martes, 19 de julio de 2011

Un hombre sin atributos consta de atributos sin hombre







"Ulrich era un hombre  pasional, pero por pasión no hay que entender las pasiones por separado. Debía de haberse dado algo que le empujaba siempre hacia ellas, y eso era quizá la pasión; pero en un estado de excitación y de acciones excitadas, su conducta era al mismo tiempo apasionada e indiferente. Había hecho toda la clase de experiencias y sabía que estaba dispuesto a lanzarse  a todo lo que no tenía por qué importarle, con tal que estimulase su deseo de actividad. Sin exagerar mucho podía decir que, en su vida, todo se había desarrollado como si las cosas estuvieran más relacionadas entre sí que en contacto con él. A la "a" le había seguido siempre la "b", ya se tratara de lucha o de amor. Así tenía que creer que sus atributos personales se pertenecían más a sí mismos que a él; cada uno, si examinaba detenidamente, tenía tan poco que ver con su persona, como con otras que a su vez las poseían.
Sin duda los atributos determinan al hombre y lo componen, incluso no siendo él idéntico a ellos; el mismo hombre se considera extraño a sí mismo tanto en estado de reposo como en estado de actividad. Si Ulrich hubiera tenido que dar una definición de sí mismo se hubiera visto en apuros, pues, igual que muchas otras personas, sólo se había sometido a examen en determinadas materias y en relación a ellas. Su conciencia no había sufrido daño, ni se había viciado o vanagloriado, y no conocía la necesidad de reparaciones, ni de ese aceite llamado examen de conciencia. ¿Era un hombre fuerte? No lo sabía; en este punto su opinión, probablemente era equivocada. Pero es cierto que había sido siempre un hombre que había confiado en sus propias fuerzas. (...)
Esta inseguridad significa para Ulrich el fondo de sus problemas personales. En otros tiempos se podía ser una persona con mejor conciencia que hoy. Los hombres se asemejaban a cañas en la mies. Dios, el granizo, los incendios, la peste, les atacaban probablemente con más violencia que ahora, pero como conjunto, en lo que respecta a ciudad y campo; lo que quedaba a cada caña de movilidad personal era algo claro y caía bajo su responsabilidad. Actualmente, la responsabilidad tiene su punto de gravedad, no ya en el hombre, sino en la concatenación de las cosas. ¿No es cierto que las experiencias se han independizado del hombre? Han pasado al teatro, a los libros, a los informes de excavaciones y a viajes de investigación, a las comunidades religiosas que cultivan ciertas vivencias a costa de otros, como en un experimento social; y si las experiencias no se encuentran precisamente en el trabajo, están suspendidas en el aire; ¿quién puede asegurar hoy día que su enojo e enojo de sí mismo cuando intervienen tantos en él que lo comprenden mejor que él? Ha surgido un mundo de atributos sin hombre, de experiencias sin uno que las viva, como si el hombre ideal no pudiera vivir privadamente, como si el peso de la responsabilidad personal se disolviera en un sistema de fórmulas de posibles significados. Probablemente, la descomposición de las relaciones antropocéntricas, que durante tanto tiempo han considerado al hombre como centro del universo, pero que desde hace siglos están desapareciendo, ha llegado; finalmente, al propio yo, pues la creencia de que los más importante en la vivencia es que uno la viva y en la acción que uno la haga comienza a parecer, a la mayor parte de los hombres, una ingenuidad. No cabe duda de que hay todavía personas que viven su vida personal; dicen: -"Ayer estuvimos en casa de fulano o de mengano", o bien: -"Hoy vamos a hacer esto o aquello", y comienzan a gozar en eso, aunque no tenga todavía contenido ni significado. Aman todo lo que tocan sus dedos, y son personas privadas tan exclusivamente como es posible serlo; el mundo se hace privado en cuanto se toma contacto con ellas, y brilla como un arco iris. Quizá son muy felices, pero esa clase de personas les parecen absurdas a las otras, aunque todavía no se haya conseguido saber por qué. Tras estas consideraciones, Ulrich tuvo que confesar, sonriendo, que, a pesar de todo, él era todo un carácter, aun sin tenerlo."

Robert Musil, El hombre sin atributos.


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