miércoles, 13 de abril de 2011

Tres semanas










"Settembrini dijo:
—Los señores están de buen humor. Sin duda tienen motivo, tienen toda la razón. ¡Una mañana espléndida! El cielo azul, el sol sonríe. —Y con un gesto liviano y elegante de su brazo, elevó su pequeña mano amarilla hacia el cielo, mientras lanzaba en la misma dirección una mirada oblicua y alegre—. Casi se podría olvidar dónde estamos.
Hablaba sin ningún acento especial y sólo la precisión de sus frases dejaba entrever que se trataba de un extranjero. Sus labios formaban las palabras con cierto placer. Oírle era sin duda satisfactorio.
—¿Ha tenido el señor un viaje agradable? —preguntó dirigiéndose a Hans Castorp—. ¿Le han comunicado ya el veredicto? Quiero decir: ¿ha tenido ya lugar esa siniestra ceremonia de la primera consulta?
Si realmente hubiera deseado una respuesta, habría que guardar silencio y esperar, pues había hecho la pregunta y Hans Castorp se disponía a contestar. Pero el extranjero siguió preguntando:
—Supongo que habrá ido bien. Por las ganas que tiene de reírse... —y se interrumpió un momento, mientras la curva de sus labios se acentuaba— se podrían deducir conclusiones diversas. ¿A cuántos meses le han condenado nuestros Minos y Radamante? —La palabra «condenado» parecía particularmente ridícula en su boca—. ¡Déjeme adivinar...! ¿Seis? ¿Nueve directamente? ¡Aquí, desde luego, no escatiman con eso...!
Hans Castorp rió sorprendido, intentando comprender quiénes eran Minos y Radamante. Luego respondió:
—¿Cómo...? No, no... Se equivoca, señor Septem...
—Settembrini —corrigió el italiano con gracia y precisión, haciendo una reverencia un tanto cómica.
—Settembrini, le ruego me dispense. Usted se equivoca. Yo no estoy enfermo.  Sólo he venido a visitar a mi primo y descansar un poco aprovechando la ocasión.
—¡Ah, caramba! ¿Entonces no es usted de los nuestros? ¿Está sano? ¿Sólo está aquí de paso, como Ulises en el reino de las Sombras? ¡Qué audacia descender a las profundidades el mundo insignificante y absurdo de los muertos...!
—¿A las profundidades, señor Settembrini? ¡Lo que me faltaba por oír! Si he tenido que hacer una ascensión de unos dos mil metros para llegar hasta ustedes...
—Eso es lo que usted cree. Palabra de honor: no es más que una ilusión —dijo el italiano haciendo un gesto decidido con la mano—. Somos unas criaturas que han caído muy bajo, ¿no es verdad, teniente? —preguntó volviéndose hacia Joachim, que se regocijó por ser tratado así, aunque se esforzó en disimularlo respondiendo con aire reflexivo:
—Debe de ser que estamos un poco amodorrados. Pero después de todo, quizá logremos recuperarnos.
—Sí, les veo bien capaces. Usted es un hombre sensato —dijo Settembrini—. ¡Vaya, vaya, vaya! —repitió tres veces. Pronunciando muy bien la "v" y volviéndose de nuevo hacia Hans Castorp; luego  chasqueó suavemente la lengua y exclamó—: ¡Ya veo, ya veo, ya veo! — añadió esta vez, también con tres espléndidas  uves mirando tan fijamente a la cara  al recién llegado que sus ojos quedaron fijos y como muertos. Después, cuando volvieron a cobrar vida, prosiguió—: Así que ha subido  voluntariamente a vernos, a nosotros, los que hemos caído tan bajo, y quiere procurarnos el placer de  su agradable compañía. ¡Eso está bien! ¿Y cuánto tiempo piensa quedarse? Sí, sé que la pregunta es muy directa, pero desearía saber cuánto tiempo fija uno por sí mismo cuando es él quien decide y no Radamante.
—Tres semanas —dijo Hans Castorp con cierta vanidad al darse cuenta de que despertaba envidia.
—O Dio! ¡Tres semanas! ¿Lo ha oído, teniente? ¿No es acaso un poco impertinente decir: "vengo para pasar tres semanas y luego me marcho"? Nosotros no conocemos esa medida de tiempo llamada semana; permítame, señor, que se lo diga. Nuestra unidad temporal más pequeña es el mes. Contamos a largo plazo, es éste un privilegio de las sombras. Tenemos algunas unidades más, y todas son de una índole similar. ¿Puedo preguntarle qué profesión ejerce allí abajo, en la vida, o, más exactamente, para qué profesión se prepara? Como ve, no reprimimos la curiosidad. También la curiosidad forma parte de nuestros privilegios."

Thomas Mann, La montaña mágica.



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