aviso sin él un vez finalizado el estudio. Por lo visto, disponer del control puede tener consecuencias positivas en la salud y el bienestar, pero su pérdida puede ser peor que el hecho de no haberlo tenido nunca.

Nuestro deseo de control es tan intenso, y la sensación de controlar es tan gratificante, que las personas suelen actuar como si pudieran controlar lo incontrolable. Por ejemplo, las personas apuestan más dinero en juegos de azar cuando sus contrincantes parecen más incompetentes que competentes, como si creyeran que pueden controlar el reparto aleatorio de cartas en una mesa y así sacar partido del adversario más débil. Las personas sienten más certeza de poder ganar la lotería si pueden controlar el número de su boleto, y sienten más seguridad de que van a ganar a los dados si pueden lanzarlos. Las personas apuestan más dinero en unos dados que todavía no se hayan lanzado, que en unos que ya han lanzando, pero cuyo resultado es desconocido, y apostarán incluso más si se les permite a ellas, y no a otro, decidir el número que contará como ganador. En cada uno de esos ejemplos, las personas se comportan de una forma que sería tremendamente absurda si creyeran que no tienen control sobre un hecho incontrolable. Sin embargo, si en su fuero interno creyeran que pueden ejercer control -aunque fuera sólo un ápice-, su comportamiento sería del todo razonable. En nuestro fuero interno, eso es exactamente lo que creemos todos. ¿Por qué no resulta entretenido ver la grabación del partido de fútbol de anoche aunque no sepamos quién a ganado? Porque el hecho de que el partido ya se haya jugado descarta la posibilidad de que los ánimos que damos a nuestro equipo penetren de alguna forma en la tele, viajen a través del cable, encuentren el camino hasta el estadio e influyan en la trayectoria de la pelota mientras se proyecta hacia la portería. Quizá lo más raro de esa ilusión de control no es que ocurra, sino que aporta muchos de los beneficios psicológicos del verdadero control. En realidad, el grupo de personas inmunes a esa ilusión son diagnosticadas como depresivas, y tienden a valorar con precisión el grado de control que tienen sobre los acontecimientos en la mayoría de las situaciones. Esos y otros descubrimientos han llevado a algunos investigadores a la conclusión de que esa sensación de control -ya sea real o ilusoria- es una fuente de salud mental. Así que, si la pregunta es "¿Por qué íbamos a querer controlar nuestro futuro?", la respuesta sorprendentemente correcta es: porque sienta bien hacerlo, y punto. La consecuencia es gratificante, el encargarnos de algo nos hace felices. El acto de tripular nuestro propio barco por el río de la vida es una fuente de placer, al margen del puerto al que uno se dirija.
Ahora bien, a estas alturas quizá crea dos cosas. En primer lugar, seguramente cree que si oye una vez más la expresión "el río de la vida", le saldrá un sarpullido. He dicho. En segundo lugar, seguramente cree que el acto de tripular un barco metafórico por el manido río es una fuente de placer y bienestar, para lo que el destino del barco importa mucho, muchísimo más. Jugar a los capitanes intrépidos es un placer por sí mismo, pero la verdadera razón por la que todos queremos tripular nuestro barco es que lo podemos llevar a un puerto paradisiaco como Hanalei en lugar de Nueva Jersey. La naturaleza de un lugar determina cómo nos sentiremos al llegar allí, y nuestra inigualable capacidad humana para pensar en el futuro a largo plazo nos permite escoger los mejores destinos y evitar los peores. Somos los chimpancés que aprendieron a esperar porque así tenemos la posibilidad de decidir entre los diversos destinos que pueden acontecernos y escoger el mejor. Otros animales deben experimentar un acontecimiento para poder saber qué placeres y sufrimientos conlleva, pero el poder de prever nos permite imaginar lo que todavía no ha ocurrido y, en consecuencia, ahorrarnos las lecciones más duras de la experiencia. No necesitamos acercar la mano  y tocar la brasa para saber que nos dolerá hacerlo, y no necesitamos experimentar el abandono, el desprecio, el desahucio, la degradación, la enfermedad o el divorcio para saber que todos ellos son fines indeseables que debemos evitar a toda costa. Queremos - y, de hecho, deberíamos querer- controlar el rumbo de nuestro barco porque algunos futuros pueden ser mejores que otros, e incluso somos capaces de diferenciarlos desde aquí mismo.
Esa idea es tan evidente que parece baladí mencionarla, pero voy a mencionarla de todas formas. De hecho, voy a pasarme el resto del libro mencionándola, porque seguramente hace falta más que un par de menciones para convencerle de que lo que parece una idea evidente es, en realidad, la respuesta sorprendentemente incorrecta. Insistimos en tripular nuestro barco porque creemos que tenemos una idea bastante clara de nuestro destino, pero la verdad es que gran parte de nuestra labor de capitanes es inútil, no porque el barco no vaya a responde y tampoco por que no podamos encontrar nuestro destino, sino porque el futuro es esencialemente distinto a lo que parece a través de nuestro "previsionómetro". Al igual que experimentamos ilusiones visuales (¿verdad que es curioso que una línea parezca más larga aunque no lo sea?) e ilusiones en retrospectiva (¿Verdad que es curioso que no recuerde haber sacado la basura aunque lo haya hecho?), también podemos experimentar ilusiones en previsión, y las tres clases de ilusión se explican gracias a los mismos principios básicos de psicología humana."

Daniel Gilbert, Tropezar con la felicidad.


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