sábado, 12 de noviembre de 2011

Por las noches bajaba a un bar








"Por las noches bajaba a un bar que había justo en el portal de al lado, el Bergantiños, un lugar oscuro, con mesas de formica marrón y sillas a juego, donde siempre había moscas, y que, a falta de nada mejor en aquel barrio proletario y alejado del centro, yo había convertido en un lugar acogedor y especial por esa ley de supervivencia que nos obliga a adaptar lo que tenemos a mano a nuestras fantasías y pronósticos, yo había leído ya la autobiografía de Richard Feynman, titulada ¿Está Ud. de broma, Sr. Feynman?, en la que el genial físico relataba que cuando era profesor en Caltech había tomado la decisión de pedir siempre el mismo postre, flan, para de esta manera evitar el incordio de tener que pensar cada día en la nimia pero desquiciante decisión de elegir el postre, y de esta manera yo, en mi émulo casero del mítico genio de la física, en aquel bar llamado Bergantiños pedía  siempre, sin excepción, una Coca-Cola de botella de 33cm3, con una rodaja de limón introducida dentro y bien exprimida, y la bebía a morro mientras veía la masa amarilla y porosa de la piel del limón almibarándose en la botella entre jugos de Coca-Cola, de esta manera ya tenía resuelta la decisión de qué tomar y podía concentrarme directamente en la tele o en escuchar las conversaciones de las otras mesas, casi todas ocupadas con ancianos solitarios y desdentados que farfullaban y de vez en cuando emitían un sonido, todas las mesas eran así menos una, la del fondo, más en penumbra y ocupada cada noche por estudiantes ya mayores que yo, repetidores que aún leían periódicos como Mundo Obrero y hablaban de una revolución siempre por venir la semana siguiente, yo permanecía impasible ante toda la cacharrería teórica y estética de aquellos muchachos, y ellos me observaban como a un marciano recién aterrizado en su Gulag, nos respetábamos, el motivo por el que esos jóvenes frecuentaban ese bar de ancianos era uno y simple: el dueño, Xoan, un hombre que rozaría los 80 años, corpulento, con pelo tupé a lo James Dean, resultaba ser una especie de comunista metafísico ya que, entre otras cosas, afirmaba que había estado en Berlín en el año 71 y que el muro no existía, llevaba en el meñique de la mano izquierda un sello de oro con un relieve de la hoz y el martillo también de oro, recuerdo que un día le pregunté, Pero, Xoan, ¿eso de la hoz y el martillo en oro no es una contradicción?, y él respondió con su característica voz de pena, ¡No, neno, no, tienes que comprender que no!, y no dijo más, (...)"

Agustín Fernandez Mallo, Nocilla Lab

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