miércoles, 4 de mayo de 2011

Haciendo el azul








"En la edad media, el oficio de tintorero  era una ciencia secreta. Sólo gracias a la ciencia química moderna fue en parte posible descubrir los secretos de los tintoreros. El glasto se utilizaba de esta manera: sólo se cosechaban las hojas de la planta cortándolas del tallo y dejando el resto de la planta en tierra, pues, al cabo de varios años volvía a ser útil; luego, las hojas eran trituradas y puestas a secar al sol.
Las labores de tinte exigían buen tiempo, debía hacer calor al menos durante dos semanas. En cuanto a las utensilios,  sólo se necesitaban cubas, grandes y rectas, de troncos ahuecados, que se ponían al sol. En estas cubas se colocaban las hojas secas de glasto y se llenaban luego de un líquido para cubrirlas. El líquido era químicamente único: orina humana.
Esta mezcla de orina y glasto puesta al sol empezaba a fermentar y se formaba alcohol, que disolvía el colorante índigo de la hojas. Aunque el la edad media no se conocía el proceso químico, se sabía que la fermentación se reforzaba, obteniéndose más colorante, si se añadía alcohol. Pero el alcohol no se podía echar directamente a la mezcla porque podía estropearla. El alcohol se añadía de una manera indirecta: en antiguas recetas se dice que el tinte obtenido es especialmente bueno si se utiliza la orina de hombres que han bebido mucho alcohol.
El proceso duraba tres días por lo menos, hasta que el colorante se desprendía de las hojas. Si los días no eran soleados, podía durar una semana. Los operarios tenían entonces que dar vueltas a las podridas hojas una y otra vez. Lo hacían introduciéndose con los pies desnudos en las cubas, -quizá porque este método tiene la ventaja de que uno puede apretarse la nariz-. Por lo demás, debían mantener húmeda la pasta de las hojas resultante y vigilar la cantidad de alcohol.
Según las recetas, el colorante se  ha separado de las hojas cuando el hedor disminuye, pero aún no se puede teñir nada. El colorante disuelto en el alcohol debía hacerse soluble en agua mediante una segunda fermentación,  para la que se añadía sal. Los tintoreros debían esperar de tres a ocho días más, en los que lo único que tenían que hacer era remover la mezcla y reponer la orina evaporada y, sobre todo, seguir vigilando el contenido de alcohol de la mezcla, pues cuanto mejor era la fermentación, más abundante era el tinte y más intenso el azul. Sólo cuando la mezcla empezaba a enmohecer podían teñirse tejidos e hilos. Éstos debían permanecer un día entero en la mezcla para tomar suficiente tinte. Luego eran aclarados nuevamente en orina. Pero su color todavía no era azul, pues tenían el color desagradable de la mezcla. Sólo después de secar los tejidos a la luz del sol aparecía el azul. El índigo es un colorante de oxidación. Y precisamente porque el color aparece  cuando es expuesto a la luz, es tan estable.
El glasto tenía una ventaja adicional: podía almacenarse por tiempo indefinido. Cuando no había que teñir dentro de un plazo breve, se hacían bolas con las hojas fermentadas y se las dejaba secar. También se vendían de esta manera. Para usarlas de nuevo las bolas volvían a introducirse en orina.
Dejando a parte el hedor, la tinción era una actividad agradable. Los tintoreros trabajaban al aire libre, con buen tiempo, y además había que beber abundantemente. Cuando se veía a los tintoreros borrachos dormir al sol, todo el mundo sabía que estaban "haciendo el azul". Y quien había hecho el azul, estaba borracho, o, como acabó diciéndose en Alemania del borracho: estaba azul.
Así de bonito era teñir de azul en Alemania, por eso sólo en Alemania se dice que los borrachos se ponen azules, y, cuando alguien no acude al trabajo, se dice que "está haciendo el azul".

Eva Heller, Psicología del color.



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