lunes, 16 de enero de 2012

Pero así era como caía uno






"-Es más fácil decirlo que hacerlo... -se dijo con voz quebrada y sin resuello pero hablando después de todo, al mismo tiempo que se ponía en marcha-. Algo tengo que hacer; no puedo sentarme  y esperar, pues no tardaría en sepultarme esa masa de incontables hexagonitos perfectos de agua cristalizada, y si viniese a buscarme Settembrini con su silbato me encontraría aquí acurrucado, con los ojos vidriosos y el gorro de esquí ladeado sobre la cabeza. -Se dio cuenta de que hablaba consigo mismo, y además en un tono bastante extraño. Se prohibió, pues, hablar, pero volvió a hacerlo enseguida, a media voz, aunque sus labios eran tan pesados que renunció a moverlos y a pronunciar las consonantes labiales, lo cual le recordó una situación anterior en la que le había ocurrido lo mismo-. Cállate y trata de salir de aquí -se dijo, y añadió-: Me parece que desvarías y que estás perdiendo la cabeza. Y, en cierto sentido, eso es grave.
Pero el hecho de que aquello fuese grave desde el punto de vista de las probabilidades que tenía de escapar constituía una simple comprobación crítica que parecía proceder de otra persona, de alguien ajeno aunque preocupado por su situación. Él, por naturaleza, estaba muy tentado de dejarse llevar por aquel estado de confusión que quería apoderarse de él a medida que aumentaba su agotamiento, aunque tomó conciencia y se detuvo a reflexionar sobre ello.
"Es fruto de la percepción alterada de quien se encuentra atrapado en medio de una tormenta de nieve en la alta montaña y no puede encontrar el camino de regreso -pensaba dificultosamente y, casi sin respiración, pronunciaba frases sin sentido, evitando expresiones más claras por pura discreción-. La gente que oye contarlo a posteriori se imagina que es espantoso, pero olvida que la enfermedad, y mi estado es, en cierta manera, una enfermedad, altera al hombre para que sea capaz de convivir con ella. Para ello se produce una disminución de la sensibilidad, creando una completa insensibilidad a ciertos estímulos, una especie de anestesia del cuerpo, una medida de alivio de la propia naturaleza, eso es... Pero hay que luchar contra esos efectos, pues tienen un doble fondo, son sumamente engañosos; todo depende de cómo se interpreten. Son positivos y beneficiosos cuando la batalla está perdida sin remisión, pero son perjudiciales y muy peligrosos mientras todavía cabe la posibilidad de regresar a casa, como me pasa a mí, que no estoy dispuesto, ni mucho menos, con un corazón que aún palpita furiosamente, a dejarme sepultar por esa estúpida masa de cristalitos hexagonales perfectos..."

"¡Qué gran consuelo aquella imagen! Había luchado valientemente y, a pesar de tantas adversidades, había conseguido alcanzar un lugar en el que incluso se hacía patente la mano del hombre, señal de que el valle habitado estaba cerca. Tal vez viviera alguien allí, tal vez se podría entrar en la casa y, bajo su techo, esperar el fin de la tormenta, y en caso de necesidad procurarse un compañero o un guía, en el caso de que hubiera caído realmente la noche en el intervalo. Se dirigió hacia aquella visión casi quimérica y que por momentos desaparecía por completo en la oscuridad de la tormenta. Todavía le faltaba una subida agotadora con el viento en contra, y, una vez allí, constató con indignación, sorpresa, espanto y sensación de vértigo que era la cabaña ya conocida, aquel cobertizo con el tejado sujeto con piedras que, después de un sinfín de vueltas y a costa de los más ímprobos esfuerzos, había vuelto a encontrar.
¡Qué diablo! Terribles juramentos salieron de los labios paralizados de Hans Castorp -sin consonantes labiales, obviamente-. Para orientarse dio la vuelta a la cabaña, ayudándose de un bastón, y comprobó que había llegado a ella por detrás y que, por consiguiente, había pasado una hora larga -según sus cálculos- haciendo el imbécil de la manera más rematada. Pero así era como caía uno, así lo describían los libros. Uno no hacía más que dar vueltas, se agotaba en el intento convencido de que servía de algún provecho, y en realidad describía un enorme círculo totalmente absurdo que se cerraba sobre sí mismo, igual que el ciclo del año con sus engañosas estaciones. Y así sucedía que uno caminaba y caminaba y no encontraba el camino de regreso jamás. Hans Castorp tomó conciencia de aquel fenómeno al que -valga la expresión- tantas vueltas le había dado él en su cabeza, y se dio una palmada en el muslo, de rabia y de asombro, al comprobar con qué exactitud se revelaba lo general, lo abstracto, en su caso concreto, individual y presente."

Thomas Mann, La montaña mágica.

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