viernes, 1 de julio de 2011

Herman Melville





Towards the end he sailed into an extraordinary
mildness,
And anchored in his home and reached his wife
And rode within the harbour of her hand,
And went across each morning to an office
As though his occupation were another island.

Goodness existed: that was the new knowledge
His terror had to blow itself quite out
To let him see it; but it was the gale had blown him
Paste the Cape Harn of sensible success
Which cries: 'This rock is Eden. Shipwreck here.'
But deafened him with thunder and confused with
lightning:
--The maniac hero hunting like a jewel
The rare ambiguous monster that had maimed his sex,
The unexplained survivor breaking off the nightmare--
All that was intricate and false; the truth was simple.

Evil is unspectacular and always human,
And shares our bed and eats at our own table,
And we are introduced to Goodness every day.
Even in drawing-rooms among a crowd of faults;
he has a name like Billy and is almost perfect
But wears a stammer like decoration:
And every time they meet the same thing has to happen;
It is the Evil that is helpless like a lover
And has to pick a quarrel and succeeds,
And both are openly destroyed before our eyes.

For now he was awake and knew
No one is ever spared except in dreams;
But there was something else the nightmare had distorted--
Even the punishment was human and a form of love:
The howling storm had been his father's presence
And all the time he had been carried on his father's breast.

Who now had set him gently down and left him.
He stood upon the narrow balcony and listened:
And all the stars above him sang as in his childhood
'All, all is vanity,' but it was not the same;
For now the words descended like the calm of mountains--
--Nathaniel had been shy because his love was selfish--
But now he cried in exultation and surrender
'The Godhead is broken like bread. We are the pieces.'

And sat down at his desk and wrote a story.




Al final casi, navegando, entró a una calma singular y
 ancló en su casa y alcanzó a su
esposa
y bogó en la ensenada de sus manos
y cada mañana cruzaba a la oficina como si fuera 
otra isla su trabajo.
Existía el Bien: esto era su nueva ciencia
su terror tuvo que alejarse totalmente
para que se diera cuenta; mas fue lanzado
por el
viento
allende el Cabo de Hornos del éxito
razonable
que aúlla: “Esta roca es el edén. Aquí
naufraga”.

Pero que lo ensordeció con truenos y lo
aturdió con
relámpagos:
—el héroe lunático cazando, como a una
joya,
al raro monstruo ambiguo que mutiló su
sexo,
odio por odio hasta vaciarse en grito,
sobreviviente imposible arrebatado al
delirio—
todo eso era falso y complicado; la verdad
era
simple.

Nada espectacular el Mal, y siempre humano, 
comparte nuestra cama y come en nuestra
mesa,
y nos presenta al Bien todos los días,
hasta en las estancias rodeadas de yerros;
tiene un nombre (como “Billy”) y es casi perfecto
 aunque porta como un adorno su
tartamudez:
y cada vez que se topan tiene que pasar lo mismo; 
es el Mal el que es desvalido como
un amante
y busca pleito hasta encontrarlo
y ambos son destruidos abiertamente ante
nosotros.
Pues ahora se había despertado y ya sabía
que nadie se salva mientras no sea en
sueños;
pero había algo más que había sido
trastocado por
la pesadilla—

incluso el castigo era humano y era una
forma de
amor:
la quejosa tormenta había sido la presencia
de
su padre
y había sido llevado siempre en el pecho de
su padre.
Que con delicadeza lo había descendido
ahora para
abandonarlo.
Se puso de pie sobre el balcón angosto y
escuchó
y todas las estrellas arriba cantaron como en
su
infancia
“Todo, todo es vanidad”, pero ya no era lo mismo;
 porque ahora las palabras cayeron
como el sosiego
de las montañas
—Natanaél fue tímido por ser su amor egoísta— 
pero ahora gritó, transportado y
vencido,
“La divinidad se ha roto como un pan.
Nosotros somos los pedazos.”

Y se sentó en su escritorio y escribió una historia.

 W.H. Auden


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