martes, 5 de abril de 2011

¡Voy a volverme loco!









"Aquel día, dos años después, al salir de la caverna que llamaba hogar hasta que se le ocurriera un nombre más apropiado o encontrara una cueva mejor, descubrió que la mañana era suave y fragante.
  Aunque tenía otra vez la garganta irritada por el grito de horror de la madrugada, de pronto se sintió de un humor fantástico. Se abrigó con la gastada bata, apretándosela bien contra el cuerpo, y contempló la mañana rebosante de alegría.
   El aire era claro y fragante, la brisa removía suavemente la alta hierba que rodeaba la cueva, los pájaros intercambiaban sus trinos y toda la naturaleza parecía conspirar para resultar lo más agradable posible.
  Pero lo que producía en Arthur un sentimiento de tanta alegría no eran los placeres bucólicos. Se le acababa de ocurrir una idea maravillosa para combatir su tremendo aislamiento, las pesadillas, el fracaso de todos sus ensayos de horticultura, la absoluta ausencia de futuro y la inutilidad de su vida en la prehistoria terrestre: decidió volverse loco.
   De nuevo se sintió rebosar de alegría y tomó un mordisco de una pata de conejo que le quedó de la cena. La masticó contento durante unos instantes y luego pensó en anunciar formalmente su decisión.
   Se puso bien derecho y miró de frente al mundo, fijando la vista en los campos y colinas. Para dar peso a sus palabras se colocó en el pelo el hueso de conejo. Extendió los brazos de par en par.
   -¡Voy a volverme loco! -anunció.
   -Buena idea -comentó Ford Prefect, bajando a gatas de la peña en que se sentaba.
   Arthur sufrió un sobresalto mental. Su mandíbula se le cerró espasmódicamente.
   -Yo me volví loco una temporada -explicó Ford Prefect-. Me sentó la mar de bien.
   Los ojos de Arthur dieron saltos mortales.
   -Mira... -dijo Ford.
   -¿Dónde has estado? -le interrumpió Arthur, una vez que su cerebro dejó de trabajar.
   -Por ahí; dando vueltas -dijo Ford, sonriendo de una forma que, sin equivocarse, consideró irritante-. No hice más que desengancharme mentalmente durante un tiempo. Supuse que si el mundo me necesitaba con urgencia me llamaría. Y me llamó.
   De su bolso, ya tremendamente gastado y estropeado, sacó el Subeta Sensomático.
   -Al menos -prosiguió-, creo que llamó. Esto ha estado sonando un rato. -Lo sacudió-. Como haya sido una falsa alarma, me vuelvo loco otra vez.
   Arthur meneó la cabeza y se sentó. Alzó la vista.
   -Pensé que habías muerto... -alcanzó a decir.
   -Yo también lo creí durante un tiempo -convino Ford-, y luego decidí ser un limón durante un par de semanas. En todo ese tiempo me divertí saltando dentro y fuera de una tónica con ginebra.
   Arthur carraspeó. Volvió a hacerlo.
   -¿Dónde encontraste.. . ? -preguntó.
   -¿La tónica con ginebra? -dijo alegremente Ford-. Vi un lago pequeño, creí que era tónica con ginebra y me dediqué a entrar y salir de él. Al menos me parece que lo tomé por tónica con ginebra. Es posible -añadió con una mueca que habría hecho encaramarse a los árboles a hombres cuerdos- que lo imaginara.
   Esperó a que Arthur contestara, pero éste conocía el truco.
   -Sigue -dijo con calma.
   -Mira -dijo Ford-, el caso es que no tiene sentido volverse loco para dejar de estarlo. Es mejor olvidarlo y guardar la cordura para después.
   -Y aquí estás, cuerdo de nuevo, ¿no? -dijo Arthur-. Lo pregunto sólo por curiosidad.
   -Fui a Africa -informó Ford.
   -¿Sí?
   -Sí.
   -¿Y qué tal?
   -Esta es tu cueva, ¿verdad?
   -Pues sí -contestó Arthur. Se sentía muy raro. Después de casi cuatro años de aislamiento total sentía tal alivio y placer de ver a Ford que estaba a punto de llorar. Por otro lado, Ford era una persona que resultaba molesta casi al instante.
   -Muy bonita -comentó Ford, refiriéndose a la cueva de Arthur-. Debes de odiarla.
   Arthur no se molestó en contestar.
   -Africa es muy interesante -dijo Ford-. Allí me comporté de una manera muy rara.
   Miró pensativo a la lejanía.
   -Me aficioné a ser cruel con los animales -dijo en tono frívolo, y añadió-: pero sólo para entretenerme.
   -¿Ah, sí? -dijo Arthur, cauteloso.
   -Sí -afirmó Ford-. No te molestaré con los detalles porque...
   -¿Qué?
   -Te molestarían. Pero tal vez te interese saber que yo solito soy responsable de la forma evolucionada del animal que en siglos posteriores has llegado a conocer como jirafa. Además, traté de enseñarle a volar. ¿Me crees?
   -Cuéntame -dijo Arthur.
   -Más tarde. Sólo mencionaré lo que dice la Guía...
   -¿La...?
   -La Guía. La Guía del autoestopista galáctico. ¿Recuerdas?
   -Sí. Recuerdo que la tiré al río.
   -Sí -convino Ford-, pero yo la saqué.
   -No me lo dijiste.
   -No quería que volvieras a tirarla.
   -Muy justo -admitió Arthur-. ¿Y qué dice?
   -¿El qué?
   -¿Qué dice la Guía?
   -La Guía dice que volar es un arte; o más bien un truco. El truco consiste en aprender a tirarse al suelo y fallar.
   Sonrió débilmente. Señaló las rodilleras de los pantalones y luego los codos. Estaban gastados y desgarrados.
   -Hasta ahora no me ha salido muy bien -prosiguió.
   Extendió la mano y añadió:
   -Me alegro mucho de volver a verte, Arthur.
   Arthur sacudió la cabeza en un acceso súbito de asombro y emoción.
   -Hace años que no veo a nadie -dijo-, a nadie. Ni siquiera recuerdo cómo se habla. Se me olvidan palabras. Pero practico. Practico hablando con... hablando con..., ¿cómo se llaman esas cosas que si hablas con ellas la gente cree que estás loco? Como Jorge Tercero.
   -¿Reyes? -sugirió Ford.
   -No, no. Las cosas con las que solía hablar. Estamos rodeados de ellas, por amor de Dios. Yo mismo he plantado cientos de ellas. Todas han muerto. ¡Arboles! Practico hablando a los árboles. ¿Para qué es eso?
   Ford aún tenía la mano tendida. Arthur la miraba sin comprender.
   -Estréchala -urgió Ford.
   Así lo hizo Arthur, nervioso al principio, como si resultara ser un pez. Luego la apretó con fuerza con ambas manos con una abrumadora oleada de alivio. La estrechó una y otra vez.
   Al cabo de un rato, Ford creyó necesario retirarla. Se encaramaron a la cresta de una peña cercana y reconocieron el terreno circundante.
   -¿Qué pasó con los golgafrinchanos? -preguntó Ford.
   Arthur se encogió de hombros.
   -Muchos de ellos no sobrevivieron al invierno de hace tres años -dijo-, y los pocos que quedaron en primavera dijeron que necesitaban unas vacaciones y se marcharon en una balsa. La historia afirma que debieron sobrevivir...
   -Ya -dijo Ford-. Vaya, vaya.
   Puso las manos en las caderas y volvió a mirar en torno, al mundo vacío. De pronto, Ford emitió una sensación de energía y decisión.
   -Nos vamos -dijo con entusiasmo, vibrando de energía.
   -¿A dónde? ¿Cómo? -inquirió Arthur.
   -No sé -confesó Ford-, pero noto que es el momento oportuno. Van a pasar cosas. Saldremos de aquí.
   Bajó la voz y prosiguió en susurros:
   -He observado alteraciones en la colada.
   Aguzó la vista hacia la lejanía y en aquel momento pareció como si quisiera que el viento le despeinara dramáticamente, pero el aire se dedicaba a jugar con unas hojas a cierta distancia.
   Arthur le pidió que repitiera lo que acababa de decir porque no le había entendido bien. Ford lo repitió.
   -¿La colada? -inquirió Arthur.
   -La colada espacio-temporal -contestó Ford, que descubrió los dientes al viento al pasar brevemente por su lado en aquel momento.
   Arthur asintió con la cabeza y luego carraspeó.
   -¿Hablamos de alguna especie de lavandería vogona -preguntó con cautela-, o de qué?
   -De remolinos en el continuo del espacio/tiempo.
   -Ah -asintió Arthur-, ¿son ellos? ¿Son ellos?
   Metió las manos en los bolsillos de la bata y miró a la lejanía con aire de conocedor.
   -¿Cómo? -preguntó Ford.
   -Hmm -dijo Arthur-, ¿quiénes son exactamente esos tipos, entonces?
   -¿Quieres escucharme? -saltó Ford, lanzándole una mirada colérica.
   -Te escucho -repuso Arthur-, pero no estoy seguro de que sirva para algo.
   Ford le agarró de las solapas de la bata y le habló con tanta claridad, lentitud y paciencia como si perteneciese al departamento de contabilidad de una compañía telefónica.
   -Parece... haber... bolsas... de inestabilidad... en el tejido...
   Arthur miró tontamente la tela de la bata por donde Ford le agarraba.
   -...en el tejido del espacio/tiempo -se apresuró a concluir Ford antes de que Arthur convirtiera su estúpida expresión en una observación tonta.
   -Ah, ya -dijo Arthur.
   -Sí, eso -confirmó Ford.
   Solos y erguidos en un promontorio de la Tierra prehistórica, se miraron resueltamente a la cara.
   -¿Y qué le ha pasado? -preguntó Arthur.
   -Ha creado bolsas de inestabilidad.
   -¿Sí? -dijo Arthur, sin pestañear por un momento.
   -Sí -repitió Ford, con el mismo grado de inmovilidad ocular.
   -Bien -comentó Arthur.
   -¿Entiendes? -preguntó Ford.
   -No.
   Hubo una pausa silenciosa.
   -Lo malo de esta conversación -dijo Arthur después de que una especie de expresión meditativa ascendiera despacio por su rostro como un montañero que escalara una cresta difícil-, es que es muy diferente de la mayoría que he mantenido últimamente. Y como ya te he explicado, han sido principalmente con árboles. No eran como ésta. Salvo, quizás, algunas que he tenido con olmos, que a veces se atascan un poco.
   -Arthur -dijo Ford.
   -Dime. ¿Sí? -dijo Arthur.
   -Limítate a creer todo lo que te diga, y todo te resultará sencillísimo.
   -Pues no estoy seguro de creerme eso.
   Se sentaron a ordenar las ideas.
   Ford sacó el Subeta Sensomático. Hacía ruidos vagos y susurrantes al Vempo que una luz diminuta se encendía débilmente.
   -¿Se han acabado las pilas? -preguntó Arthur.
   -No -contestó Ford-; hay una alteración móvil en el tejído espacio-temporal, un remolino, una bolsa de inestabilidad, y está en algún sitio cerca de nosotros. -
   -¿Dónde?
   Ford movió despacio el aparato describiendo a sacudidas un pequeño semicírculo. De pronto centelleó la luz.
   -¡Allí! -exclamó Ford alargando el brazo-. ¡Allí, detrás de aquel sofá!
   Arthur miró. Para su gran sorpresa, había un sofá de colores vivos en el campo, delante de ellos. Lo observó con un sobresalto inteligente. Astutas preguntas le vinieron a la mente.
   -¿Por qué hay un sofá en ese campo? -inquirió.
  -¡Te lo he dicho! -gritó Ford, poniéndose en pie de un salto-. ¡Hay remolinos en el continuo del espacio/tiempo!
   -Y ése es su sofá, ¿verdad? -preguntó Arthur, tratando de incorporarse y, según esperaba, aunque no con mucho optimismo, de recobrar el juicio.
   -¡Arthur! -le gritó Ford-. Ese sofá está ahí a causa de la inestabilidad espacio-temporal que estoy tratando de que se te meta en esa cabeza estupidizada sin remedio. ¡Se ha escurrido del continuo, se trata de un desecho espacio-temporal, y sea lo que sea, tenemos que cogerlo, es nuestro único medio de salir de aquí!
   Bajó rápidamente del promontorio rocoso y se alejó por el campo.
   -¿Cogerlo? -murmuró Arthur.
   Divertido, frunció el entrecejo al ver que el sofá saltaba y flotaba perezosamente sobre la hierba.
  Con un alarido de placer completamente inesperado bajó la peña de un salto y emprendió una persecución frenética en pos de Ford Prefect y de aquel mueble insensato.
  Corrieron sin tino por la hierba, brincando, riendo y gritándose instrucciones mutuamente para encaramar al objeto por uno u otro lado. El sol brillaba soñoliento entre la hierba ondulante y pequeños animales campestres se dispersaban locamente a su paso.
  Arthur se sentía feliz. Le gustaba mucho que por una vez el día se ajustara tanto a un plan preestablecido. Sólo hacía veinte minutos que decidiera volverse loco, y en aquel momento ya estaba persiguiendo un sofá por los campos de la Tierra prehistórica.
   El sofá siguió saltando por aquí y por allá, pareciendo al mismo tiempo tan sólido como los árboles que sobrevolaba, y tan nebuloso como un sueño agitado cuando atravesaba otros a la manera de un fantasma.
   Ford y Arthur lo perseguían sin orden ni concierto, pero el sofá los esquivaba haciendo regates como si describiera su propia y compleja topografía matemática, cosa qué hacía. Cuanto más lo perseguían, más bailaba y giraba, y de pronto se volvió, descendió como si rebasara el límite de la representación gráfica de una catástrofe y ellos se encontraron prácticamente encima de él. Con un grito y un empellón saltaron sobre él, el sol parpadeó, cayeron en una nada nauseabunda y emergieron inesperadamente en pleno centro del campo de Lord's Cricket Ground de St. John's Wood, en Londres, hacia la conclusión de la foral nacional de la Serie Australiana en el año de 198..., cuando Inglaterra solamente necesitaba veintiocho tantos para conseguir la victoria."

Douglas Adams, La vida, el universo y todo lo demás. (.doc)



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