miércoles, 23 de marzo de 2011

Soy normal, mirad­me







"Se viste, coge su paraguas, titubea unos instantes, pero finalmente sale al rellano, toma el ascensor, baja a la calle. Llevaba días dándole una pereza enorme ir a comprar unas medicinas, pero ahora tiene tiempo de ocuparse de ciertas cuestiones de la vida cotidiana. Va a la farmacia de siempre y compra las pastillas que se le estaban ya ago­tando y que por prescripción médica toma desde que tuviera el colapso físico de hace dos años. Pastillas para controlar la tensión alta: Atenolol, Astudal, Cardurán, Ter­tensif. Después, compra en la panadería una pizza de ro­quefort —que comerá fría en el camino de vuelta a casa— y unos picatostes para la sopa que Celia dejó ayer hecha.
Se le ve por todo el barrio, bajo la lluvia, con una bolsa de la farmacia y comiendo una pizza. Aparatosas gafas de sol para ocultar el deterioro físico que le está acarreando el insomnio. De vez en cuando, cómico y conmovedor, lanza miradas furtivas a los picatostes. Hoy, dentro de la evidente extravagancia, se le ve más normal que en otras ocasiones, al menos viene de la panadería y de la farmacia, y podría parecer —de hecho lo es— un vecino más. La última vez en este barrio fueron muchos los que le vieron paseando bajo la lluvia con su viejo impermeable, la camisa con el cuello roto y levantado, aquellos grotescos pantalones cortos, el pelo enorme­mente aplastado por el agua. Fue una imagen extraña la que dio, la de un pobre editor de prestigio, vestido para ser llevado directamente a un psiquiátrico. Una imagen pésima, de excéntrico pasado de rosca. A causa de su conducta de aquel día, mucha gente le mira desde en­tonces ya con total desconfianza en el barrio, y eso a pe­sar de que le han visto más de una vez en la televisión hablando con sensatez de los libros que publicaba y que tan grande fama le iban reportando.
Camina con paso lento, con su pizza de roquefort y sus picatostes y su paraguas bien derecho y sus medici­nas recién adquiridas en la farmacia. Soy normal, mirad­me, parece estar diciéndoles. Claro que las gafas de sol le delatan, y la gabardina es la misma de la noche aquella, y también le pone en evidencia su caminar algo a la de­riva y los mordiscos ansiosos a la pizza. En realidad, todo le pone en el punto de mira de los vecinos. En los cris­tales del escaparate de la tienda de flores, se contempla a sí mismo desde fuera, y se asusta al verse como un cami­nante extraño, con pantalones cortos ocultos bajo la ga­bardina. Pero no va con pantalones cortos. ¿Por qué le ha parecido que los llevaba? ¿Quién es ese viejo de mier­da, quién es ese personaje cómico que se refleja en los cristales?"

Enrique Villa-Matas, Dublinesca.



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