sábado, 8 de octubre de 2011

Mi familia y otros animales.










"Esta es la historia de cinco años que mi familia y yo pasamos en la isla griega de Corfú. En principio estaba destinada a ser una descripción levemente nostálgica de la historia natural de la isla, pero al introducir a mi familia en las primeras páginas del libro cometí un grave error. Una vez sobre el papel, procedieron de inmediato a tomar posesión de los restantes capítulos, invitando además a sus amigos. Sólo a través de enormes dificultades, y ejercitando considerable astucia, logré reservar aquí y allí alguna página que poder dedicar exclusivamente a los animales."


"Julio se había extinguido como una vela ante el viento cortante que nos trajo un plomizo cielo de agosto. Caía una llovizna fina e hiriente, reunida en mantas grises y opacas cuando el viento soplaba a su favor. A lo largo de la playa de Bournemouth, las casetas volvían su vacuo rostro de madera hacia el mar gris verdoso, ceñido de espumas, que corría a estrellarse contra el bastión de cemento de la orilla. Las gaviotas, empujadas tierra adentro hacia la población, sobrevolaban los tejados con alas tensas, gimiendo agriamente. El estado del tiempo parecía calculado para poner a prueba la paciencia de cualquiera.
Vista en conjunto, aquella tarde mi familia no ofrecía un aspecto demasiado atractivo, pues el clima reinante había traído consigo la habitual serie de males a que éramos propensos. A mí, tirado en el suelo mientras etiquetaba mi colección de conchas, me había provisto de un catarro que parecía haberme fraguado en el cráneo, obligándome a respirar estertóreamente por la boca abierta. Para mi hermano Leslie, arrebujado con expresión ceñuda junto al fuego, llegó una inflamación interna de oídos, que le sangraban lenta pero persistentemente. A mi hermana Margo le había deparado un surtido fresco de acné sobre su rostro ya de antes moteado como un velo de puntitos rojos. Para mi madre hubo un opulento y burbujeante resfriado, sazonado con una pizca de reuma. Sólo mi hermano mayor Larry se mantenía ileso, pero suficientemente irritado a la vista de nuestros alifafes.
Fue Larry, por supuesto, quien empezó la cosa. Los demás estábamos demasiado desmadejados para pensar en algo que no fueran nuestros males respectivos, pero a Larry la Providencia le había destinado a pasar por la vida como un pequeño cohete rubio, haciendo explotar ideas en las mentes ajenas para después enroscarse con untuosidad gatuna y negar toda responsabilidad de las consecuencias. A medida que avanzaba la tarde, su irritación iba en aumento. Al fin, paseando en derredor una mirada melancólica, decidió atacar a Mamá, como causante manifiesta del problema.
—¿Por qué aguantamos este maldito clima? —preguntó de improviso, señalando a la ventana distorsionada por la lluvia—. ¡Contemplad! O, si vamos a eso, contemplaos mutuamente... Margo, inflada como un plato de porridge encarnado... Leslie, penando por el mundo con treinta metros de algodón en cada oreja... Gerry suena como si tuviera el paladar hendido de nacimiento... Y, anda que tú: cada día que pasa pareces más decrépita y torturada.
Mamá le miró por encima de un tomazo titulado Recetas fáciles de Rajputana. —Pues no lo estoy —dijo indignada.
—Lo estás —insistió Larry—; estás echando pinta de lavandera irlandesa... y tu familia parece una serie de ilustraciones de enciclopedia médica.
A Mamá no se le ocurrió ninguna réplica aplastante, así que se contentó con lanzarle una mirada furibunda antes de replegarse de nuevo tras su libro.
—Lo que nos hace falta es sol —continuó Larry—; ¿no estás de acuerdo, Les?... Les... ¡Les!
Leslie se desenredó una maraña de algodón de la oreja.
—¿Qué decías? —preguntó.
—¡Ahí tienes! —dijo Larry, volviéndose triunfalmente a Mamá—, mantener una conversación con él es como poner una pica en Flandes. ¡Esto es un numerito! Un hermano que no oye nada, y al otro no hay quien le entienda. Realmente, ya es hora de hacer algo. No puede uno escribir prosa inmortal en una atmósfera de lamentaciones y eucalipto.
—Sí, querido —dijo Mamá distraídamente.
—Lo que todos necesitamos —dijo Larry, reanudando sus pasos— es sol, un lugar donde poder crecer.
—Sí, querido, eso estaría bien —asintió Mamá, en realidad sin escucharle.
—Esta mañana tuve carta de George... dice que Corfú es maravilloso... ¿Por qué no hacemos las maletas y nos vamos a Grecia?
—Bueno, querido; si tú quieres —dijo Mamá desprevenida.
En lo tocante a Larry solía tener buen cuidado de no dejarse comprometer.
—¿Cuándo? —preguntó Larry, algo sorprendido ante la concesión.
Mamá, advirtiendo haber cometido un error táctico, bajó cautamente las Recetas fáciles de Rajputana.
—Pues creo que lo más sensato sería que tú fueras por delante, querido, a preparar el terreno. Después nos escribes, y si me dices que aquello está bien, nos vamos todos —dijo astutamente.
Larry la miró con desmayo.
—Lo mismo dijiste cuando propuse ir a España —le recordó—, y dos meses interminables me pasé sentado en Sevilla esperando que aparecieseis, mientras vosotros no hacíais más que escribirme kilométricas cartas sobre el alcantarillado y el agua de beber, como si yo fuera el secretario del Ayuntamiento o algo así. No; si vamos a Grecia, iremos todos a la vez.
—Exageras, Larry —dijo Mamá en tono ofendido—; de cualquier forma, yo no me puedo ir así como así. Hay cosas que hacer en esta casa.
—¿Cosas? ¿Qué cosas, diablos? Véndela.
—Pero hijo, no puedo —dijo Mamá, escandalizada.
—¿Por qué no?
—Porque acabo de comprarla.
—Mejor: así la vendes a estrenar.
—No seas ridículo, querido —dijo Mamá con firmeza—; eso ni pensarlo. Sería una locura.
De modo que vendimos la casa y huimos del triste verano inglés, como una bandada de golondrinas migratorias."

Gerald Durrell, Mi familia y otros animales.

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