lunes, 9 de enero de 2012

A los por nacer













I.

Verdaderamente: vivo en tiempos tenebrosos.
La palabra inocente es necia. Una frente tersa
revela insensibilidad. Y si alguien ríe
es que no le ha llegado todavía
la noticia terrible.

¿Qué tiempos son éstos, en que
es casi un crimen hablar de los árboles
porque equivale a callar sobre tantas maldades?
Ese hombre que va tranquilamente por la calle,
¿es ya acaso inaccesible a sus amigos
en la necesidad?

Cierto: yo me gano la vida todavía.
Pero creedme: es por casualidad. Nada
de lo que hago me da derecho a hartarme.
Casualmente me respetan (pero si cambia mi suerte
estoy perdido).

Me dicen: ¡Come y bebe, sé alegre tú que tienes!
Pero ¿cómo voy a comer y beber
si le arranco al hambriento lo que como
y mi vaso de agua le falta al sediento?
Y, sin embargo, como y bebo.

También me gustaría ser sabio.
Los viejos libros dicen que sabiduría es
apartarse de las luchas del mundo y pasar
el breve tiempo sin temor.
También renunciar a la fuerza, devolver bien por mal,
no cumplir los deseos sino olvidarlos,
dicen que es sabiduría.
Pero yo no puedo hacer nada de eso:
verdaderamente, vivo en tiempos tenebrosos.


II.

Llegué a las ciudades en la hora del desorden,
cuando reinaba el hambre.
Me mezclé entre los hombres en la hora de la rebelión
y me indigné junto con ellos
Así transcurrió mi tiempo,
el tiempo que me fue dado sobre la tierra.

Comí mi pan entre las batallas.
Me eché a dormir entre los asesinos.
Cultivé sin respeto el amor
y fui impaciente con la naturaleza.
Así transcurrió mi tiempo,
el tiempo que me había sido dado sobre la tierra.

A una ciénaga conducían en mi tiempo todos los caminos.
Mi habla me vendió al matarife.
Poco pude. Pero los amos
habrían seguido más seguros sin mí: ésa fue mi esperanza.
Así transcurrió mi tiempo,
el tiempo que me había sido dado sobre la tierra.

Pocas eran las fuerzas. La meta
estaba muy lejos
Pero era ya visible, aunque para mí
apenas alcanzable.
Así transcurrió mi tiempo,
el tiempo que me había sido dado sobre la tierra.


III.

Vosotros, los que surgiréis del diluvio
en que nos hemos ahogado
pensad,
cuando habléis de nuestras debilidades,
también en el tiempo de tinieblas
del que os habéis librado.

Porque a menudo, cambiando de patria más que de zapatos
fuimos desamparados a través de la guerra de clases,
cuando todo era injusticia y nada rebelión.

Pero no por ello ignoramos
que también el odio contra la vileza
desencaja al rostro,
que también la cólera ante la injusticia
enronquece la voz. Sí, nosotros,
que queríamos preparar el terreno a la amistad,
no pudimos ser amistosos.
Pero vosotros, cuando llegue el día
que el hombre sea auxilio del hombre,
acordaos de nosotros
con indulgencia.

Bertolt Brecht


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