"Deja la ventana y vuelve al ordenador y busca en google la voz Coxwold pub Dublín. Es una forma como otra de creer que así sacia su gran sed. Busca y pronto ve que no hay ningún bar con ese nombre allí, y vuelve a tener ganas de entrar en uno de verdad. De nuevo, se reprime. Va a la cocina y bebe dos vasos de agua seguidos. Allí, junto a la nevera, apoyado de pronto en ella, recuerda que a veces imagina —sólo lo imagina— que, en lugar de vivir encerrado en su casa y ser un adicto a la computadora, es un hombre abierto al mundo y abierto a la ciudad que tiene a sus pies. Imagina entonces que no es un editor retirado y enclaustrado y un perfecto autista informático, sino un hombre de mundo, uno de esos tipos simpáticos que aparecían en las películas de Hollywood de los años cincuenta y a los que tanto se quiso parecer y se pareció su padre. Una especie de Clark Gable o de Gary Cooper. Esa clase de hombres muy sociables que antes llamaban «extrovertidos» y que eran amigos de porteros de hotel, camareras, empleadas de banco, vendedores de fruta, taxistas, camioneros, peluqueras. Uno de esos admirables tipos desinhibidos y muy abiertos que no paran de recordarnos que en el fondo la vida es maravillosa y hay que abordarla con entusiasmo puro, pues no hay mejor remedio contra la horrible angustia, esa enfermedad de corte tan europeo."
Enrique Vila-Matas, Dublinesca.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada