lunes, 6 de febrero de 2012

Albada






Aubade

I work all day, and get half-drunk at night.
Waking at four to soundless dark, I stare.
In time the curtain-edges will grow light.
Till then I see what’s really always there:
Unresting death, a whole day nearer now,
Making all thought impossible but how
And where and when I shall myself die.
Arid interrogation: yet the dread
Of dying, and being dead,
Flashes afresh to hold and horrify.
The mind blanks at the glare. Not in remorse
– The good not done, the love not given, time
Torn off unused — nor wretchedly because
An only life can take so long to climb
Clear of its wrong beginnings, and may never;
But at the total emptiness for ever,
The sure extinction that we travel to
And shall be lost in always. Not to be here,
Not to be anywhere,
And soon; nothing more terrible, nothing more true.
This is a special way of being afraid
No trick dispels. Religion used to try,
That vast moth-eaten musical brocade
Created to pretend we never die,
And specious stuff that says No rational being
Can fear a thing it will not feel, not seeing
That this is what we fear — no sight, no sound,
No touch or taste or smell, nothing to think with,
Nothing to love or link with,
The anaesthetic from which none come round.
And so it stays just on the edge of vision,
A small unfocused blur, a standing chill
That slows each impulse down to indecision.
Most things may never happen: this one will,
And realisation of it rages out
In furnace-fear when we are caught without
People or drink. Courage is no good:
It means not scaring others. Being brave
Lets no one off the grave.
Death is no different whined at than withstood.
Slowly light strengthens, and the room takes shape.
It stands plain as a wardrobe, what we know,
Have always known, know that we can’t escape,
Yet can’t accept. One side will have to go.
Meanwhile telephones crouch, getting ready to ring
In locked-up offices, and all the uncaring
Intricate rented world begins to rouse.
The sky is white as clay, with no sun.
Work has to be done.
Postmen like doctors go from house to house.


Philip Larkin



Albada

Trabajo todo el día, y medio me emborracho por la noche.
A las cuatro me despierto en medio de una oscuridad insondable.
Fijo la vista. A su tiempo, al filo de la cortina acrecerá la luz.
Hasta entonces veo lo que realmente estuvo siempre ahí:
la muerte sin tregua, ahora un día más cercana,
impidiendo cualquier otro pensamiento, salvo cómo,
y dónde, y cuándo moriré.
Estéril interrogante, más el espanto
de morir y estar muerto,
relampaguea de nuevo para horrorizar, para poseer.
La mente desconcertada por el resplandor. No por remordimiento
- el bien no hecho, el amor no dado, el tiempo que se fue,
desgarrado y sin usar – ni porque, desdichadamente,
se precise mucho tiempo para remontar y liberar
una vida de sus errados comienzos, y puede que nunca se logre;
pero sí por el vacío total y eterno,
la extinción cierta hacia la que viajamos,
y en la que estaremos perdidos para siempre. No estar aquí,
no estar en ninguna parte,
y muy pronto; nada más terrible, nada más verdad.
Es una manera especial de sentir miedo,
que no se esfuma con ningún truco. La religión lo intenta,
ese vasto y apolillado brocado musical
creado para fingir que nunca morimos,
ese rollo engañoso que dice que ningún ser racional
puede temer a una cosa que no sentirá, apartando la mirada
de lo que tememos: no tener ojos, ni oído,
ni tacto, sabor u olor; nada en lo que pensar,
nada que amar o a lo que poder unirnos;
el anestésico del que nadie recobra el sentido.
Quedarse así solamente al borde de la visión,
pequeño borrón desenfocado, con un escalofrío continuo
que debilita y conduce hacia la indecisión cada impulso.
La mayoría de las cosas puede que nunca sucedan: ésta ocurrirá,
y lo certero de su cumplimiento nos hace enfurecer
cuando estamos atrapados en el horno del miedo,
sin compañía, o una copa en la mano. El valor es inútil:
dicho sea, no para que otros se asusten. Ser valiente
no permite a nadie librarse de la tumba.
Lamentada o combatida, la muerte es la misma.
Lentamente la luz se afirma, y la habitación toma forma.
Como un armario, resulta evidente lo que sabemos,
lo que hemos sabido siempre, el saber que no podemos escapar;
y aun así no podemos aceptarlo. Habrá que decidirse.
Entretanto, en oficinas cerradas, los teléfonos agazapados
se preparan para sonar; y todo el impasible,
intrincado y agrietado mundo comienza a despertar.
El cielo es blanco como arcilla, sin sol.
El trabajo nos reclama.
De casa en casa, como médicos, van los carteros.


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