lunes, 27 de febrero de 2012

El dolor más intenso no era la infelicidad










"Tras este breve cuento que encontré estúpido y que Morante me confesó que le había explicado el loco más loco de su residencia, el microensayo derivó hacia un relato de Svevo que Morante veía relacionado con el cuento del pueblo incapaz de tender a la felicidad. El relato de Svevo, una amarga fábula con el mito de Fausto de fondo, ya lo conocía yo. Es la historia de un anciano - un viejo salvaje podríamos llamarlo- que está a punto de acostarse junto a su vieja esposa, que ya duerme y ronca. Mientras se desviste, piensa que es medianoche, la hora en la que podría presentársele Mefistófeles y proponerle el antiguo pacto, y piensa que estaría dispuesto a hacerlo y a cederle su alma, de no ser porque no se le ocurre qué pedirle a cambio: la juventud no, que es insensata y cruel, si bien la vejez es intolerable; tampoco la inmortalidad, porque la vida es insoportable, aunque tal conclusión no mitigue la angustia de la muerte. El anciano, entonces, se da cuenta de que no tiene nada que pedir al diablo y  se imagina el embarazo del pobre Mefistófeles, representante de una empresa que no tiene nada atractivo que ofrecer. Al imaginarse al pobre Diablo rascándose la cabeza en el infierno, estalla en una carcajada, a la vez que entra en la cama, donde su mujer, medio desvelada por la risa, le murmura entre sueños: "Feliz tú que  a esta hora de la noche tienes ganas de reír."
En este relato de Svevo, al igual que en el cuento del pueblo donde nevaba por primera vez, veía Morante la conclusión de que el dolor más intenso no era la infelicidad, sino la incapacidad de tender hacia la felicidad. Aquella carcajada del anciano, que en realidad ocultaba con ironía la desesperación de quien ya nada espera, era para Morante la última playa. "¿La última playa?", pregunté. Había empezado a resultarme exasperante conversar con él. "La última playa alcanzada por el nihilismo de Occidente", me contestó."


Enrique Vila-Matas, Doctor Pasavento.

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