martes, 6 de diciembre de 2011

Su nombre, aquellas dos palabras, no dijeron allí nada







"Le parecía estar metido en el engranaje de una máquina que le descomponía en trozos impersonales, antes de que se pudiera hablar de culpabilidad o de inocencia. Su nombre, aquellas dos palabras, las más pobres de imaginación, pero las más ricas en sentimiento, no dijeron allí nada. Sus trabajos, que en el mundo científico, un mundo de solidez y crédito, le habían procurado honor y fama, en aquel momento no contaban para nada; ni una sola vez le preguntaron por ellos. Su rostro reveló sus señas personales; tenía la impresión de no haber pensado nunca hasta entonces que sus ojos eran grises, de uno de los cuatro tipos existentes y oficialmente registrados en millones de ejemplares; sus cabellos eran rubios, alta su figura, su rostro ovalado y, por lo demás, no tenía características especiales, aunque él se reservaba otra opinión. Según Ulrich, era esbelto, ancho de espaldas, su caja torácica poseía la forma de una vela hinchada en el mástil de un barco y las articulaciones de su cuerpo accionaban los músculos como pequeñas palancas de acero cuando se irritaba, reñía o estrechaba a Bonadea en sus brazos; por el contrario, era delgado tierno, oscuro y blando, como una medusa nadando en el agua cuando leía un libro que le conmovía o cuando le rozaba la brisa del amor errante, el cual nunca habría creído que tuviera lugar en el mundo. En aquel momento le interesó precisamente el desencadenamiento estadístico de la persona; y el sistema de medida y descripción que le habían aplicado los organismos policíacos, le entusiasmó como una poesía de amor compuesta por el diablo. Lo más maravilloso de todo el procedimiento fue que la policía no sólo podía despedazar a un hombre de modo que no quedara nada de él, sino que con aquellas piezas insignificantes lo reconstruyeron inconfundiblemente y en ellos se le podía reconocer. Para desarrollar todo este proceso se necesita algo imponderable que la policía llama sospecha.
Ulrich comprendió de una vez que sólo sirviéndose de la más fría prudencia podría salir de aquel enredo en que le había metido su insensatez. El interrogatorio continuó. Se imaginó el efecto que podría producir su respuesta si, al preguntarle por su domicilio, les dijera: mi casa es la de una persona que me es extraña. O si a la otra pregunta sobre su acción les respondiera que hacía siempre lo contrario de lo que le importaba. Pero externamente contestó con docilidad y dio calle y número de su vivienda, y trató de justificar de algún modo su conducta. La autoridad interna del espíritu era por desgracia impotente frente a la autoridad externa del sargento. Al fin echó mano de la última tabla de salvación. Preguntado por su oficio, respondió. "privado" -intelectual privado no debería haber dicho jamás-; al pronunciar aquel vocablo, sintió descansar sobre sí una mirada que hubiera sido igual si se le hubiera ocurrido decir "vagabundo"; pero cuando se trató de tomar los datos de filiación, al declarar Ulrich que su padre era miembro del Senado, la mirada fue otra. Siguió siendo desconfiada, pero Ulrich vio en ella algo que le produjo una sensación semejante a la de un hombre que, abatido por las olas del mar, toca al fin con el dedo del pie terreno firme."

Robert Musil, El hombre sin atributos.


No hay comentarios:

Publicar un comentario