miércoles, 15 de febrero de 2012

El horizonte del acontecimiento








"Hace unos cincuenta años, un pigmeo llamado Kenge realizó su primer viaje desde la frondosa selva  tropical africana a las llanuras en compañía de un antropólogo. Aparecieron unos búfalos en la distancia -manchitas negras sobre un fondo de cielo inmaculado-,  y el pigmeo los observó con curiosidad. Al final se volvió hacia el antropólogo y le preguntó qué clase de insectos eran. "Cuando le dije a Kenge que los insectos eran búfalos, soltó una risotada y me replicó que no dijera tonterías". El antropólogo no era tonto ni había mentido. Mejor dicho, como Kenge había vivido siempre en una frondosa jungla sin vista al horizonte, no había aprendido algo que casi todos damos por sentado: que las cosas tienen otro aspecto vistas desde lejos. Usted y yo no confundimos los insectos con ungulados porque estamos acostumbrados a contemplar vastas extensiones de terreno y sabemos desde pequeños que los objetos se ven más pequeños en la retina cuando están lejos que cuando están cerca. ¿Cómo sabe el cerebro si una pequeña imagen de la retina está generada por un objeto pequeño que está cerca o por un objeto grande que está lejos? ¡Detalles, detalles, detalles! El cerebro sabe que la superficies de los objetos que cercanos proporcionan detalles específicos de su textura que se difuminan y se mezclan cuando el objeto se aleja; el grado de detalle visible se utiliza  para valorar la distancia entre el ojo y el objeto. Si la pequeña imagen de la retina es detallada -podemos ver los pelillos de la cabeza de un mosquito y la textura de sus alas, parecida al papel de celofán-, el cerebro supone que el objeto está a más de dos centímetros del ojo. Si la pequeña imagen de la retino no es detallada -sólo vemos el contorno borroso y la forma sin sombra del búfalo-, el cerebro supone que el objeto está a un par de miles de metros de distancia.
Al igual que los objetos que se encuentran próximos a nosotros en el espacio parecen más detallados que los lejanos, lo mismo ocurre con los acontecimientos que están próximos a nosotros en el tiempo. Aunque el futuro próximo está muy bien detallado, el futuro lejano es borroso y homogéneo. Por ejemplo, cuando  se pide a las parejas jóvenes cómo se imaginan "casarse", las que están a un mes del acontecimiento (o bien porque se casan dentro de un mes o bien porque hace un mes que se han casado) se imaginan el matrimonio de una forma bastante abstracta y borrosa, y ofrecen descripciones meditadas como "contraer  un compromiso serio" o "cometer un error". Sin embargo, las parejas que se casan al día siguiente, imaginan detalles concretos de boda, y hablan "hacerse las fotos" o "vestirse para la ocasión". De forma similar, cuando se pide a los voluntarios que se imaginen cerrando una puerta al día siguiente, describen sus imágenes mentales con frases detalladas como "meter la llave en el cerrojo", pero cuando se les pide que se imaginen cerrando una puerta el año que viene, describen sus imágenes con frases tan vagas como "proteger la casa". Al pensar en los acontecimientos del pasado lejano o del futuro lejano, pensamos de forma abstracta en por qué ocurrieron o por qué ocurrirán. Sin embargo, al pensar en acontecimientos del pasado reciente o del futuro próximo, pensamos de forma concreta en cómo han ocurrido o cómo ocurrirán.
Ver en el tiempo es como ver en el espacio. Con todo, existe una importante diferencia entre el horizonte espacial y el temporal. Cuando percibimos un búfalo lejano, el cerebro es consciente de que el animal se ve borroso, poco definido y de que le faltan detalles porque está lejos, y no saca la conclusión errónea de que el búfalo es borroso y poco definido. Sin embargo, al recordar o imaginar un acontecimiento lejano en el tiempo, el cerebro pasa por alto el hecho de que los detalles se desvanecen con la distancia temporal y saca la conclusión de que esos acontecimientos son borrosos y poco definidos, tal como los imaginamos y recordamos. Por ejemplo, ¿se ha preguntado por qué acepta compromisos de los que se arrepiente profundamente llegada la hora de cumplirlos? Todos lo hacemos, claro está. Todos aceptamos cuidar a nuestros sobrinos el mes que viene y deseamos que llegue el momento de cumplir con esa obligación  mientras la anotamos en nuestra agenda. Pero luego, cuando llega el momento de comprarles los Happy Meal, montar la casita de Barbie, esconder la pipa de agua y olvidar que la final de la NBA se juega a la una en punto, nos preguntamos qué estaríamos pensando cuando aceptamos. Bueno, pues he aquí lo que estábamos pensando: en el por qué y no en el cómo. Pensamos en términos de causas y consecuencias y no en la ejecución, no tuvimos en cuenta el hecho de que la experiencia sin detalles de cuidar niños que imaginamos no sería la experiencia cargada de detalles que acabaríamos experimentando. Si hace de canguro el mes que viene dará amor con su acto, pero si hace de canguro ahora mismo le darán la comida en el acto; la expresión de afecto es una recompensa espiritual que no puede equiparase al acto de comprar patatas fritas.
Quizá no resulte sorprendente que los detalles más crudos de hacer de canguro, tan destacables cuando lo realizamos, se omitieran de la imagen mental de esa tarea cuando la imaginamos hace un mes. Lo que sí llama la atención es lo sorprendidos que nos sentimos cuando esos detalles se hacen evidentes. El canguro lejano en el tiempo posee la misma borrosidad ilusoria que un maizal en lontananza. Sin embargo, aunque todos sabemos que un maizal lejano no es de verdad borroso y que sólo lo parece, sólo somos ligeramente conscientes de ello cuando se trata de acontecimientos distantes en el tiempo. Si se le pide a los voluntarios "imagine un buen día", imaginan una mayor variedad de acontecimientos si se trata del día siguiente que si es dentro de un año. Como el buen día de mañana se imagina con un grado de detalle considerable, resulta una grumosa mezcla de cosas buenas (me levantaré tarde, leeré el periódico, iré al cine y veré a mi mejor amigo) con un par de tropezones desagradables (y supongo que tendré que barrer las hojas, ¡jolín!). Por otra parte un día bueno dentro de un año se imagina como un puré suave de felices episodios. Es más, cuando se pide a las personas que determinen el grado de realismo de esas ensoñaciones tanto del futuro próximo como del lejano, afirman que el puré suave es tan realista como el guiso grumoso del mañana. En cierto sentido, somos como pilotos que aterrizan y se quedan sorprendidos de que los maizales que parecían rectángulos amarillos y planos desde el aire en realidad estén llenos de maíz. La percepción la imaginación y la  memoria son habilidades notables que tienen mucho en común, pero en un sentido, al menos, la percepción es la más inteligente del trío. Rara vez confundimos un búfalo lejano con un insecto cercano, pero cuando el horizonte es temporal y no espacial, solemos cometer el mismo error que los pigmeos.
El hecho de que imaginemos el futuro próximo y el lejano con unas texturas tan distintas hace que los valoremos de forma distinta. La mayoría de nosotros pagaría más por ver un espectáculo de Broadway esta noche o comer un trozo e tarta de manzana esta tarde que por recibir la misma entrada o el mismo dulce dentro de un mes. No hay nada irracional en éste comportamiento. Los aplazamientos son dolorosos, y es lógico exigir un descuento si uno tiene que soportarlos. Sin embargo, los estudios demuestran que cuando alguien imagina el dolor de la espera, imagina que será peor si ocurre en un futuro próximo y no en futuro lejano, y eso provoca un comportamiento bastante extraño. Por ejemplo, la mayoría de las personas preferiría recibir 20 dólares en un año que 19 en 364 días, porque el aplazamiento de un día que tiene lugar en el futuro parece (desde aquí) un inconveniente menor. Por otro lado, la mayoría de las personas preferiría recibir 19 dólares hoy que 20 dólares mañana, porque el aplazamiento de un día que tiene lugar en el futuro próximo parece (desde aquí) un tormento insoportable. Sea cual sea la cantidad de dolor producida por un día de espera, sin duda será la misma sin importar cuándo se experimente. Con todo, las personas imaginan el dolor en un futuro próximo como algo tan grave que estarían dispuestas a pagar un dólar para evitarlo, pero consideran el dolor del futuro lejano como algo tan tenue que lo soportarían a cambio de un dólar.
¿Por qué ocurre esto? El detalle vívido del futuro próximo lo convierte en algo mucho más palpable que el futuro lejano, por ello, nos sentimos más impacientes y emocionados al imaginar acontecimientos que ocurrirán pronto. De hecho, los estudios demuestran que las partes del cerebro que se encargan de generar sensaciones placenteras se activan si nos imaginamos recibiendo una recompensa como dinero en un futuro próximo, pero no ocurre lo mismo si lo imaginamos en un futuro lejano. Si alguna vez  ha comprado demasiadas cajas de galletitas de chocolate rellenas de crema de menta de una colegiala que las vende en la puerta de la biblioteca local, pero muy pocas cajas de la colegiala que llama a su puerta y toma nota de su pedido para entregárselo más tarde, ha experimentado esa anomalía en carne propia. Cuando echamos un vistazo al futuro a través de nuestros "previsioncopios", la claridad de dentro de una hora y la borrosidad del año que viene puede hacer que comentamos toda una serie de errores."

Daniel Gilbert, Tropezar con la felicidad.

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